Frente a las estrategias de persuasión y el show mediático de las campañas, se plantea un llamado a elegir gobernantes con base a criterios éticos responsables

 - La preocupante pérdida del sentido común frente al espectáculo de las campañas presidenciales
Texto escrito por: Lizandro Penagos

Usted puede votar por quien quiera, es su decisión, no es su problema, será el de todos si elige mal, pero hágalo teniendo en cuenta por lo menos cinco características fundamentales: historia, formación, trayectoria, valores y principios. Porque todos sabemos que la violencia se manifiesta de diversas formas y que abarca agresiones físicas, psicológicas, sexuales, económicas y simbólicas, tanto en el ámbito público como privado.

De modo que negar las evidencias ante lo que en medio de una campaña a la presidencia se conoce de los candidatos no requiere de un complejo examen psíquico para decidir, sino más bien de algo que escasea más que la honestidad: el sentido común, esa capacidad natural de la condición humana que parece haberse extraviado en los vericuetos de la manipulación, la imprudencia y la insensatez. Porque en últimas lo que se debate en Colombia ya no es lo ideológico ni lo programático, sino las profundas diferencias éticas y morales, que no son precisamente las características de la política tradicional que echa mano de todo cuanto esté a su alcance para hacerse con el poder. Y ese todo, va desde lo verbal, hasta lo icónico, pasando por incluso por lo cómico y lo actoral.

Elegir a alguien porque baila, insulta, grita, agrede o chicanea, es de una torpeza inconmensurable, pero cada quien es libre para manifestar su ignorancia. ¡Es la democracia! El debate sobre si realmente somos libres o si todo está predeterminado es tan viejo como las propuestas de cambio que son inherentes a todos los discursos y narrativas del proselitismo político. Pero lo cierto es que esa voluntad propia, ese libre albedrío del que habla hace siglos la filosofía, que recoge luego la religión y que hoy analiza la ciencia, suele estar condicionado de forma casi absoluta por estrategias mediáticas de persuasión y disuasión. Todo candidato, sin excepción, plantea cambios y muy pocos reconocen que aquello que los antecede es positivo y puede mejorarse. Eso es mesianismo y es uno de los peores defectos de las naciones sin estadistas y con caudillos populistas.

Todos los politiqueros de oficio piensan en las próximas elecciones y nada en las próximas generaciones. Por eso en Colombia los clanes partidistas son anclajes de poder que lo controlan todo (incluida la opinión pública, que es la menos pública de todas las opiniones), porque los espacios de participación se cierran con una mezquina estrechez donde el elector es manoseado con una asquerosa maniobra de utilitarismo servil, para después hacerlo a un lado cuando el objetivo se cumple. La fórmula se repite y los borregos siguen al pastor que los asusta con el lobo, cuando es él quien les esquilmará su lana y luego los llevará al matadero. Ese mismo que besa niño pobres y promete puentes donde no hay ríos y asegura que bajará o quitará los impuestos y vocifera que con él llegaremos al paraíso: todo un performance lleno de propuestas vacías.

Allá usted si vota por quien no vive en Colombia, reniega de su nación, tiene doble nacionalidad y habla de patriotismo, se burla de su gastronomía, de sus fiestas populares y hace alarde de una masculinidad tan retrógrada como sus colecciones de armas o el impostado saludo castrense. Allá usted si le importa un bledo la moral o la ética, si cambia sus principios según los intereses, si es inhumano, arrogante, patán, elitista, morboso, incoherente, mitómano, engreído, clasista y miserable, y todo eso le parece una berraquera. Allá usted, dama o caballero, que aplaude la insolencia y la confunde con el valor y la determinación.  

Allá usted si no cree en la prudencia sino en la desfachatez, si no cree en la honradez sino en la ambición, si no cree en el decoro sino en la estridencia, si no cree en la circunspección sino en la vulgaridad, si no cree en el talante sino en la presunción, si no cree en la seriedad sino en la payasada, si no cree en la paz sino en el viejo remedio de la guerra que no ha curado a nadie, allá usted si le molesta la verdad y cree a pie juntillas en las mentiras, si no cree en alguien consecuente y más bien en un bufón contradictorio, allá usted si admira a quien hace plata a costa de lo que sea. Allá usted, pero respete a quien piensa diferente. Pero escuche bien, lea bien: ¡a quien piensa!, no a quien repite lo que le dictan, lo que le inyectan a través de medios y redes, sin coherencia ni carácter. ¡allá usted!

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Por Nota Ciudadana

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