A las 6:36 de la mañana del 31 de agosto de 1917, un terremoto de magnitud 6,7, con una profundidad aproximada de 15 kilómetros y epicentro en el Piedemonte Llanero, cambió la historia de la ciudad. Aunque el foco no estuvo en Bogotá, la capital fue la población que concentró buena parte de la destrucción, convirtiéndose en el sismo más devastador que ha sufrido hasta ahora.
Los registros oficiales señalan que 22 personas murieron y al menos 35 resultaron gravemente heridas, mientras centenares de familias quedaron sin vivienda. Sin embargo, el miedo no terminó cuando cesó el primer movimiento. Durante los días siguientes la tierra continuó temblando una y otra vez.
Cabe recordar que hace apenas una semana, dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 convirtieron al norte de Venezuela en un escenario de edificios colapsados, calles cubiertas de escombros y miles de familias buscando sobrevivientes entre las ruinas. La tragedia, que hasta el 2 de julio dejaba 2.595 muertos y 12.400 heridos, volvió a demostrar cómo unos pocos segundos bastan para transformar por completo una ciudad.
Hoy, esas escenas en tierras venezolanas recuerdan inevitablemente el sismo en Bogotá, aunque en una época completamente distinta: sin sistemas de alerta ni construcciones sismorresistentes. Además, con una población mucho menor.
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Las más de 40 réplicas mantuvieron a Bogotá en estado de pánico
La noche anterior al gran terremoto ya se habían dado señales de que algo ocurría. El 29 de agosto, un fuerte sismo sacudió la ciudad hacia las 10:25 de la noche, seguido apenas 19 minutos después por otra sacudida. En la madrugada volvió a sentirse un nuevo movimiento.
El terremoto principal llegó dos días después, pero el fenómeno no terminó allí. Durante cerca de un mes se registraron decenas de réplicas, más de 40 según diferentes registros históricos, mientras que las más fuertes mantuvieron a Bogotá en zozobra durante nueve días consecutivos.
Con poco más de 100 mil habitantes, la aldea paramuna de esa época vivió jornadas de incertidumbre. Miles de personas abandonaron sus casas para dormir en plazas, patios y espacios abiertos, convencidas de que otro terremoto podía derrumbar lo que aún permanecía en pie. Muchos elevaron oraciones a San Emigdio, considerado el patrono de los terremotos, mientras otros optaban por abandonar definitivamente la ciudad.
Iglesias, hospitales y edificios históricos quedaron gravemente afectados por el terremoto
La Bogotá de 1917 ocupaba apenas una fracción del territorio actual, extendiéndose entre las actuales calles 32 y 3 Sur, y entre las carreras Primera y 24, con prolongación hacia Chapinero.
En esa zona se concentró buena parte de los daños. Más de 300 edificaciones sufrieron averías y otras 40 quedaron completamente destruidas, especialmente en Las Cruces, San Bernardo, Santa Inés, Liévano (actual Parque Tercer Milenio) y Chapinero.
Las iglesias fueron algunas de las construcciones más golpeadas. La Catedral Primada, Monserrate, San Francisco, Santa Bárbara, La Concepción, Las Nieves, La Candelaria y la iglesia de Lourdes presentaron graves daños, mientras que la antigua Ermita de Guadalupe colapsó por completo al estar construida en adobe.
También resultaron afectados el Capitolio Nacional, el Palacio de Nariño (residencia del entonces presidente conservador José Vicente Concha, quien por entonces tenía en mente mantener la neutralidad del país en medio del conflicto bélico conocido como la Gran Guerra, y al que años después renombrarían como la Primera Guera Mundial), los hospitales San Juan de Dios y La Misericordia, además de estaciones ferroviarias y numerosas quintas tradicionales de Chapinero.
Una de las escenas más dramáticas ocurrió en la iglesia de Lourdes. El derrumbe de su torre causó la muerte de seis personas, mientras otras fallecieron por la caída de cornisas, ladrillos y elementos desprendidos de las fachadas.
La crisis obligó a levantar campamentos para miles de personas
El terremoto no solo destruyó edificios, sino que también paralizó la atención médica. Los daños en hospitales obligaron a trasladar pacientes y heridos hacia patios y espacios abiertos, ya que los techos y muros presentaban grietas que hacían insegura la permanencia dentro de las instalaciones.
El temor provocó además un éxodo sin precedentes. Cerca de 30 mil personas abandonaron Bogotá rumbo a la Sabana y municipios cercanos, mientras otros permanecieron durante días en campamentos improvisados bajo toldas instaladas para damnificados y familias que se negaban a regresar a sus viviendas.
Fuera de la capital, el impacto también fue severo. Cáqueza, Pasca, Fosca y Quetame (Cundinamarca), así como Villavicencio y San Martín (Meta), registraron graves daños. En Villavicencio, el deterioro fue tan grande que las autoridades llegaron a estudiar la posibilidad de reconstruir la ciudad en otro lugar. Además, el sismo provocó deslizamientos en el Páramo de Sumapaz y en las cuencas de los ríos Guamal, Ortoy y Ariari.
El terremoto que cambió la historia del monitoreo sísmico en Colombia
Como todo en la vida, lo importante de las crisis no es lo que se llevan sino los aprendizajes que dejan. En este caso los colombianos aprendieron, como dice la famosa frase, que siempre será mejor “prevenir que lamentar”. Las consecuencias de aquel desastre impulsaron un cambio en el estudio de la actividad sísmica del país. Seis años después, en 1923, comenzó a operar el primer sismógrafo de Colombia, instalado en el Observatorio del Colegio Mayor de San Bartolomé, en el centro de Bogotá.
Además, el terremoto de 1917 también confirmó que el centro del país hace parte de una región con alta actividad sísmica, influenciada por la interacción de la placa de Nazca, el sistema de fallas geológicas y la dinámica del denominado Cinturón de Fuego del Pacífico.
Ese conocimiento permitió fortalecer el monitoreo científico de los sismos en Colombia, impulsar la instalación de instrumentos para registrar la actividad sísmica en el país y sentar las bases de los sistemas de observación que décadas después asumiría el hoy Servicio Geológico Colombiano.
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