El viernes pasado todos estábamos a la espera, como en un cuento de Felisberto Hernández. La alerta lanzada por la embajada estadounidense en Jerusalem a todos sus ciudadanos residentes en Israel confirmaban lo que la mayoría de los analistas de los conflictos en el Medio esperaban o temían. Que ese día - inmediatamente después del cierre de la bolsa de Nueva York, como es habitual, Trump lanzaría un devastador ataque aéreo contra Irán, superior en alcance e intensidad a todos los que previamente había lanzado en los 13 días anteriores. Él mismo lo había anunciado, dos días antes, en respuesta a la decisión de Yemen de cerrar el estrecho de Bab el Mandeb al paso de los petroleros de Arabia Saudí.
El ataque sin embargo no se produjo y su cancelación añadió carácter de urgencia a la reunión de Benjamín Netanyahu con Trump que hoy mismo se celebra en la Casa Blanca. En la agenda oficial figuraba en lugar destacado la coordinación de los esfuerzos dedicados a desmontar o por lo menos reducir a la más completa impotencia a la Corte Penal Internacional. El alto tribunal de Naciones Unidas que hace ya cuatro años y a instancias de Suráfrica abrió un proceso jurídico contra Netanyahu y de uno de sus ministros por el delito de genocidio.
Obviamente no conozco el contenido de esta reunión a puerta cerrada que, además, aún no se ha producido. Pero circulan versiones periodísticas que señalan que si Trump suspendió el anunciado ataque del viernes pasado fue porque quiere retomar el camino del diálogo y la negociación con Irán, en contra del deseo del primer ministro israelí de escalar el conflicto, intensificando aún más la campaña de bombardeos aéreos contra las infraestructuras críticas del país persa: aeropuertos, puertos, puentes, ferrocarriles, centrales eléctricas, hospitales, fábricas etcétera. En resumen: seguir haciendo lo mismo que vienen haciendo Estados Unidos e Israel desde la llamada Guerra de 12 días de junio del año pasado y de Guerra de 40 días iniciada el pasado 28 de febrero. Etapas de una misma guerra.
Los bombardeos han causado graves daños y la muerte de más de tres mil civiles, sin lograr sin embargo doblegar la resistencia del pueblo iraní. Ni impedir que la continuidad de sus duros ataques de drones y misiles contra las principales bases e instalaciones militares estadounidenses en Arabia Saudí y los países del Golfo Pérsico. El más reciente ha sido el ataque del 23 de julio contra las bases en Jordania, que se saldó con la destrucción de 43 aviones militares, depósitos de combustibles y municiones y daños en varios hangares fortificados. Fuentes oficiales iraníes informan que al menos 200 militares estadounidenses resultaron muertos o heridos. Pero sea cual sea la cantidad de muertos y de aviones e instalaciones militares destruidas, el hecho es que dicho ataque fue de tal magnitud que el propio Trump se vio obligado a reconocer, por primera vez en el curso de una guerra que ya dura muchos meses, que dos militares habían muerto. Y a encolerizarse hasta el punto de amenazar con un brutal ataque de represalia. El ataque del viernes pasado que al final no se produjo. (El cuento de que solo hayan muerto dos soldados estadounidenses, en una guerra tan intensa como la que se está librando en Irán no se lo cree ni Trump)
Analistas tan bien informados y solventes como Larry Johnson, Scott Ritter o el profesor Jiang, afirman que se abortó el ataque del pasado viernes porque altos mandos del Pentágono informaron a Trump que las fuerzas armadas estadounidenses se están quedando sin municiones. La pérdida de drones y misiles de ataque y de defensa en la guerra contra Irán, sumados a los entregados o prometidos a Ucrania, es tan enorme que se están quedando sin reservas estratégicas. Pérdidas agravadas por el hecho de que el reemplazo a corto plazo del material destruido en dichas guerras está seriamente comprometido por la ineficiencia relativa de la industria militar estadounidense. Que produce armamentos excesivamente caros, en cantidades limitadas en relación a las crecientes demandas de las guerras en curso y, encima, los produce lentamente. O con un ritmo muchísimo menor con el que producen armamento equivalente China, Rusia e inclusive Irán.
Otro sí: el armamento avanzado, sea aviones, sean drones y misiles, necesita para su producción tierras raras. Cuya producción la monopoliza actualmente China, que obviamente no está dispuesta a venderlas a las mismas fuerzas armadas que tienen como objetivo estratégico declarado la guerra contra China. Los chinos son chinos, pero no son pendejos. Washington tiene ambiciosos planes de inversión en los yacimientos de tierras raras de nuestro continente y en las instalaciones de procesamiento de las mismas, con el fin de romper el monopolio chino. Pero estos planes toman su tiempo y los cálculos más optimistas cifran en cinco años el tiempo que le tomará a Estados Unidos romper con éxito dicho monopolio. Demasiado tiempo, tanto para la guerra de Irán como para la de Ucrania. No hay guerra que dure cien años ni ciudadanía que la resista, por muy confundida que se encuentre.
Pero esta no es la única razón para que se haya suspendido el anunciado ataque del pasado viernes. Tanto o más cuenta la crítica situación en la que se encuentra el mercado de petróleo y sus derivados en el mundo. El cierre del estrecho de Bab el Mandeb a los petroleros de Arabia Saudí, se suma al cierre del Estrecho de Ormuz por Irán para agravar la caída brutal de exportaciones de hidrocarburos del Medio Oriente, responsable del 25% del total mundial de dichas exportaciones. Un trauma que la administración Trump se ha esforzado por amortiguar y enmascarar de dos maneras. La primera manipulando el precio de futuros del petróleo con el truco de atacar a Irán los fines de semana, cuando las Bolsas están cerradas y declarar el lunes o el martes siguiente que los iraníes están pidiendo negociar. Llevan tres meses o más haciendo lo mismo. El segundo son las ventas masivas de las reservas estratégicas de crudo de Estados Unidos. Ambos recursos están a punto de agotarse.
El truco de atacar para luego declarar que se han abierto negociaciones con Irán, a fuerza de repetirse, está cayendo en el descrédito. Y las reservas estratégicas bajo mínimos. El propio Trump lo reconoció, cuando afirmó que si había firmado el Memorando de Entendimiento con Irán, en una ceremonia solemne celebrada en el palacio de Versalles fue porque en cuatro semanas dichas reservas se agotarían. Eso ocurrió el 18 de junio, así que hagan cuentas. El destacado economista Michael Hudson afirma que es prácticamente inevitable que el precio del barril de petróleo escale muy pronto hasta los 200 dólares y genere una grave recesión económica a nivel mundial. El precio promedio del galón de gasolina en Estados Unidos ya ha alcanzado los 4 dólares para alegría y solaz de los ciudadanos convocados a las elecciones de mitaca de noviembre de este mismo año. El precio del diésel ha experimentado una subida igual de espectacular.
Está además el tremendo impacto negativo del cierre de los dos estrechos mencionados en los mercados financieros controlados por Wall Street y la City de Londres. Dichos cierres han privado a Arabia Saudita y a los países del golfo de los ingentes ingresos petroleros que invertían regularmente en estos mercados financieros. En bonos del Tesoro o en proyectos tan ambiciosos como los de la IA, que dependen tanto de dicho flujo de inversiones como del funcionamiento de los mega centros de datos emplazados físicamente con los países del Golfo. Se construyeron allí para aprovechar la energía barata y el acceso inmediato a las inversiones árabes e hindúes. No es descabellado esperar un pronto estallido de la burbuja de la IA, que arrastre consigo al conjunto del sistema financiero internacional.
Volvamos a la reunión de hoy en la Casa Blanca, para preguntar si Trump está dispuesto a ceder a las presiones de Netanyahu para que intensifique aún más la guerra contra Irán. Y para dudar seriamente de que dicha intensificación va a resolver los gravísimos problemas mencionados antes. Estoy seguro de que ni siquiera el lanzamiento de una bomba nuclear contra las instalaciones subterráneas donde se supone están guardados los 450 kilogramos de uranio enriquecido al 60% conseguirá que la dirigencia iraní se rinda. Irán no es Venezuela ni tampoco el Japón de 1945. Como decía una canción de las Brigadas Internacionales de la Guerra Civil española: “Nada pueden bombas donde sobra corazón”.
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