Cuando todavía era un temblor y no un terremoto, las casas de Versalles, pintadas de los colores que delatan su origen paisa, empezaron a caer despacio: una fachada primero, después un techo, luego la pared que sostenía ese techo.
Eran las 7:34 de la mañana del pasado lunes 10 de agosto. Nadie en este pueblo del norte del Valle del Cauca sabía todavía que el movimiento repentino de sus casas de tapia y madera terminaría siendo uno de los más fuertes que ha vivido Colombia en la última década. Lo mismo ocurría, al mismo tiempo, en Roldanillo, El Cairo, Salento y decenas de municipios pequeños y turísticos a donde la ayuda tardaría en llegar. Otra magnitud, la de los muertos y los edificios caídos en las ciudades grandes, ocupó primero la atención.
El sismo tuvo una magnitud de 7,4 y su epicentro fue San José del Palmar, un municipio del Chocó que hasta ese lunes pocos colombianos podían señalar en un mapa y que se convirtió, de un momento a otro, en el punto desde el cual se repartió la destrucción hacia Caldas, Risaralda, Quindío y el Valle del Cauca.
| Leer también: Un olvidado y golpeado pueblo del Chocó, epicentro del trágico terremoto que sacudió a Colombia
El gobierno nacional, que apenas llevaba tres días en manos del presidente Abelardo de la Espriella, declaró desastre nacional y empezó a contar, departamento por departamento, los muertos, que superaron el centenar antes del mediodía siguiente y siguieron subiendo con cada réplica y con cada edificio que cedía.

Sevilla, Valle del Cauca.
En Pereira, Manizales y Cali la tragedia tuvo la forma de varios pisos de edificios convertidos en escombros con familias enteras atrapadas bajo cemento y toneladas de hierro retorcido. Hasta allí han llegado equipos de rescate de otras ciudades y países que han cavado durante horas para sacar a personas con vida. Algunas historias son alegres y otras no tantas como la de Valeria Guerrero y su abuela; a quienes encontraron, pero sin vida.
Las grandes ciudades han registrado tristemente los fallecidos. Allí, las construcciones más altas son las que más entierran personas cuando caen, mientras que en los pueblos pequeños, donde las casas rara vez tienen más de un piso, lo que desapareció no fueron las vidas humanas, sino la arquitectura que esos pueblos habían levantado durante más de un siglo.
| Lea también: Cómo logro el Valle del Cauca meterse al top 3 de los destinos turísticos más importantes de Colombia
En dichos lugares los vecinos no lloran muertos, pero sienten la pérdida de sus casas porque se llevan consigo parte de su historia e idiosincrasia.
Versalles y su historia paisa
Versalles es uno de esos pueblos. Lo fundaron en 1893 los hermanos Ospina, colonos antioqueños llegados desde El Jardín, junto con familias venidas de Manizales, Pereira y Jericó, que tumbaron el bosque de la región, llamada Patumá por los indígenas.
Allí sembraron café donde antes solo había montaña. Le pusieron Florida al principio, por la abundancia de sus flores. El cura de la época quiso llamarlo Orfilia, pero finalmente terminó llamándose Versalles porque así lo decidieron los fundadores junto con Jesús Zuluaga, el primer síndico del caserío, en memoria de un municipio antioqueño del mismo nombre.

Versalles, Valle del Cauca.
Se convirtió en municipio en 1909. Desde entonces, sus calles se llenaron de casas de colores que hoy explican por qué a Versalles se le reconoce, entre los pueblos del norte del Valle, como uno de los más paisas del departamento.
De esas casas, 42 quedaron destruidas y no habitables tras el terremoto. Otras 35 resultaron averiadas, aunque todavía se pueda vivir en ellas. Cayó parte de la iglesia La Inmaculada. La alcaldía quedó inhabitable. El garaje municipal también. Nueve locales comerciales se destruyeron por completo. Cuatro instituciones educativas, la escuela El Diamante, el Instituto de Promoción Social, la sede Manuela Beltrán y la sede Carlos Holguín Sardi, sufrieron daños que todavía se están evaluando.
En total, 171 personas resultaron afectadas de una u otra forma, 18 quedaron lesionadas y, hasta donde se sabe, ninguna murió, una cifra que en Versalles se agradece, pero que no les alcanza para borrar magnitud de lo que se cayó.
Algo parecido ocurrió horas al norte, en El Cairo, un pueblo de fachadas de bahareque pintadas con los mismos tonos encendidos que hicieron famoso a Salento, aunque mucho menos conocido que su vecino del Eje Cafetero.

La Virginia, Risaralda.
Ahí, el terremoto destruyó cerca del 80 por ciento de las construcciones. La torre de la iglesia quedó con grietas que amenazan con derrumbarla del todo y se mueve cuando sopla el viento fuerte. Sobre las paredes de las casas coloniales, que siguen en pie, alguien escribió con aerosol advertencias de peligro. Casi nadie las respeta, allí la gente sigue entrando a buscar lo que quedó de sus muebles, de sus lavadoras, de las cajas fuertes que el sismo dejó al descubierto.
El wifi, por alguna razón que nadie termina de explicar, es el único servicio que sigue funcionando de manera intermitente. Por eso, las esquinas del pueblo se llenan de gente con el celular en alto tratando de avisarle a la familia que sigue con vida.
Roldanillo, fundado en 1576 y convertido en municipio en 1892, guarda en su centro histórico la Ermita, la Parroquia y el Museo Rayo, construido en honor al pintor Omar Rayo, que hasta antes del terremoto convertía al pueblo en un destino cultural reconocido más allá del Valle del Cauca.
El sismo dejó dos muertos y cerca de mil edificaciones afectadas, buena parte de ellas construcciones antiguas del centro con grietas que dejaron ver décadas de deterioro. El movimiento telúrico terminó de exponerlas. Salento, del lado del Quindío, resultó menos golpeado que Armenia, Quimbaya o Montenegro, pero igual sus balcones y sus casas tradicionales, las mismas de las postales del Eje Cafetero, amanecieron con daños que ingenieros y arquitectos todavía revisan casa por casa.
También en el norte del Valle, en La Argelia y El Águila, los hospitales quedaron fuera de servicio y tuvieron que atender a los heridos bajo carpas de campaña. En Ansermanuevo, el reloj de la iglesia se detuvo en el instante exacto del temblor y ahí se quedó, marcando una hora que permanecerá en la memoria de los colombianos. En La Unión, entre tanto, también cayeron fachadas del casco urbano y en La Virginia, del lado de Risaralda, la emergencia se sumó a la que ya vivía Pereira, la ciudad vecina que concentró buena parte de las muertes del departamento.

San José del Palmar, Chocó.
En casi todos estos municipios, la electricidad, el agua y la señal de celular se fueron al mismo tiempo que caían las casas. Durante las primeras horas, la única ayuda que llegó fue la que trajeron amigos y conocidos por su cuenta, antes de que aparecieran las instituciones. El hospital de Versalles, como los de tantos otros pueblos de la región, se quedó sin insumos médicos. Sus habitantes piden, sobre todo, agua e insumos para seguir atendiendo a los lesionados.
Mientras las cámaras y los equipos de rescate siguen concentrados en Cali, Pereira y Manizales, donde las cifras de muertos y de personas atrapadas justifican la priorización, los pueblos pequeños esperan que alguien repare también en ellos, aunque no hayan aportado un solo nombre a la lista de 281 fallecidos que ya suma la tragedia.
Anuncios.


