Hay algo que resulta profundamente sintomático en el clima político que vive hoy Colombia. Mientras el país enfrenta enormes desafíos sociales, económicos y culturales, buena parte de la conversación pública parece consumirse en disputas por liderazgos, vocerías, candidaturas y cuotas de poder. A uno y otro lado del espectro político proliferan los señalamientos internos, los fuegos amigos, las fracturas entre corrientes y las competencias por quién representa mejor una causa o quién ocupa un lugar más visible en el escenario nacional, regional y/o local.
No se trata de un fenómeno exclusivo de un partido o de una tendencia ideológica, parece haberse instalado como una forma patológica de hacer política. Paradójicamente, mientras abundan los discursos sobre unidad, transformación y defensa de los intereses colectivos, las prácticas cotidianas revelan otra cosa: una política excesivamente concentrada en las trayectorias individuales, en la administración de reconocimientos y en la competencia permanente por la visibilidad.
Peter Sloterdijk, entre otros referentes de la crítica social, ha señalado que los seres humanos no existen como individuos completamente aislados; nos recuerda que habitamos esferas compartidas, espacios de confianza, conversación y cooperación donde se hace posible pensar y actuar con otros; cuando esas esferas se debilitan, la vida colectiva comienza a fragmentarse y el individuo queda cada vez más sometido a la lógica de la autopromoción, la competencia y el cinismo.
Algo semejante parece estar ocurriendo en nuestra esfera política que empieza a parecerse demasiado al mercado. Ya no predominan las discusiones sobre proyectos de sociedad, sino la circulación de marcas personales, ya no importan tanto las ideas como los posicionamientos, ya no se construyen relatos colectivos sino estrategias individuales de reconocimiento. Las campañas producen etiquetas, los equipos producen influenciadores y las organizaciones terminan orbitando alrededor de liderazgos cada vez más personalistas; el resultado es una progresiva pérdida del pensamiento colectivo.
Esto no sucede porque hayan desaparecido los liderazgos inteligentes, al contrario, nunca había existido tanta capacidad técnica, tantos profesionales, tantos expertos y tantos dirigentes con formación contemporánea. Lo que parece escasear es la capacidad de producir inteligencia compartida; en ese sentido, es bueno recordar que las inteligencias no son una propiedad privada, surgen cuando existen vínculos, conversaciones prolongadas, desacuerdos fértiles, confianza y capacidad para construir sentidos comunes.
Cuando predominan la sospecha, la competencia y la búsqueda permanente de protagonismo, incluso las mejores capacidades individuales terminan empobreciéndose. La consecuencia es visible, se confunden los adversarios con los compañeros; las diferencias programáticas se transforman en conflictos personales, las organizaciones dedican más energía a resolver disputas internas que a interpretar los problemas reales de la sociedad. La política se vuelve un espectáculo de pequeñas rivalidades mientras el país continúa esperando respuestas sobre la violencia, la desigualdad, el desempleo, la transición ambiental, la educación o el cuidado de la vida.
Quizá por eso conviene preguntarnos si el problema principal de nuestra política no es la falta de liderazgo, sino la debilidad de las formas de cooperación; necesitamos menos culto a las personalidades y más construcción de comunidades políticas capaces de deliberar; menos marketing y más conversación, menos cálculo inmediato y más elaboración colectiva del futuro, menos obsesión por ocupar lugares y más disposición para crear espacios donde distintas voces puedan encontrarse.
Las democracias no se fortalecen únicamente con instituciones, también necesitan culturas políticas que produzcan confianza y pensamiento compartido. En un país tan atravesado por la violencia, la polarización y las fracturas territoriales, reconstruir esos vínculos quizá sea una de las tareas más urgentes; ninguna transformación profunda será posible si cada organización termina convertida en un conjunto de individuos compitiendo por reconocimiento.
La salida no pasa por encontrar al dirigente perfecto o perfecta. Pasa por recuperar la capacidad de pensar juntos, porque el futuro de Colombia no dependerá solamente de quién ocupe el siguiente cargo público, dependerá, sobre todo, de que la política vuelva a recordar que el "nosotros" es una construcción mucho más exigente y mucho más valiosa que cualquier triunfo individual.
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