Guillermo Sáchez, un fenomenal abogado, exmagistrado del Consejo de Estado y académico, nos recordaba que este año vamos a vivir los 250 años desde que Adam Smith escribió La riqueza de las naciones. Seguramente, con él y tanto de lo que le debemos a Smith por haber entendido la prosperidad, el progreso económico y la distribución, deberemos resaltar de muchas maneras el trabajo de uno de los economistas más influyentes de la historia.
Y no sin razón. Un cuarto de milenio después de la primera impresión del texto, sus tesis siguen vigentes, más vigentes que nunca. Si bien ya nadie pretende, como en su momento él contradijo, que la riqueza de los países esté en la cantidad de bienes que se acumulan, para nuestro desconcierto no paran de aparecer y surgir hipótesis que van en contra de sus enseñanzas más obvias y básicas sobre cómo debería cultivarse la prosperidad de las comunidades.
Trabajo productivo: El profesor fue didáctico para que supiéramos que es el trabajo productivo el que enriquece a las comunidades. Ese trabajo debe materializarse en un bien, un bien que, por sus condiciones y usos, sea apetecido por quienes estarían dispuestos a comprarlo. Pero, además, un bien que permita la acumulación de capital, entendido este como aquello que sirve para futuras producciones y para la agregación de valor.
Frente a ello, hoy debemos rechazar la idea de que la riqueza provenga del Estado. Necesitamos explicar de nuevo que los empresarios son fuente de bienestar, no enemigos del pueblo. Tenemos que convencernos otra vez de que en las cadenas productivas no hay rivalidades entre clases, sino complementariedad de funciones.
División y especialización del trabajo: La especialización y la división de tareas necesarias para la realización de una labor hacen que aumente geométricamente la productividad y la eficiencia de los procesos, no solo en la fabricación de alfileres, sino en todos los bienes y servicios. Se reducen los costos y se agrega capital productivo.
Ahora se ha pretendido, de nuevo, que existen condiciones sociales que van ancladas a esa división. Se argumenta que es una manera de los capitalistas, enemigos, de subyugar a otros trabajadores. Se replica la idea de que miles de minifundistas son mejores que varias unidades productivas de gran escala. Frente a ello, es imperativo retomar que no hay nada en la teoría de Smith que implique que esa división conlleve una tabla de pagos diferencial. Es preciso no dejarnos enceguecer creyendo que el índice de desigualdad Gini es el resultado de hacer la vida más eficiente. Es momento, también, de reivindicar formas de organización como las cooperativas, que fusionan la propiedad colectiva con las virtudes de la escala y el alcance. Muy por el contrario, si relevamos a cada unidad de producción de la obligación de multiplicar el kit completo de herramientas e instrumentos, es evidente que todos estaremos mejor.
La “mano invisible”: Cimentado sobre un correcto entendimiento de la marginalidad y de la naturaleza humana, nos explicó que la suma de individuos que buscan su interés personal genera las señales sobre qué, cómo, cuánto producir y cómo distribuir los excedentes. Que en ello no hay un regulador más indicado que los otros, a través de la libre competencia en el mercado. Fue claro en que lo que luego se conocería como el óptimo de Pareto, la mejor asignación posible de los recursos, surge de esa interacción entre oferta y demanda.
Pero no. Doscientos cincuenta años después, debemos volver a escribir en los tableros que la intervención estatal innecesaria, o la estatización de las organizaciones productivas, no lo lograrán, como no lo han logrado en todo este tiempo. Nuevamente debemos lograr que nuestros jóvenes se animen e inspiren en los ideales de la libertad económica y en todo lo bueno que esa prerrogativa trae. Y otra vez tenemos que acallar los cantos de sirena que nos llevarían a ahogarnos en la expansión de una actividad estatal muy por fuera de la defensa, la justicia y la infraestructura.
En fin, Bertolt Brecht bien nos lo advirtió, las luchas que valen la pena son las de toda una vida. Así que, ¡Ánimo todos!
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