El debate sobre el adoctrinamiento juvenil en Colombia expone cómo las redes sociales y la propaganda oficial alteran la percepción de la realidad país

 - Marchar por Gaza y callar ante el Cauca: la indignación selectiva de las juventudes
Texto escrito por: Lauren Arias

Recorrer las redes sociales de esta era digital en Colombia deja una sensación de desconcierto profundo. Asistimos a una era donde el sentido común parece haber perdido su espíritu. Una parte de las nuevas generaciones impulsada por narrativas oficiales fuertemente ideologizadas en el adoctrinamiento desde el poder central, ha terminado por adoptar una realidad distorsionada. Es la paradoja de una juventud que se autodetermina “crítica”, pero que repite consignas idénticas a un guion estatal, donde lo evidente y real se maquilla y lo correcto se etiqueta como censurable.

El adoctrinamiento político extremo dentro del país, que en algún momento se vio lejos y ahora está parado 24 horas en la puerta de cualquier casa, ha logrado alterar la percepción de la realidad en muchos jóvenes, llevándolos a una preocupante incoherencia ética y moral: son capaces de indignarse selectivamente por causas globales lejanas, mientras guardan silencio cómplice ante las injusticias cotidianas de su propia tierra.

La muestra más clara de esta discrepancia ocurrió durante las movilizaciones internacionales por el conflicto de Gaza. Vimos a colectivos estudiantiles y activistas marchar con vehemencia y furor, pero también vandalizar monumentos e infraestructuras públicas dentro de las ciudades de nuestra bella Colombia bajo la bandera de la solidaridad exterior. Esta indignación selectiva, calculada y premeditada, fue la que guardó silencio sepulcral cuando las mujeres en Irán al poco tiempo salieron a las calles a jugarse la vida y quemarlo todo en una lucha legítima por su libertad frente a un régimen opresor. Ahí no hubo marchas, ni pancartas, ni bloqueos, ni quema de bienes públicos. Solo hubo mirada ignorante.

Ahora, si traemos el anterior argumento explícito a nuestras raíces profundas, lo contradictorio ocurre cuando esos mismos sectores callan por completo ante el reclutamiento forzado de menores, las masacres en el Cauca o el sufrimiento de las comunidades confinadas y desplazadas por grupos armados. Al parecer, el dolor ajeno cotiza más en redes si se alinea con la retórica del Gobierno.

Desde las bases institucionales se divide el país entre “buenos y no adoctrinados” de forma absoluta, se anula la capacidad de autocrítica y conciencia. Se les enseña a los jóvenes qué deben pensar, no cómo pensar autónomamente. Por eso, si una injusticia o un escándalo de corrupción salpica un proyecto político que defienden, prefieren mirar hacia otro lado o justificar el error. La defensa de los derechos humanos dejó de ser un principio universal para convertirse en un filtro militante.

Un país que adiestra a su juventud para defender dogmas y destrozar lo público en nombre de causas ajenas, mientras normaliza la decadencia local, es un país sin futuro destinado al fracaso y a la vergüenza tarde o temprano. El verdadero pensamiento crítico no es el que aplaude todo lo que el otro dice, ni el que destruye bienes públicos sin razón, ni el que sale a marchar violentando la ley cuando no hay derechos vulnerados sino un pensamiento somatizado de odio. Ser verdaderamente rebelde hoy en Colombia exige recuperar la autocrítica, el pensamiento, la realidad de los acontecimientos, la coherencia, salir del eco y del ego de la propaganda oficial y tener el valor de condenar lo injusto, sin importar quién esté en el poder. Si la juventud pierde la objetividad la sociedad entera pierde el rumbo.

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