El supuesto desplante de James Rodríguez a Antonella Petro desató un debate nacional sobre el rol de los futbolistas ante el poder político

 - La arrogancia de James salió a la luz con el desplante que le hizo a la hija de Petro
Texto escrito por: Rafael David Barrios

La figura del capitán de la Selección Colombia, James Rodríguez, ha estado en el ojo del huracán en los últimos días tras el evento protocolario organizado por la Presidencia para despedir a la Selección rumbo al Mundial de Estados Unidos, México y Canadá. La polémica ha girado en torno al supuesto desaire intencional que le hizo a Antonella, la hija del presidente Petro, y, en general, a la apatía que mostraron los jugadores de la selección durante el evento.

Carlos Antonio Vélez tiene razón al señalar que no es posible saber con certeza, a partir de los videos que han circulado en redes sociales, si James efectivamente no escuchó la petición de la aficionada o si la desairó deliberadamente. También sería difícil determinar si el supuesto desaire obedeció a razones políticas o a motivos de otra índole, aunque esta segunda posibilidad parezca menos probable. Resulta curiosa la defensa que Vélez hace del jugador, no tanto por la tirria que supuestamente le tiene, sino porque alguien tan conservador, defensor de las buenas formas y de la idea de que los derechos van acompañados de deberes aún más importantes, le conceda tan poca relevancia al acto.

Partamos del supuesto de que James no la escuchó y que el video revela simplemente un malentendido, un error de comunicación. En ese caso, podría perfectamente salir en redes sociales a aclarar lo ocurrido y respaldar la inocencia del gesto, enviándole un video a Antonella, una fotografía o cualquier otro detalle que contribuya a disipar las dudas. Algunos dirán que no tiene ninguna obligación de hacerlo, y tienen razón; pero, como dirían las abuelas: «el que nada debe, nada teme».

Ahora partamos del otro supuesto, más interesante de analizar: el caso en que James decidió ignorar deliberadamente la petición de la menor por motivos políticos. No quisiera gastar mucha más tinta señalando lo grave que resulta herir a una aficionada al fútbol, a una niña, inocente por definición, para expresar una postura política que nada tiene que ver con ella. Es un acto de bajeza que no es digno ni de la política, porque el debate y la protesta se dan entre iguales, no con niños; y, a su vez, es un acto que no es digno del fútbol, porque el jugador se debe al aficionado, especialmente a los más pequeños, que juegan soñando con convertirse también en futbolistas. El jugador les debe a los hinchas, al menos, el respeto suficiente para decirles: «No, ahora no puedo» o «No quiero tomarme la foto».

Pero, además de lo señalado —con lo que quizá no digo nada que no se haya dicho ya—, me parece interesante preguntarse: ¿por qué hacerlo con la hija del presidente? Si, en efecto, hubo motivaciones políticas detrás de la actuación del jugador, ¿por qué no negarse a darle la mano al presidente? ¿Por qué no decidir no asistir al acto protocolario? ¿Por qué no salir en redes sociales y decir: «Por estas razones me distancio de este gobierno y de este acto»?

Me parece ridícula la neutralidad que una buena parte de la sociedad y del mundo del fútbol les exige a los futbolistas, como si la frase maradoniana «la pelota no se mancha» implicara convertir el fútbol en un escenario apolítico. Si James quiere expresar que está en desacuerdo con las políticas del presidente, si con toda su alma quisiera salir en medio de la foto a gritar «¡Firmes por la patria!», bienvenido sea. Habría sido un golazo para la campaña de Abelardo.

Eso es lo que más me indigna del gesto, aparte de la bajeza que supone dirigir contra una niña un ataque relacionado con asuntos que solo competen a los adultos, como la política: la cobardía que demuestra, la pequeñez política que pone de manifiesto. Aprovechar un momento para hacer un pequeño gesto, una pataleta política, en lugar de asumir una postura clara y aceptar sus consecuencias.

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Ya quisiera James poder ser como Caszely: plantarse cara a cara frente al dictador responsable de miles de desapariciones y torturas; plantarse frente al hombre responsable de las torturas sufridas por su madre; llevar la corbata roja que simbolizaba el proyecto político anterior al golpe de Estado, proyecto del que fue una de las caras visibles. Como declaró Gladys Marín al referirse al jugador: «No solo es un gran deportista, sino un joven que entiende el proceso revolucionario que vive su país». Y plantarse allí, sin que ninguno de sus compañeros lo respaldara, y, de pronto, no darle la mano a Pinochet ante las cámaras de todo un país. Eso hacen los hombres dignos: sostener una postura y entregarse a ella con convicción.

Una vez más, el fútbol nos enseña mucho sobre la vida. James es mejor jugador de lo que alguna vez fue Caszely; tiene un palmarés más amplio y el privilegio de haber sido goleador de un Mundial y, aun así, la gloria es algo mucho más complejo que ganar. Caszely, en su aparente pequeñez, se engrandece por la forma en que jugó y enfrentó la vida. James es un gigante del fútbol, pero algunos de sus gestos lo hacen parecer pequeño, muy pequeño.

Ojalá tú, Antonella, si continúas por los caminos del balón, también quieras ser como Caszely. James, en el fondo, también quisiera serlo.

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Por Nota Ciudadana

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