Cuando la pequeña canoa en que trabajaba se hundió en el río Magdalena, Domingo Biohó pensó en huir. El plan parecía una locura demasiado simple. Se trataba de adentrarse en la selva con su esposa, Wiwa, sus hijos y otros veinticinco esclavos.
Aunque no sabía lo que los esperaba, Domingo, como lo bautizaron cuando llegó a Cartagena, estaba convencido de que no podía ser peor que lo que estaban viviendo.
La responsabilidad de la operación recayó sobre los hombros carbonizados de Domingo, quien realmente se llamaba Benkos Biohó. No lo pensaron dos veces y el pequeño grupo de esclavos siguió sus pasos. Actuaron con la sorprendente simplicidad que tienen los proyectos procesados durante años.

A medida que se internaban en la selva seca tropical de los Montes de María, fueron abriendo paso a la libertad, un lugar en el que ninguno de los presentes había estado hasta entonces.
Mientras tanto, entre el alboroto del puerto negrero, se coló el rumor de que Domingo se había volado junto a otros veinticinco esclavos. Un jubilo reprimido inundó el corazón del sacerdote Pedro Claver, recién llegado a Cartagena, mientras esperaba la llegada de un cargamento de africanos esclavizados para bautizarlos.
Se estima que entre 1595 y 1640 llegaron a Cartagena alrededor de 300 mil esclavos. Muchos de ellos no alcanzaron a llegar al puerto con vida y fueron arrojados al mar que los terminó sacando a flote como cadáveres.
Pedro Claver tenía la misión específica de meterse en los contenedores repletos de esclavos adelantándose a los codiciosos comerciantes. Una vez allí, bautizaba a los esclavos antes de que fueran vendidos. De esta manera los salvaba de trabajar los domingos y de que no fueran separados de sus esposas. Siempre empezaba por los moribundos.
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La llegada a San Basilio de Palenque, el primer pueblo libre de América
En una planicie desolada, los pulmones de Benkos Biohó saborearon el aroma de la libertad. Allí fundó con su familia y sus compañeros de esclavitud la primera ciudad libre de América: San Basilio de Palenque.
La forma de vida que escogieron se basó en la autarquía; es decir, todo lo que producían era para el sustento de la comunidad. Esa fue la chispa que encendió la mecha de la rebeldía.
Muchos negros esclavizados siguieron el ejemplo de Domingo, quien no se quedó con los brazos cruzados en su pequeño nuevo reino, sino que promovió la conformación de poblados como Matudere, en la Sierra de Luruaco, y Domingo Angola, en el municipio que hoy se conoce como Arenal.
Al mismo tiempo, Claver se estrenaba como sacerdote en Cartagena. Había sido enviado desde su natal España hasta América porque lo consideraban un espíritu mediocre, bueno para predicar a los indios. Seguramente tenía un entendimiento más cercano a Jesús, del cual poco o nada entendían sus superiores burgueses.
Por ese motivo se convirtió en una leyenda con su capa de jesuita. La usaba para arropar a los enfermos de viruela, también la usaba para limpiar a los heridos y se la ponía de almohada a los agonizantes.

La capa de Claver, por más que la lavaran, nunca volvió a ser blanca. Se quedó negra, como los miles de seres humanos a los que les brindó un refugio. Rápidamente, los esclavistas y sus compañeros jesuitas empezaron a despreciar a Claver por el supuesto olor a esclavo que nunca lo abandonó.
Sin embargo, cuando inexplicablemente se curaron los leprosos arropados con su manta, el sacerdote jesuita empezó a ganar popularidad entre esos mismos que lo rechazaban por su compasión con los esclavos. Su confesionario se llenó de largas filas en las que siempre tuvieron prioridad los afro.
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Los últimos días de Benkos Biohó: los primeros días de la lucha por la abolición de la esclavitud
Ante los ojos impotentes del sacerdote Pedro Claver, el 16 de marzo de 1621 en un juicio apresurado por el temor a una rebelión, el autoproclamado rey del Arcabuco, también conocido como Domingo Biohó, fue ahorcado en la plaza pública de Cartagena de Indias.
Desde su fuga en 1599, se volvió el amo y el señor de pantanos, montañas y manglares que lo hicieron invencible. Su ejército de cimarrones, término que se usaba para denominar al ganado sin control y luego al negro fugado hacía la libertad, se convirtió en la peor pesadilla del entonces gobernador García Girón, quien ni siquiera matando al líder cimarrón logró reducir a los palenques.
Treinta años después del asesinato del rey del Arcabuco, el sacerdote jesuita quedó al borde de la muerte debido a una epidemia de fiebre amarilla que azotó Cartagena. Claver tuvo que internarse los últimos cuatro años de su vida en una pequeña celda del colegio jesuita.
A su cuidado estuvo un esclavo que descargaba su resentimiento contra los blancos en el viejo sacerdote. Cuando se murió el 8 de septiembre de 1654 el pueblo negro de la ciudad rompió las barreras del colegio jesuita y besó sus manos y pies. También lo despojó de su manto, que fue guardado como reliquia.
En medio de la confusión del momento, el esclavo que cuidaba a Claver reconoció con arrepentimiento que aquel viejo en el que descargaba su ira era Pedro Claver, esclavo de los negros para siempre.
El sacerdote fue beatificado el 16 de julio de 1850 por orden del papa Pío IX. Treintaitrés años después, el 15 de enero de 1888, fue proclamado Santi poe el Papa León XIII. Su cuerpo se encuentra expuesto en una urna de cristal y se ha conservado gracias a la cercanía de la iglesia con el mar.
Por su parte, los cimarrones continuaron generacionalmente luchando por la abolición de la esclavitud, hasta que la lograron el 21 de mayo de 1851. Un partido liberal recién nacido respondió al apoyo popular, recibido en la elección del presidente José Hilario López, dándoles la libertad legal.
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