Texto escrito por: Luis Alberto Henao
Colombia no está rota, pero sí está desorientada. Llevamos años discutiendo sobre el país que queremos mientras el país que tenemos se deteriora por falta de dirección. La pregunta ya no es quién tiene la razón, sino hacia dónde vamos si seguimos así.
El problema no es la democracia, es la parálisis política. Tenemos instituciones, elecciones, prensa libre y una sociedad activa. Pero todo ese andaje se atora en la polarización. Cada tema se convierte en una batalla por la salud, la seguridad, la educación, la paz. El resultado es un Congreso que legisla a golpes, un gobierno que gobierna a trancazos y una ciudadanía que desconfía de todo.
Una democracia sin capacidad de acordar lo básico se convierte en un sistema caro e ineficiente. Y eso es lo que estamos pagando: más impuestos, menos servicios; más discursos, menos ejecución.
Por otro lado, la inseguridad le ganó terreno al Estado, no se trata solo de cifras. Se trata de la sensación de que el Estado llega tarde o no llega. En ciudades y regiones el control territorial lo disputan grupos armados, economías ilegales y redes criminales. Mientras la seguridad no sea una política de Estado y no un arma de campaña, Colombia seguirá perdiendo territorio y confianza. Sin seguridad no hay inversión, sin inversión no hay empleo, sin empleo no hay paz.
La economía crece por inercia, no por estrategia. El país tiene ventajas: posición geográfica, recursos, una diáspora productiva, jóvenes con ganas de emprender. Pero le falta una agenda de productividad que una a los sectores público y privado.
Seguimos dependiendo de materias primas, con una formalización laboral estancada y una educación que no conversa con el mercado laboral. Crecemos cuando el precio del petróleo o el café ayuda. Pero eso no es un plan; necesitamos un plan de infraestructura que conecte regiones, reglas estables para invertir, y una apuesta seria por la agroindustria, el turismo y la tecnología.
Es importante resaltar que la salida es pragmática, no ideológica. Colombia no necesita un mesías ni un ajuste de cuentas histórico. Necesita tres cosas:
- Acuerdos mínimos: seguridad, salud, educación y empleo fuera de la pelea política. Lo que funcione se mantiene, lo que no, se cambia con evidencia.
- Ejecución: menos anuncios, más obras terminadas. Un proyecto que no se entrega es peor que no haberlo prometido.
- Confianza: el Estado tiene que volver a cumplir lo que firma. Y la ciudadanía tiene que volver a creer.
Hacia dónde va Colombia depende de si seguimos votando con rabia o empezamos a votar con criterio. De si exigimos resultados o nos conformamos con trincheras. De si permitimos que el miedo defina la agenda o nos atrevemos a construir una agenda de futuro. El país tiene energía, talento y resistencia. Lo que le falta es una brújula. Y esa brújula no la pone un solo líder. La ponemos todos cuando dejamos de buscar culpables y empezamos a exigir soluciones.
Colombia puede seguir a la deriva. O puede decidir que el próximo ciclo no sea otro capítulo de la misma pelea. Esa decisión se toma todos los días, no solo el día de elecciones.
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