En Esparta un consejo de viejos decidía qué recién nacido servía. Hoy eso se hace antes de nacer, se paga en dólares y en Colombia no hay ley que lo regule

 - El precio de la suerte

En Esparta cada vez que nacía un niño, era llevado recién nacido ante un consejo de ancianos que sentados en un lugar llamado Lesca, examinaban el cuerpo del neonato con la frialdad de un experto comprador de antigüedades, buscaban deformidades, debilidades o vestigios, marcas, atisbos, indicios de fuerza, valor, resistencia en la criatura, porque solo concebían un Estado fuerte si su sociedad estaba conformada por ciudadanos fuertes.

Al que pasaba el examen de los viejos, porque se pasaba o se perdía, le repartían uno de los nueve mil lotes de tierra, que luego serían trabajados por los ilotas, para que con lo producido pagara su cuota de la mesa común, mientras recibía entrenamiento militar, so pena de dejar de ser ciudadano, pero si el niño no era hallado competente sencillamente no viviría más. Así es que, en un mismo acto, se resolvía si el niño vivía y cómo vivía, porque al que no pasaba lo llevaban a un barranco hondo junto al monte Taigeto que los griegos llamaron apótetas, y allí lo dejaban a su suerte, solo, recién nacido contra un mundo agreste.

Ahí está, con veinticinco siglos de anticipación, la historia de un imperio que pretendía hacerse invencible escogiendo a sus recién nacidos; solo que aquella apuesta por la fuerza del Estado hoy volvió convertida en negocio: una prueba predictiva, con apariencia de método, para traer al mundo seres humanos a la carta.

Sí: veinticinco siglos después, el examen de los sabios volvió a montarse, ahora con tarifa y aplicación. Empresas en Estados Unidos analizan embriones de parejas en fertilización para detectar enfermedades, deformidades o rasgos capaces de halagar el deseo de los padres, y les entregan un tablero donde cada embrión aparece calificado por riesgo, estatura probable, apariencia e inteligencia estimada. Nucleus Genomics cobra cerca de seis mil dólares; Heliospect llegó a ofrecer cien embriones analizados por cincuenta mil.

Hay que precisar qué se está vendiendo ahí, porque los propios genetistas que trabajan en el asunto advierten que la predicción de inteligencia a partir de puntajes poligénicos, es decir, de los rasgos genéticos de los progenitores, tiene precisión limitada, de manera que lo que la pareja recibe es una probabilidad estadística presentada con la solemnidad de un resultado de laboratorio. El Reino Unido lo prohibió, y allá no se pueden escoger embriones por coeficiente intelectual previsto, mientras que en los Estados Unidos es legal, y lo es por la razón más simple de todas, que es que nadie lo prohibió.

En Colombia, que es lo que nos toca, no hay una sola ley que regule las técnicas de reproducción asistida, ni estatuto del embrión, ni reglas sobre el diagnóstico genético antes de la implantación, ni destino legal de los embriones sobrantes, ni una línea que diga si un laboratorio puede ofrecer aquí un tablero o una paleta de hijos de colores y estaturas calificadas. En la Sentencia T-163 de 2025 la Corte Constitucional volvió a exhortar al Gobierno y al Congreso, con la advertencia de que sin marco normativo se abren las puertas a toda clase de excesos y arbitrariedades.

Lo que no está prohibido está permitido., permittitur quod non prohibetur de modo que el país que no legisla termina siendo el sitio donde se hace lo que en otra parte está prohibido, con el agravante de que un tratamiento de fertilización cuesta aquí lo que una familia promedio no reúne en dos o tres años de trabajo. ¿Quién va a poder pagar un hijo a la carta, y qué pasa con el país cuando la demanda y la oferta son absolutamente libres sin que se vea próxima alguna frontera bioética?

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Vuelvo al consejo de ancianos sentados en la Lesca, porque aquella crueldad selectiva aquella frialdad, tenía al menos que la decisión era pública, la tomaba la ciudad entera y, quiérase o no, estaban de acuerdo en esa selección contra natura porque estaban construyendo su mundo. 

Hay una desigualdad natural cuya utilidad jamás hemos podido descifrar como especie, por qué hay niños que nacen en el Amazonas o en el Bajo Baudó, en una trampa de pobreza pudiendo haber nacido en una capital desarrollada y en familias ricas, ¿por qué hay niños que llegan con enfermedades que parecen maldiciones mientras otros nacen rozagantes y llenos de vitalidad. 

Esa lotería, al menos desde la ley, con toda la injusticia que carga, fue la que hizo posible el derecho, porque la igualdad ante la ley se pudo escribir sobre el hecho de que nadie escogía dónde ni cómo nacía. 

¿Qué queda del artículo 13 de la Constitución el día en que la igualdad natural se compre? ¿Qué pasa si en sesenta años todos son rubios, ojiazules, de dos metros y con un coeficiente intelectual superior al promedio? Al paso que vamos, el derecho, que hoy guarda silencio ignorante de su deber con la humanidad, va a llegar tarde a la única pregunta que importa, la de si un padre puede escoger las ventajas de su hijo en un menú interactivo, y va a llegar cuando ya no le quede nada por decidir.

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Por Alejando Carranza

Abogado, magister en estrategia y geopolítica, magister en Derecho, especialista en Derecho tributario, especialista en casación penal. Gerente de crisis. Panelista. Constructor de la utopía contraria.