Viaje por Schuaima

"Toda despedida duele y no es fácil dejar este libro, en donde la belleza y la libertad son para el visionario su estación preferida"

Por: Matilde Espinosa Fernández
febrero 15, 2021
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Viaje por Schuaima

Si referirse a una obra distinta a la poética infunde cierto temor o riesgo de no acertar, de no saber llegar a las valoraciones humanas y estéticas que tuvo en cuenta el autor al escribirla, la obra poética hace estremecer al prologuista o crítico. El mundo poético o universo es muchas veces inabordable; tiene tanto de extraño, de revelador, de insospechado, por no repetir la palabra “mágico”, que precisa identificarse, trasplantarse al hecho fugaz de la iluminación. Por eso las traducciones de poemas son tan esquivas; no siempre se logra darle el aire o ambientes originales; se escapa ese estupor, ese prodigio de traducir el instante.

El poeta Winston Morales Chavarro me concede la gracia de habitar —por un tiempo— las regiones misteriosas de su creación poética. En De regreso a Schuaima se cumple el retorno en cada nueva visión que el autor puebla de creaturas extrañamente maravillosas, en donde la imaginación enriquece y recrea logrando imágenes tan leves, tan furtivas como el soplo del viento, tan rumorosas como la canción de los árboles o el cansancio de los ríos o el vuelo de los pájaros.

Este libro singular parece cobrar o recobrar ciertos valores, no solo por su oleaje, sino por la trascendencia del estro profundo que va marcando un itinerario desconocido en las obras poéticas del momento que también son más pobreza sobre el mundo.

La incursión por De regreso a Schuaima, significa ir conquistando territorios en compañía del personaje más encantador y encantado: La Dulce Aniquirona, la amada de todos los soñadores de la tierra; la idealizada que nos pone en comunicación con los seres que moran más allá del discurrir cotidiano.  Este ensimismamiento, el llegar de “Pobladoras” con su despliegue de hermosura cautivando casi hasta el delirio. El espacio que invade al que le sigue con su aroma singular de bosques y jardines, de mares secretos o rocas agresivas, o el desafío subversivo de presencias que se ignoran a pesar de sus deslumbramientos, sostienen el embrujo, la gran orquestación de todos los elementos.

En Schuaima los ríos tienen nombre de varón —Calixto—, y los perros son filósofos, consejeros y sabios. El fluir constante de las fuerzas secretas que elaboran el milagro de todas las supervivencias, aún las más remotas, las que ignoran las gentes, los habitantes de Schuaima las disfrutan y entregan a la armonía universal que se sustenta con las aspiraciones y concepciones imaginativas y enigmáticas del poeta.

Cuando se escribe el poema solo se piensa en él; por eso sorprende la asistencia multitudinaria de imágenes que maneja Winston Morales Chavarro en la justa perspectiva que va descorriendo el futuro o el inmediato pasado; el momento puede ser hoy o el hoy de los siglos ya idos.

Los olores, los viajes, los caminos, la muerte, la vida plena, la clarividencia en el espejo o el viento que pasa en la voz de los niños, en las divagaciones del más empedernido soñador, hacen el gran poema.

Las experiencias oníricas confunden los límites de tiempo y espacio, entonces crece el interés y la curiosidad por saber quiénes son “Oáma” y “Yhoma”, nombres legítimamente soñados por el poeta para que discurran por los senderos de luz o de sombra.

En De Regreso a Schuaima se unen los inimaginables contrastes de resurrección y muerte; las más audaces formas de pintar lo inverosímil: el ocaso o el amanecer pueden centrarse en un rayo de sol perdido, o en la agonía de un fulgor lunar, vertidos en la gama infinita de colores hasta fundirse en una ola sin horizontes. Se piensa en el éxtasis poético con la nostalgia de las reminiscencias vividas por otros cuyos nombres y sombras siguen vagando por el mundo.

Toda despedida duele y no es fácil dejar De Regreso a Schuaima en donde la belleza y la libertad son para el visionario su estación preferida.

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