Texto escrito por: Nerio Luis Mejía
Colombia no había vivido una segunda vuelta presidencial tan intensa y controversial como la del pasado 21 de junio de 2026. En esa jornada, el abogado Abelardo de la Espriella derrotó por una mínima diferencia al candidato del oficialismo, Iván Cepeda. Los resultados fueron tan estrechos que pueden catalogarse de históricos. La corta ventaja de De la Espriella desató denuncias de posible fraude, aunque, más allá de algunos sucesos aislados, las elecciones transcurrieron en completa normalidad.
Tras el desenlace electoral, resulta oportuno precisar algunos elementos que incidieron en la contienda y que, de cara al futuro, deberían servir de lección para no desperdiciar de manera irresponsable el capital político que el movimiento de Gustavo Petro había logrado consolidar.
1. La elección del candidato oficialista
El primer error se gestó en la consulta interna del Pacto Histórico, al escoger a Iván Cepeda como candidato. Nadie desconoce su capacidad, su conocimiento sobre política, sociedad y conflicto armado, ni su condición de víctima directa de la violencia. Sin embargo, Cepeda no logró conectar con el votante promedio. El Pacto Histórico contaba con figuras más carismáticas, pero desde el Palacio de Nariño se optó por lanzarse a la aventura con un candidato difícil de “vender” en términos electorales.
2. Una fórmula vicepresidencial que no sumó
La elección de Aida Quilcué como fórmula vicepresidencial fue coherente con la lucha indígena y con la representación de los pueblos originarios. Sin embargo, esos sectores ya estaban naturalmente alineados con el progresismo. En política, sumar votos implica ampliar la base, no reforzar lo que ya se tiene. El oficialismo se quedó pescando en la misma pecera, mientras la derecha supo atraer apoyos del tradicionalismo.
3. El fracaso de la “Paz Total”
El manejo de la política de “Paz Total” fue otro factor determinante. Aunque las estructuras criminales no surgieron en el gobierno de Petro, es innegable que aprovecharon las mesas de diálogo para expandirse y consolidar territorios vedados a la fuerza pública. La violencia se recrudeció y arrinconó a comunidades enteras. Mientras Cepeda prometía continuar con un proyecto de paz debilitado, De la Espriella ofrecía mano dura y guerra sin cuartel contra los violentos. Esa narrativa caló mejor en un electorado cansado de la inseguridad.
4. Los escándalos de corrupción
La corrupción terminó de minar la credibilidad del gobierno del cambio. La ciudadanía que había apostado por una alternativa distinta al tradicionalismo se encontró con que la corrupción no distingue ideologías, solo se alimenta de la ambición. El golpe final llegó 72 horas antes de la segunda vuelta, cuando la Corte Suprema de Justicia dictó medida de aseguramiento contra la senadora Martha Peralta Epieyú, del Pacto Histórico, por el escándalo de la UNGRD, el más sonado en la administración Petro.
5. La desconexión con las regiones
A todo lo anterior se sumó la falta de conexión entre los altos cargos del poder y las regiones. Muchos esperaban un gobierno más cercano a las comunidades, pero esa expectativa nunca se materializó. La derecha supo aprovechar ese vacío y capitalizar el descontento.
En conclusión, el triunfo de Abelardo de la Espriella no puede explicarse únicamente por la vulnerabilidad del proceso electoral —con denuncias de manipulación de software, injerencia extranjera o presiones de grupos de poder—, sino por el derroche de un capital político que el progresismo no supo administrar. La oportunidad de continuidad del “gobierno del cambio” se perdió en medio de errores estratégicos, escándalos y desconexiones que la oposición convirtió en ventaja.
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