Con imprentas caseras, usando billetes venezolanos, y mucho diseño digital, Asher Rodríguez hizo billetes que se confundían con los reales; hoy paga 8 años de cárcel

 - Cómo logró un artesano caleño falsificar dólares a la perfección

La madrugada de un día de julio de 2024 en que los agentes tocaron a su puerta, Afalsificador sher Ariayu Rodríguez no intentó huir. Abrió él mismo -apoyado en unas muletas que arrastraba desde hacía semanas por una lesión en el tobillo- y dejó pasar a los investigadores como quien recibe a un cliente.

Adentro, el olor a tinta lo impregnaba todo. En la sala de su casa, en Cali, tenía montada una imprenta litográfica junto a una impresora de inyección de tinta y una colección de solventes de uso comercial. No escondió nada. Mostró los equipos, entregó la memoria USB donde guardaba los diseños y dejó que los agentes contaran, billete por billete, los más de 900.000 dólares en denominaciones de 50 que tenía listos para salir hacia Ecuador y Argentina, dos de los países donde el dólar se mueve por doquier y un billete falso bien hecho puede pasar de mano en mano, durante meses antes, de que alguien lo detecte.

| Lea también: Así fue como mataron a Luis Valencia, el hombre que sin nada en el bolsillo fundó Arepas El Carriel

El día de la captura, Rodríguez tenía 39 años. Había nacido en Cali y, tiempo atrás, se había convertido al judaísmo, un giro personal que terminó filtrándose incluso en el alias con el que operaba en el negocio de la falsificación: Ysraeli.

Detrás de ese nombre se escondía, según las autoridades colombianas y estadounidenses, uno de los falsificadores más talentosos que había producido el país en la última década: un hombre capaz de reproducir la textura, los patrones de seguridad y hasta los defectos mínimos de un billete real con una precisión que dejaba sin argumentos a los peritos.

La historia de Rodríguez la reconstruyó con detalle el periodista estadounidense Yudhijit Bhattacharjee, quien viajó a Colombia y conversó con los agentes detrás de Rodríguez. Su artículo se publicó en el diario The New York Times y permitió reconstruir no solo la captura de Rodríguez, sino también el rastro que los investigadores siguieron durante meses hasta dar con él.

Dicho rastro había empezado a quedar en el camino casi un año antes, el 14 de octubre de 2023, en una finca de cultivo de cannabis cerca de Caldono (Cauca). La zona no era territorio pacífico: el Ejército de Liberación Nacional y el Clan del Golfo se disputaban ahí el control de la minería ilegal y los cultivos ilícitos. Por lo tanto, cualquier operación policial requería respaldo militar.

Sigue a Las2orillas.co en Google News

Un equipo liderado por el investigador Leonardo Prieto avanzó, antes del amanecer, escoltado por cuatro pelotones del Ejército y un helicóptero que sobrevolaba la zona. En la propiedad encontraron pliegos sin cortar de billetes de 50 dólares con un valor nominal de 1,6 millones, además de planchas de impresión, una guillotina de papel, una contadora de billetes y varios tipos de tinta.

En el operativo retuvieron a cinco personas; una sexta logró escapar y nunca fue capturada. La imprenta offset que usaban, demasiado pesada para trasladarla como evidencia, terminó destruida a golpes de mazo frente a las cámaras que grababan el procedimiento.

| Lea también: ¿Quiénes se quedaron con la fortuna del asesinado dueño de Surtifruver?

El hallazgo no cerraba el caso, apenas lo abría. Entre los detenidos había una mujer ecuatoriana de 23 años, hija de un líder indígena, en cuyo teléfono apareció un contacto con el apodo Ysraeli. Los investigadores, apoyados por el Servicio Secreto de Estados Unidos, ya sospechaban que detrás de esos billetes había un solo artesano: meses antes, un billete idéntico había circulado en Miami y el Servicio Secreto, que registra cada pieza falsa incautada en territorio estadounidense, había notado su calidad inusual.

La textura granulada, que imita la impresión en relieve de un dólar real, lograda normalmente con una prensa que ejerce hasta veinte toneladas de presión, la había conseguido el falsificador con una simple impresora de inyección de tinta. Los números de serie, además, no se repetían de billete en billete, como ocurre con la mayoría de las falsificaciones, sino que variaban de forma consecutiva, generados por un programa que el propio autor había diseñado.

Con la intervención judicial de su teléfono, la Fiscalía General de la Nación localizó su domicilio en Cali. Cuando por fin entraron a su casa, los investigadores comprendieron que no estaban frente a un impresor improvisado, sino ante alguien que trataba la falsificación como un oficio de precisión.

Rodríguez llevaba una libreta donde anotaba las mejoras de cada versión de su billete: había corregido una sombra que sobraba en un diseño anterior, había rellenado un espacio en blanco dentro del número 50 y, para cuando lo detuvieron, ya trabajaba en una versión más resistente del billete y en los primeros bocetos de uno de 100 dólares.

Meses antes de la redada en Caldono, había viajado hasta esa misma finca para corregir un primer lote de billetes que los compradores ecuatorianos habían rechazado por su baja calidad: lo contrataron, según relató después una fiscal del caso, para que llevara su trabajo artístico y ajustara el proceso hasta que los billetes pasaran la prueba.

Ante los investigadores, Rodríguez explicó que su verdadera motivación no era el dinero, sino la perfección técnica en el prohibido oficio de la falsificación. Además, llegó a sostener que sus billetes estaban pensados para uso cinematográfico.

El tribunal no aceptó esa defensa. En 2025, fue condenado a ocho años de prisión por falsificación de moneda, sentencia que apeló.

| Lea también: La pelea por una herencia de $20 mil millones entre los 8 hijos de Jorge Oñate que está lejos de terminar

Rodríguez dejó al descubierto -más allá de su condena- un cambio de época en el oficio. Antes, fabricar una plancha litográfica falsa exigía cuartos oscuros, químicos fotográficos y años de aprendizaje transmitidos casi siempre dentro de familias dedicadas al oficio.

Rodríguez trabajaba distinto: convertía directamente sus archivos digitales en planchas mediante tecnología láser, un proceso que él mismo podía repetir en cualquier imprenta comercial de Cali y que después estaba en condiciones de entregar a otros falsificadores. Para los agentes que llevan años combatiendo este delito en Colombia, dicha facilidad fue la verdadera amenaza: lo que antes requería un artesano formado durante décadas, hoy puede aprenderlo cualquiera con una computadora.

Anuncios.

Por Mauricio Cárdenas

Periodista en Las2Orillas, dedicado a informar y analizar los hechos que marcan nuestra vida diaria.