La Historia no es más que una dramática sucesión de falsos amaneceres. Cada época anuncia el suyo, cada dirigente banderea su ilusión, cada generación cree vivir el tiempo definitivo, pero cada invento político del futuro termina oscureciendo aún más el paisaje que prometía iluminar.
Las revoluciones liberales del siglo XIX surgieron como el auténtico amanecer de la humanidad, el fin de la esclavitud, una nueva era de progreso y orden para Occidente. Bastaron pocos años para constatar cómo ese amanecer desembocó en la dictadura napoleónica quien encendió a casi toda Europa en nombre de la libertad liberal.
Nada distinto para la revolución comunista en Rusia, llegó con idéntica promesa, destruiría la opresión zarista, construiría una sociedad justa. El nuevo amanecer terminó en otra larga noche, peor de salvaje que el régimen zarista.
América Latina conoció sus propios falsos nuevos amaneceres, la revolución cubana sedujo con su promesa de soberanía. Venezuela y Nicaragua testimonian hoy su calamitoso fracaso, dos sombras que algunos tercamente insisten en llamar alba.
Estados Unidos tampoco escapó a esta enfermedad de la Historia. Utilizó la Democracia como el nuevo amanecer para pueblos sumisos justificando invasiones, golpes de Estado, expoliaciones de recursos naturales, dictaduras sanguinarias, creando una frondosa gama de obedientes políticos nacionales.
Ningún país como Colombia producir tantos falsos amaneceres y con tanta facilidad. Un fraude su independencia anunciada como el nacimiento de una patria soberana. Dos siglos después, no ha sido capaz de caminar dignamente sin las muletas de una metrópoli. No hubo independencia, no hay independencia y mucho me temo que no habrá independencia durante varias generaciones. Basta mirar la opacidad de nuestros políticos nacionales y su tendencia a la sumisión y a la corrupción.
Tampoco el liberalismo iluminó a los colombianos con su nuevo amanecer. Dejó más bien una colección de frustradas guerras civiles, incluyendo la salvaje Violencia, para terminar fundido con el conservatismo del Frente Nacional. Ni siquiera las guerrillas escaparon a la maldición. Prometieron justicia social y nos entregaron cementerios; anunciaron revolución y terminaron administrando cocaína.
La democracia colombiana elevó los falsos amaneceres a la categoría de institución. Cada cuatro años aparece un redentor con la promesa de refundar la República a través de una nueva era. Pero cada cuatro años se comprueba lo peor, no era más que otro maquillaje para la misma larga noche.
Cuatro años atrás, Petro prometió el cambio y terminó gobernando con las mismas mañas de la vieja política, tan caudillo como Uribe. Hoy, otro entusiasmo de un nuevo amanecer; el show man de Abelardo banderea la patria milagro para superar la patria miseria, pero las patrias milagros durar exactamente lo que duran las campañas electorales. Ya están llegando los más viejos políticos con los más viejos discursos, de las más viejas ideologías, tejiendo desde ya los más viejos acuerdos y las más viejas frustraciones.
Lúcido Sófocles, develó esta desviación humana en Edipo Rey. Tebas padecía una peste devastadora; Edipo, su mandatario, prometió acabarla encontrando al culpable. Investigó hasta descubrir que era él mismo por haber asesinado a su padre y casado con su madre. Por dignidad y vergüenza, ella se suicidó y él se arrancó los ojos. “¡No veréis más los males que he sufrido ni los crímenes que he cometido!”. Los políticos colombinos, diría yo, no se suicidarán ni se sacarán los ojos pues perpetúan su miseria política fabricando falsos amaneceres cada cuatro años.
Jorge Elías Guebely Ortega
Egresado de la Escuela Normal de Barranquilla, de la Universidad libre de Bogotá, del Instituto Caro y Cuervo, doctor en Literatura Hispanoamericana de La Sorbona en París, profesor de Literatura durante 30 años en la Universidad Surcolombiana de Neiva, autor de varias novelas y libros de cuentos.
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