La histórica noche en que Diomedes Díaz y el Cocha Molina paralizaron al pueblo minero de El Bagre, Bajo Cauca, con un concierto que quedó en la memoria

 - El día que un par de adolescentes convencieron a Diomedes Díaz para que cantara en un pueblo minero
Texto escrito por: Carmelo Antonio Rodríguez Payares

Eran los tiempos en que todos éramos jóvenes y nos sentíamos con las fuerzas suficientes para comernos al mundo entero sin darle un brinco. Recuerdo que nadie hablaba de temas como el cambio climático. Todavía no habíamos pasado la prueba de una pandemia para encerrarnos, no sabíamos qué diablos era la tal disrupción tecnológica exponencial y menos nadie hablaba de la volatilidad del precio del dólar, del oro y del petróleo.

Las preocupaciones en aquellos años eran sacar buenas calificaciones para tener a los padres contentos, vacilar con las muchachas sin llegar a los extremos de un noviazgo, y otras cosas que en ese tiempo sí valían la pena sentir: era el mes de octubre del año 1985 y todavía faltaba un mes para que los guerrilleros del M-19 se tomaran el Palacio de Justicia.

Pero en la mente de dos “pelaos” las cosas no eran las mismas. Andaban en una parranda en la casa de José Carlos Lozano para escuchar de manera atenta las canciones grabadas en el álbum Vallenato, de Diomedes Díaz y Gonzalo Arturo Molina, cuando de repente a Giovanny Romero le salió la idea de que él tenía el suficiente dinero para contratar al Cacique de la Junta y así se lo hizo saber a su amigo de siempre: William Ortega. Estaban con ellos otros parranderos, ya retirados del oficio, como Marco Tulio Matías Taboada, hoy al frente de su emisora Bagre Digital Estéreo.

Al ver que su primera propuesta le entró por un oído y le salió por el otro, a Giovanny no le quedó de otra que insistir. “Tengo con qué contratar a Diomedes”, y William pensó para sí: “Estamos apurados para cancelar la media de aguardiente, y ahora este man quiere que contratemos al mejor de los cantantes vallenatos”. Y como si le hubieran leído la mente, escuchó que le dijeron: “Compadre, mañana vaya al York, pide que le presten el teléfono y se contacta con Joaquín Guillén para afinar el contrato y no se hable más”.

Al siguiente día, William fue a la tienda El York, pidió permiso para hacer la llamada y la respuesta no se hizo esperar. Era el propio Joaquín Guillén que escuchó la propuesta: “¿Cuánto cobra Diomedes para un baile en El Bagre? $900 mil por noche”, le dijeron. Entonces dijo que tenía $300 mil para el adelanto del contrato y que en los siguientes días se verían en Valledupar a fin de ponerle de cerrar el contrato.

Viajaron todos y, como le pasa a los “montañeros” instalados en la ciudad de los Santos Reyes fueron a desayunar, salieron para la residencia de Guillén y no habían andado tres cuadras cuando cayeron en la cuenta de que habían dejado la bolsa con el dinero: $300 mil pesos. “Eso ya se perdió”, dijo uno al recordar que además de restaurante, el local servía como salón de billar y allí jugaban unos barranquilleros que no tenían cara de honrados.

La suerte estuvo de su parte y encontraron la mochila con la plata, y en el segundo round con el manager de Diomedes no la vieron fácil. Él les dijo que el Cacique no contrataba con pelaos y les ofreció al cantante Silvio Brito, que con el paso de los años se volvió popular en las tierras de El Bagre.

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Sin embargo, el manager no contaba con los buenos sentimientos del cantante que lo reprendió al decirle que qué de malo tenía contratar con unos “pelaos” cuando él mismo había comenzado la carrera musical en la trasiega de los 16 años y ese argumento les sirvió a ambos para recibir el anticipo y fijar la fecha de los bailes. Serían el sábado 5 y el domingo 6 de octubre de 1985 en el Club Amistad.

Por aquellos días de octubre de 1985, Diomedes Díaz andaba en lo suyo porque hasta por las licuadoras sonaba duro el álbum Vallenato, el primero que grabó junto a Gonzalo Arturo “el Cocha” Molina Mejía, una unión que por esos meses tenía revolucionadas las casetas, las cantinas y las radiolas de media Colombia.

Canciones como “El gallo y el pollo”, “Dos claveles” y “Alma herida” ya caminaban solas por los pueblos ribereños del Magdalena y el Bajo Cauca. Y fue entonces cuando el nombre de El Bagre apareció en la ruta del Cacique. El oro corría por el río Nechí y también por los bolsillos de algunos patrones que, cuando querían fiesta, traían artistas como quien manda a buscar aguardiente. Octubre era caliente, espeso, húmedo. El barro se pegaba a las botas y la música se pegaba al alma.

Dicen los que asistieron al espectáculo que aquella tarde el rumor comenzó desde temprano: —“Esta noche viene Diomedes…” Y con eso bastó. La plaza se llenó de una multitud que se aprestaba para asistir a la fiesta, cuya boleta de entrada tenía un valor de $800 pesos, cuando el salario mínimo mensual, según el DANE, estaba fijado en $14.908 y el jornal era de $451 pesos.

El Bagre todavía tenía ese aire de frontera salvaje donde todo podía pasar: una pelea, un amor o una parranda hasta el amanecer. El conjunto llegó en medio de su propia parafernalia y el que primero apareció fue el “Cocha” Molina con su acordeón. Era muy joven todavía, flaco y rápido con los dedos. Después bajó Diomedes, sonriente, con ese andar cansino de quien parecía no caminar sino flotar entre la gente. Ya entonces cargaba el aura de los elegidos: una mezcla rara de campesino guajiro y estrella imposible.

En aquellos días no había tarimas monumentales ni pantallas gigantes, como ocurre ahora con las grandes figuras, que muchas veces “doblan” las canciones para descrestar al público. Allá todo era real y apenas se veía el encender de unas luces amarillas, cables cruzados y un sonido que a veces chillaba más de la cuenta. Pero cuando Diomedes agarró el micrófono, El Bagre entero quedó en silencio.

“Buenas noches, mi gente…” Y aquello se vino abajo.

Y fue cuando el Cacique de la Junta entonó la canción “Camina”, un tema compuesto a propósito de una campaña institucional del entonces presidente Belisario Betancur Cuartas para atender el flagelo del analfabetismo. Después vinieron “Mi único consuelo” y “Dos claveles”.

Las parejas se aprestaba bailando despacio mientras los mineros levantaban botellas de ron como si fueran trofeos recién sacados del río. Cada canción parecía escrita para alguien del pueblo: para el enamorado abandonado, para la mujer que esperaba al marido barequero o para el hombre que había cambiado media vida por una pepita de oro. Diomedes cantaba como si estuviera conversando con cada uno.

En algún momento de la madrugada —porque las parrandas de entonces no tenían reloj— el Cacique improvisó versos sobre el pueblo minero, sobre el calor del Bajo Cauca y sobre las mujeres bagreñas. La gente respondió con gritos, sombreros al aire y vasos que chocaban entre sí. Nadie quería que aquello terminara. Porque en los años ochenta, cuando todavía no existían redes sociales ni celulares grabándolo todo, las fiestas quedaban sembradas únicamente en la memoria. Y quizás por eso crecieron tanto. Cada quien recuerda una versión distinta de aquella noche: unos dicen que cantó hasta el amanecer; otros, que se fue rumbo a Zaragoza antes de salir el sol; algunos juran que terminó tomando whisky en una casa de madera junto al río.

Lo cierto es que octubre de 1985 quedó tatuado en la memoria de El Bagre como el mes en que Diomedes Díaz cayó sobre el pueblo igual que un vendaval de acordeones. Y desde entonces, cada vez que en una cantina vieja suena “El gallo y el pollo”, todavía hay quienes levantan la cabeza y dicen: —“Esa fue la canción que cantó Diomedes aquella noche en El Bagre…”

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Por Nota Ciudadana

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