Difícil saber si el fracaso de la lucha contra el narcotráfico obedece a la incapacidad o a la astucia de los dirigentes políticos de Colombia y Estados Unidos. Tampoco es claro si el reiterado aumento de los cultivos de coca responde a errores de gestión o a una estrategia nacional e internacional que nunca ha buscado resolver el problema de fondo.
La evidencia es contundente. Al terminar el gobierno de Virgilio Barco había 34.000 hectáreas sembradas de coca; con César Gaviria ascendieron a 50.000; con Ernesto Samper, a 101.800; y durante Andrés Pastrana se mantuvieron alrededor de 102.000. En el gobierno de Álvaro Uribe descendieron a 62.000, pero con Juan Manuel Santos aumentaron a 171.000; con Iván Duque llegaron a 204.000 y, al finalizar el mandato de Gustavo Petro, alcanzaron 261.000 hectáreas, según el informe de la ONU publicado en 2026. Una verdadera oda al fracaso.
Fracasaron los presidentes colombianos en controlar la producción, pero también los estadounidenses en reducir el consumo. Después de décadas de guerra contra las drogas, el balance es el mismo: más coca, más cocaína y un mercado cada vez más rentable.
Resulta difícil comprender cómo el país con la tecnología más avanzada del planeta, capaz de localizar y eliminar a supuestos enemigos a miles de kilómetros de distancia, no logra controlar sus 3.000 kilómetros de frontera con México, ni sus costas, puertos y aeropuertos, por donde ingresa la cocaína en contenedores, embarcaciones, túneles, vehículos de carga y múltiples modalidades de contrabando. Con semejante capacidad tecnológica, tanta incapacidad resulta difícil de creer.
Tampoco parece explicarse la incapacidad para controlar el lavado de dinero dentro de su poderosa economía. El narcotráfico encuentra espacios con relativa facilidad para infiltrar el sistema financiero, el mercado inmobiliario, empresas fachadas, concesionarios, restaurantes, comercio internacional y hasta criptomonedas. Ante semejante evidencia, la duda sobre si existe ineptitud o conveniencia resulta inevitable.
Los gobiernos de ambos países parecen ignorar, o prefieren ignorar, la extraordinaria capacidad de adaptación de las organizaciones criminales. Cuando una ruta se cierra, abren otras; cuando un territorio se militariza, migran a otro país; cuando cambia el mercado, diversifican productos. Es el conocido "efecto globo": la presión en un lugar simplemente desplaza el problema hacia otro. Sorprende que los criminales parezcan comprender mejor las dinámicas del mercado que quienes diseñan las políticas públicas.
Tampoco se sabe si Richard Nixon declaró la "guerra contra las drogas" por incapaz o por astuto. La prohibición elevó el costo del producto y el mercado se hizo más atractivo. La estrategia de la guerra ha consumido infructuosamente cientos de miles de millones de dólares en erradicación, interdicción, cooperación internacional, inteligencia, encarcelamientos y operaciones militares. Los resultados estructurales siguen siendo decepcionantes mientras el negocio conserva intacta su fortaleza económica.
La explicación quizá esté en la propia moral del mercado capitalista. Todo negocio extraordinariamente rentable encuentra quien lo sostenga, sin importar el costo humano. Mientras exista una demanda multimillonaria de cocaína en Estados Unidos y países del primer mundo, existirán organizaciones criminales dispuestas a abastecerla. Los campesinos, policías, consumidores y comunidades terminan pagando el precio de un mercado que privilegia la rentabilidad sobre la vida.
Lo más grave: pese a los muertos, la violencia, las enfermedades, la corrupción y el enriquecimiento de las mafias de fusil o de corbata, Colombia y Estados Unidos insisten en la misma estrategia que durante más de medio siglo ha demostrado su fracaso. Por eso cobra vigencia la frase atribuida a Albert Einstein: "Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados diferentes". O quizá no sea locura de los presidentes colombianos y norteamericanos, diría yo, sino una decisión consciente porque, dentro de cierta lógica del poder y la moral capitalista, el dinero sigue siendo más importante que la vida de los seres humanos.
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