No se necesita hilar muy delgado para saber de dónde viene el total desorden en que se mueve la política colombiana. Es el resultado de sucesivas improvisaciones que han hecho del sistema electoral una colcha de retazos. La principal responsable: la Constitución de 1991 o al menos lo que queda de ella. Es imposible subsanar por la vía legislativa los errores constitucionales que hacen de la política un caos, puesto que han sido producto de intereses creados del mundo político incapaz de reformarse a sí mismo, pues ello conllevaría a la pérdida de muchos de sus privilegios.
El calendario de elecciones legislativas, presidenciales y regionales no tiene ningún sentido. La elección de alcaldes y gobernadores, Concejos Municipales y Asambleas Departamentales debería coincidir con la primera vuelta de la de presidente de la República. Hoy las elecciones regionales se realizan apenas un año después de las presidenciales de modo que no son un elemento de evaluación de la gestión presidencial que apenas despega, y el presidente electo se encuentra con unos mandatarios regionales que están terminando su gestión, lo cual genera toda clase de choques entre los planes de desarrollo nacionales y regionales. Una unificación de ese calendario sería más que bienvenida.
Más grave aun es la separación de las elecciones parlamentarias de las presidenciales y el hecho de que éstas se celebren después de aquellas. En Francia, de dónde copiamos tantas cosas es al revés, primero se celebran las elecciones presidenciales y unas semanas más tarde las de la totalidad de la Asamblea Nacional, buscando darle una mayoría legislativa al presidente electo. Al realizar como en Colombia primero las legislativas y luego las presidenciales se rompe el vínculo que debe existir entre el poder ejecutivo y el legislativo para garantizar la gobernabilidad, que hoy no tiene el presidente electo. Deberían unificarse.
Podría argumentarse que en Francia hay un régimen semi-parlamentario. Pero si vamos a Estados Unidos, de donde copiamos el régimen presidencialista, el presidente es elegido cada cuatro años, junto con la totalidad de la Cámara de Representantes que se renueva por completo cada dos años. O sea, hay elecciones en la mitad de la gestión presidencial que son una evaluación de la tarea del presidente. Hoy todos los ojos están volcados en esas elecciones (mid-term elections) que le pueden significar a Donald Trump la pérdida del control de la Cámara. En Colombia el partido del presidente puede perder todas las elecciones regionales y nada pasa. Debería volver a haber elecciones de mitaca.
El senado norteamericano por su parte tiene períodos de seis años y se renueva cada dos por terceras partes, pues los senadores, dos por cada estado son representantes que eligen los estados. En Colombia existe el engendro de la jurisdicción nacional para el Senado, que convierte cada campaña al senado en una costosa mini elección presidencial y deja sin representación a muchos departamentos.
O sea, copiamos lo peor los dos mundos y así mismo nos va. Nadie menciona que es allí donde está la clave del desorden y la corrupción porque de ello viven. Y cada vez que se insiste en que el camino para resolver esa confusión es una Asamblea Constituyente todos salen a defender a muerte la integridad de la constitución de 1991: una especie de virgen necia venerada especialmente por quienes conocen sus debilidades.
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