Héctor Méndez tiene 80 años, pero cuando las máquinas se detienen y los rescatistas piden silencio, su edad deja de ser importante. Lo que importa es lo que ha aprendido a escuchar durante cuatro décadas: un golpe debajo de una losa, una voz que apenas consigue atravesar el concreto, cualquier señal que diga que aún hay alguien con vida entre los escombros.
Méndez es uno de los rostros más conocidos de los Topos Azteca, la brigada mexicana que llegó a Colombia después de participar en las labores de rescate en Venezuela. Su historia es apenas una parte de la de un grupo que nació de las ruinas de Ciudad de México y terminó convirtiendo la solidaridad de los ciudadanos en una forma especializada de rescate.
Ese día, 9 de septiembre de 1985, un terremoto de 8,1 dejó más de 400 edificios colapsados en Ciudad de México y miles de muertos; la cifra oficial fue de 3.692, aunque estimaciones independientes la sitúan por encima de 20.000. De los ciudadanos que entraron espontáneamente a los escombros surgieron los Topos, que formalizaron su primera brigada en 1986 y convirtieron aquella solidaridad en equipos especializados de rescate internacional.
Ahora -cuatro décadas después de la tragedia mexicana-, con sus característicos uniformes naranjas, sus equipos de búsqueda y años de experiencia, los Topos están en territorio colombiano para sumarse a las labores de emergencia después del terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el occidente del país.
De ese modo, los Topos se sumaron a un operativo que reúne a unos 700 rescatistas y 23 equipos nacionales de búsqueda y rescate (USAR), entre bomberos, Defensa Civil, Policía, Fuerzas Militares y voluntarios. Allí, los mexicanos llegaron con una brigada de 20 especialistas, mientras el país enfrenta todavía varios puntos críticos con personas desaparecidas y edificios colapsados, donde la prioridad sigue siendo la misma: aprovechar las horas decisivas tras el sismo para encontrar sobrevivientes antes de que el rescate se convierta únicamente en recuperación de cuerpos.
De ciudadanos entre las ruinas a brigadas de rescate
Para entender por qué están aquí hay que regresar cuatro décadas, a una mañana en la que la tierra se movió en Ciudad de México y miles de ciudadanos decidieron meterse entre las ruinas para buscar a quienes todavía podían estar vivos.
Eran las 7:19 de la mañana del 19 de septiembre de 1985 cuando un terremoto golpeó Ciudad de México. La magnitud de la tragedia desbordó la capacidad de respuesta y, mientras los edificios se derrumbaban, comenzaron a aparecer voluntarios dispuestos a entrar donde otros no podían.
No eran necesariamente rescatistas profesionales. Eran ciudadanos con picos, palas, cuerdas y sus propias manos, que se organizaron para buscar familiares, vecinos y desconocidos atrapados bajo toneladas de concreto.
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De aquel movimiento nació el nombre que terminaría haciéndose conocido en México y fuera del país: los Topos. Héctor Méndez fue uno de aquellos voluntarios. Su propia historia quedó marcada por el terremoto después de que saliera a buscar a su hermano entre los edificios destruidos y lograra encontrarlo con vida.

Con el paso de los años, aquella reacción espontánea frente a una tragedia se transformó en experiencia, entrenamiento y especialización. Los Topos comenzaron a desarrollar capacidades para intervenir en estructuras colapsadas y espacios confinados, convirtiendo la búsqueda de sobrevivientes en una disciplina que requiere tanto preparación técnica como coordinación entre sus integrantes.
Una de las imágenes más particulares de su trabajo ocurre cuando todo se detiene. Las máquinas dejan de funcionar, los rescatistas guardan silencio y durante unos instantes nadie se mueve. Es el llamado del silencio, una práctica destinada a escuchar aquello que los equipos no pueden ver: una voz, un golpe o cualquier señal proveniente de los escombros un ruido mínimo puede ser suficiente para cambiar el lugar donde concentrar los esfuerzos.
Una historia que cruzó las fronteras
La historia de los Topos no se quedó en México. Con los años, diferentes brigadas vinculadas a la tradición de rescate participaron en emergencias internacionales. Sus integrantes han llegado a escenarios afectados por terremotos y otros desastres, llevando consigo una experiencia construida durante décadas.
Entre esos escenarios aparecen Nueva York después de los atentados de 2001, Indonesia después del tsunami de 2004, Haití tras el terremoto de 2010 y Turquía en el sismo de 2023. Más recientemente, la brigada llegó a Venezuela y desde allí continuó su recorrido hacia Colombia.

Su llegada al país ocurrió en medio de un enorme despliegue de organismos de emergencia. Bomberos, militares, policías, ingenieros, perros especializados y voluntarios se movilizaron hacia las zonas donde el terremoto dejó estructuras afectadas y donde todavía existe la posibilidad de encontrar personas atrapadas.
Los Topos Azteca decidieron sumarse a esa búsqueda. Su presencia también tiene una particularidad. Mientras otras brigadas de rescate extranjeras esperaron los procedimientos y autorizaciones correspondientes para ingresar al país, los Topos Azteca llegaron de manera independiente desde Venezuela y se desplazaron hasta Cali.
La decisión encaja con una filosofía que ha acompañado a esta brigada desde sus orígenes: acudir a los lugares donde ocurre una tragedia y poner su experiencia al servicio de la búsqueda de sobrevivientes.
Ahora están en Colombia. Cuatro décadas después de que un grupo de ciudadanos mexicanos se metiera entre las ruinas de Tlatelolco con las manos como única herramienta, los uniformes naranjas volvieron a aparecer en otro escenario de desastre.
Mientras las máquinas remueven concreto, los ingenieros revisan estructuras y los equipos de emergencia avanzan entre los edificios afectados, los Topos hacen aquello que aprendieron desde 1985: buscar una señal donde parece no haber ninguna.
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