La historia rara vez regresa con el mismo uniforme, pues normalmente cambian los protagonistas, los países y las circunstancias. Ahora bien, los mecanismos que erosionan una democracia suelen parecerse inquietantemente entre sí. Primero aparecen los discursos que dividen, después la construcción de enemigos internos, luego la deshumanización de quienes son diferentes y, finalmente, la normalización de medidas que antes habrían parecido impensables. Las democracias casi nunca se derrumban de un solo golpe; suelen desgastarse lentamente mientras la mayoría observa en silencio.
En esta nueva vídeo columna se propone una reflexión sobre uno de los episodios más oscuros del siglo XX: la Noche de los Cristales Rotos. Esta reflexión no es para afirmar que la historia se repite de manera idéntica, sino para preguntarnos qué lecciones dejó aquel proceso de propaganda, persecución y estigmatización, y por qué resulta necesario analizar críticamente los discursos contemporáneos que convierten a determinados grupos humanos en amenazas, especialmente cuando el miedo y la polarización ocupan el centro del debate público.
Toda democracia enfrenta una decisión permanente, o gobernarse desde el miedo o desde los derechos. Por eso, cuando dejamos de ver a las personas como ciudadanos y comenzamos a clasificarlas únicamente como enemigos, invasores o amenazas, la violencia deja de ser un accidente y empieza a convertirse en una posibilidad política. Esta es una invitación a mirar la historia no como un museo del pasado, sino como una advertencia para el presente que refuerce nuestro compromiso con la defensa de la democracia, la dignidad humana y la construcción de una verdadera República democrática.
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