Abelardo de la Espriella gana la presidencia por haber sabido encarnar con habilidad mediática, un discurso extremo y un carisma sobresaliente, la oposición política. No hay sorpresa en que el candidato que actuó con la misma beligerancia, la misma apelación primaria a las multitudes y el mismo discurso grandilocuente y populista del presidente de la República, que era en realidad el candidato a derrotar, haya ganado la elección. La moderación fue la principal víctima del debate.
De la Espriella gana la presidencia con una mínima participación parlamentaria. 4 senadores y un representante, de un pequeño partido de la más extrema derecha que tuvo el olfato de unirse a esa causa. Así que el presidente electo tiene que buscar un acuerdo con los partidos políticos con representación en el Congreso, distintos del Pacto Histórico, que en su mayoría ya se habían acercado a su candidatura.
Más que la búsqueda de un acuerdo nacional con los perdedores, lo que se revive es el esquema gobierno-oposición de tiempos de Virgilio Barco, que es como funciona la política en todas partes
Es imperativa la construcción de una coalición de gobierno que enfrente al principal grupo de congresistas, que son la bancada del Pacto Histórico, y la oposición beligerante que se vendrá, encabezada desde el mismo Parlamento por su candidato derrotado en las urnas, quien recibirá una curul en el senado, e impulsada desde la calle por Gustavo Petro, quien recupera su total libertad para la intemperancia verbal y conceptual que lo hicieron tan notorio como presidente. Socio principal de esa coalición, el Centro Democrático, segunda fuerza en el Parlamento, que tendrá seguramente una fuerte representación en el gabinete, impulsada desde la calle por Álvaro Uribe. Lo cual significa, como le dice en el Gatopardo, Tancredi el joven aristócrata siciliano a su tío el príncipe de Salina para justificar su apoyo a Garibaldi contra los borbones de quienes han sido fieles súbditos "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie".
Es fácil hacer la autopsia de la campaña, que es un ejercicio parecido al que hacen los aficionados al fútbol, después del partido, para reconstruir los errores cometidos por los jugadores. En el campo del Pacto Histórico pudieron haber tenido un mejor candidato. Más parecido en su estilo al presidente Petro, con más carisma, fogosidad y capacidad para transmitir el mensaje de continuidad que Iván Cepeda. La popularidad interna de Iván Cepeda en el petrismo se disparó por haber logrado la condena penal de Álvaro Uribe (que después se revocó), sin que se hubieran percibido en su momento sus debilidades como candidato.
En la otra orilla el proceso de selección del candidato del Centro democrático fue muy accidentado, luego del infame asesinato de Miguel Uribe Turbay, quien era una carta ganadora. Álvaro Uribe no aceptó la participación de Abelardo de la Espriella en la encuesta que se hizo para escoger candidato y Paloma Valencia fue elegida sin contar con la necesaria solidaridad interna. Ella acertó en participar en la Gran Consulta por Colombia, pero se equivocó en la escogencia de su candidato a la vicepresidencia. Juan Daniel Oviedo le espantó los votos del uribismo y su cercanía excesiva a Uribe le espantó los votos de centro.
Sobre esas circunstancias se disparó la candidatura de Abelardo de la Espriella, cuya campaña tuvo el uso efectivo de redes sociales y la imaginación publicitaria de que carecieron todas las demás. Gana una forma mediática de hacer política más cerca de la farándula que de la sustancia. Le toca ahora al presidente electo aterrizar en las exigencias de la gobernabilidad y convertir su Patria Milagro en acciones de reconciliación nacional, su extremismo en moderación, sus promesas en realidades. Con la iluminación del Señor de los Milagros de Buga, que tuvo tanto que ver en ese triunfo.
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