Las guerras no empiezan cuando despega el primer avión de combate. Empiezan cuando la diplomacia deja de convencer a quienes deben tomar las decisiones.
La imagen que dio la vuelta al mundo fue la de los bombarderos estadounidenses B-2 lanzando bombas antibúnker sobre las instalaciones nucleares iraníes de Fordow, Natanz e Isfahán. Sin embargo, esa escena no marcó el inicio de la guerra. Fue el desenlace de una cadena de decisiones que comenzó dos meses antes, alrededor de una mesa de negociación.
Entre abril y junio de 2025, Estados Unidos e Irán celebraron cinco rondas de conversaciones indirectas, mediadas por Omán. El objetivo era impedir una nueva escalada en Oriente Medio. Washington exigía que Irán limitara el enriquecimiento de uranio, aceptara inspecciones permanentes del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), restringiera su programa de misiles y redujera el apoyo a grupos como Hezbolá, Hamás y los hutíes. Teherán respondió con otras condiciones: levantamiento inmediato de las sanciones económicas, devolución de activos congelados, garantías de que Estados Unidos no abandonaría nuevamente un acuerdo, y el reconocimiento de su derecho a desarrollar energía nuclear con fines civiles.
Las dos primeras reuniones dejaron un prudente optimismo. La tercera evidenció que las diferencias seguían intactas. La cuarta cambió el rumbo de la negociación cuando Washington endureció su posición y comenzó a exigir que Irán renunciara prácticamente a toda capacidad de enriquecimiento de uranio susceptible de uso militar. El ayatolá Alí Jamenei respondió que aceptar esa condición significaría renunciar a la soberanía tecnológica del país. La quinta ronda terminó sin avances y con una presión creciente por parte de Israel, cuyos servicios de inteligencia advertían que el programa nuclear iraní seguía avanzando mientras la diplomacia ganaba tiempo.
La sexta reunión nunca se realizó.
Cuando hablar dejó de ser suficiente
El 13 de junio de 2025, Israel decidió actuar. Más de 200 aviones de combate atacaron instalaciones militares, sistemas de defensa aérea y complejos nucleares iraníes. En los primeros bombardeos murieron altos mandos de la Guardia Revolucionaria y 14 científicos vinculados al programa nuclear. Para el gobierno israelí, la vía diplomática había fracasado.
La respuesta iraní fue inmediata y sin precedentes. Durante los siguientes doce días lanzó más de 500 misiles balísticos y alrededor de 1.100 drones contra territorio israelí. La Cúpula de Hierro, David's Sling y el sistema Arrow, con apoyo estadounidense, interceptaron la mayoría, aunque varios proyectiles impactaron ciudades como Tel Aviv, Haifa y Beersheba, dejando 29 muertos, centenares de heridos y daños en viviendas, infraestructura energética e instalaciones militares.
Estados Unidos decidió intervenir directamente. El 22 de junio, siete bombarderos furtivos B-2 Spirit lanzaron 14 bombas antibúnker GBU-57, de 13,6 toneladas cada una, sobre Fordow, Natanz e Isfahán, mientras un submarino estadounidense disparaba más de veinte misiles Tomahawk contra otros objetivos estratégicos. Era la mayor demostración de fuerza de Washington en el conflicto.
La guerra dejó de ser de dos países
Tras los ataques estadounidenses, Irán amplió el escenario de la confrontación. Además de continuar los lanzamientos contra Israel, atacó con misiles y drones bases militares estadounidenses en Catar, Baréin y Kuwait, dejando claro que cualquier país que facilitara operaciones militares contra Teherán podría convertirse en objetivo. Al mismo tiempo, amenazó con bloquear el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20 % del petróleo transportado por vía marítima en el mundo, provocando un aumento inmediato del precio del crudo y una nueva preocupación por la inflación y la estabilidad económica mundial.
La posibilidad de una expansión regional llevó a Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Catar, Baréin y Kuwait a reforzar sus sistemas de defensa aérea y la protección de sus instalaciones petroleras. Ninguno participó directamente en los combates, pero todos entendieron que el conflicto podía extenderse rápidamente a todo el Golfo Pérsico.
El costo humano fue devastador. En apenas doce días murieron más de mil personas en Irán, entre militares y civiles, además de miles de heridos. Israel también sufrió víctimas, destrucción de infraestructura y un enorme costo económico por la movilización militar y el funcionamiento permanente de sus sistemas de defensa.
Lejos de terminar, la guerra volvió a escalar en julio de 2026. Estados Unidos ejecutó una nueva ofensiva contra más de 80 objetivos militares iraníes, incluidos sistemas de defensa aérea, centros de mando y capacidades navales, mientras Irán respondió con nuevos ataques contra instalaciones militares estadounidenses en el Golfo y mantuvo sus amenazas sobre el estrecho de Ormuz. La paradoja es evidente: las conversaciones diplomáticas continúan, pero también continúan los bombardeos.
La lección que deja el conflicto
Cinco mesas de negociación no evitaron doce días de guerra. Y doce días de guerra no resolvieron ninguna de las causas que originaron el conflicto. Estados Unidos sigue considerando inaceptable que Irán alcance capacidad nuclear militar. Irán mantiene que renunciar a su programa significaría ceder parte de su soberanía. Israel continúa convencido de que no puede permitirse correr ese riesgo. Rusia respalda políticamente a Teherán; China insiste en preservar la estabilidad del comercio y del mercado energético; Europa sigue apostando por una salida negociada.
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