En política un proyecto que se plantea eterno mal manejado puede durar solo cuatro años

 - Cuatro años no son para siempre

Si Gustavo Petro hubiese hecho un buen gobierno, con poderosas iniciativas sociales, alrededor de las cuales se hubiera convocado a todo el país en un ambiente de concordia política, como fueron los pasos iniciales de su mandato, no hubiera habido poder humano que hubiera impedido la continuidad de su proyecto político en el tiempo. No fue así. Tuvo uno de los gobiernos más polémicos de la historia, enfrentado a todas las fuerzas que hubiera necesitado para sacar adelante sus iniciativas, en trifulca permanente no tanto con las fuerzas de oposición que es parte del juego democrático, sino con los demás poderes públicos, con el sector privado, con su propio partido y consigo mismo.

Termina su gobierno en medio de una enorme contradicción: con una alta popularidad, con un partido unido de izquierda cuyo tamaño y cohesión nunca se había visto, con la principal fuerza parlamentaria, y derrotado en las urnas. Su candidato, a cuyas evidentes limitaciones le atribuyen el fracaso, logró 12.7 millones de votos, algo descomunal, pero su adversario obtuvo casi 13 millones (con el perdón de la humanidad entera 250.000 votos de diferencia no son pocos).

Es decir, Petro más que Cepeda, quien fue una figura lánguida, pudo convocar una cantidad sin precedentes de apoyos y al mismo tiempo movilizar una cantidad sin precedentes de adversarios que resultaron ser más. Dividió al país en dos partes, no entre la extrema izquierda y la extrema derecha, que es la lectura obvia de los analistas políticos, sino entre sus partidarios y sus adversarios, que es un asunto muy distinto.

El haberse convertido Petro de hecho en el candidato presidencial con el reiterado argumento de que su proyecto progresista iba a continuar a como diera lugar, con la convocatoria de una Asamblea Constituyente si fuera preciso, con la apelación a las calles como forma de resistencia, generó por reacción indignada el apoyo a la candidatura que menos se pareciera a esos delirios, que expresara ese rechazo con la misma virulencia, que fuera un muro de contención a esos desafueros. Fue un enfrentamiento colosal casi más entre dos temperamentos opuestos que entre dos ideologías.

Por supuesto que el proyecto progresista (que no de izquierda) predicaba una intensa intervención estatal, un rechazo visceral al trabajo conjunto entre el sector privado y el Estado, un nacionalismo a ultranza, un proceso de paz negociado sin ataduras, una lucha de clases donde todos los que no eran pobres de solemnidad eran ricos y eran el enemigo, y una independencia frente al imperialismo norteamericano. Todo ello con un tinte bastante anacrónico, una agenda de los años setentas, coronada por una campaña presidencial mediocre con un candidato como Iván Cepeda que parecía de esa misma época.

Abelardo de la Espriella planteó con una campaña audaz una oposición total a cada uno de esos puntos: no a la intervención estatal, mano dura contra la lucha armada, asociaciones público privadas, amistad con los Estados Unidos. Ambos envueltos en la bandera de Colombia. Fue una lucha patriótica entre una manera anacrónica y una moderna de ver al mundo, de contactarse con el elector, no entre izquierda y derecha. Ganó el que la gente percibió como el mejor defensor de la bandera tricolor. Pero también el país urbano frente al rural, la clase media frente a la clase popular, el respeto a las instituciones frente a la incertidumbre. El resultado de la campaña presidencial colombiana es un recordatorio de que “así pasa la gloria del mundo”, como les decían al oído a su llegada a la antigua Roma a los generales triunfantes, pues en política un proyecto que se plantea eterno mal manejado puede durar solo cuatro años, lo cual es válido tanto para el que sale como para el que llega.

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Por Óscar López Pulecio

Abogado especializado en Ciencias Socioeconómicas de la Universidad Javeriana, Bogotá. Ha sido embajador de Colombia ante la Asamblea General de la ONU, Nueva York; Cónsul General de Colombia en el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, Londres; Gerente Regional de la Caja Agraria, Valle del Cauca; y Secretario General de Anif y de la Universidad del Valle.