Texto escrito por: Camilo Ferreira
Abelardo de la Espriella reaccionó a su primera derrota política con una frase que lo define mejor que cualquier discurso de campaña: “No soy un político tradicional. Estoy aquí para hacer la gran política”. La declaración, publicada en X tras conocerse que su candidato Alfredo Deluque había perdido la presidencia del Senado por once votos, condensaba en dos oraciones el estilo y el problema del presidente electo. El estilo: la apelación al mesianismo individual, la distancia del político de máquinas, la autoimagen del outsider que llegó a romper el molde. El problema: que gobernar un país requiere exactamente las habilidades que esa retórica desprecia.
Lo dado el 20 de julio merece contarse con cuidado. Durante la sesión de instalación del nuevo Congreso, el Centro Democrático de Álvaro Uribe y sectores del Pacto Histórico de Gustavo Petro sellaron una alianza que nadie había anticipado públicamente y derrotaron al candidato que, De la Espriella y su designado ministro del Interior, Rodrigo Lara, respaldaban abiertamente. Honorio Henríquez, del Centro Democrático, obtuvo cincuenta y seis votos frente a cuarenta y cinco de Deluque. Es la primera vez desde la Constitución de 1991 que un presidente entrante pierde el control de una de las cámaras antes siquiera de posesionarse. No es un dato menor de almanaque: es un hito que habla de la fragilidad con la que De la Espriella llega al poder el 7 de agosto.
La raíz del conflicto es más antigua que la votación. Uribe había expresado su malestar con la creación de Defensores por la Patria, el nuevo movimiento político que el entorno de De la Espriella impulsa y que el uribismo interpreta como una estrategia para desmantelar al Centro Democrático desde el Ejecutivo. Lo que el 20 de julio dejó en evidencia es que Uribe no solo está molesto: está dispuesto a actuar. Un hombre que muchos daban por retirado del tablero demostró que aún tiene la disciplina partidaria, los contactos y la frialdad táctica para alterar el resultado de una votación clave, incluso aliándose con el petrismo para hacerlo. Eso no es la nostalgia de un político que no suelta el poder. Es la diferencia entre alguien que aprendió a construir mayorías durante décadas y alguien que cree que la mayoría ya la tiene porque ganó las elecciones.
El contraste entre los dos modelos de liderazgo de derecha que hoy coexisten en Colombia es el núcleo de lo que está en juego. Uribe representa un poder construido sobre la disciplina partidaria, la negociación en los pasillos del Congreso y una retórica de seguridad que le habla a una base electoral consolidada y leal. De la Espriella representa algo distinto: la polarización directa como método, el show mediático como herramienta, la identidad del outsider como capital político. Ganó la presidencia con ese modelo que funciona extraordinariamente bien en campaña. El Senado acaba de mostrar que funciona mucho peor cuando se trata de construir gobernabilidad.
Hay una ironía histórica en lo ocurrido que vale la pena señalar. De la Espriella llegó al poder en parte gracias al voto de millones de colombianos que querían poner fin al modelo político que Uribe representa: el establecimiento, la maquinaria, la política transaccional de cuotas y contratos. Y, sin embargo, su primera derrota legislativa se la infligió precisamente ese modelo, que demostró ser más robusto de lo que la narrativa del cambio quería reconocer. El uribismo no necesitó la gran política. Le bastó con contar votos.
La pregunta que queda abierta no es si De la Espriella y Uribe se reconciliarán, sino si el presidente electo es capaz de aprender la lección sin abandonar lo que lo hizo ganador. Gobernar implica negociar con quienes no comparten tu visión, construir mayorías que no son naturales y ceder en lo táctico para avanzar en lo estratégico. Esas habilidades no se improvisan con buena voluntad ni se sustituyen con declaraciones en redes sociales. Colombia eligió a alguien que prometió romper la política tradicional. El Senado, en su primera sesión, le recordó que la política tradicional también sabe defenderse.
También le puede interesar:


