¡Vacunarse o no vacunarse, esa es la cuestión!

Víctor vive en Suecia y hace poco recibió una sorpresiva llamada: era una proposición para que se pusiera la vacuna contra el COVID-19. La invitación lo dejó pensativo

Por: victor rojas
febrero 26, 2021
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¡Vacunarse o no vacunarse, esa es la cuestión!

Esta tarde recibí una llamada que me tomó por sorpresa. Era la enfermera del puesto de salud. Con voz pausada y amena me propuso que reservara tiempo para vacunarme contra el COVID-19. Mañana antes del mediodía, dijo. La inyección es gratuita y no duele, agregó. La propuesta me dejó mudo por un instante. La idea de vacunarme, en menos de 24 horas, contra el infame virus, no la había considerado ni por un segundo. Es más, algunos días atrás había sentido miedo por dicha vacuna pues mis vecinos habían murmurado que la gente que se la aplica queda condenada a llevar tapabocas para el resto de la vida. Eso porque uno de los efectos negativos de la vacunación es que a las personas que se les pone la inyección quedan con la boca parecida a la de un pez muerto. Pero me sobrepuse a las palabras de la auxiliar médica y le contesté con la propuesta que me dejara pensarlo un par de días. Fui sincero y le confesé la realidad, que todo eso, como ya lo dije, me tomaba por sorpresa. Como quieras, Víctor. Entonces te llamo de nuevo en dos días, sentenció.

Anocheció y no pudo borrar de mi mente la llamada de la enfermera. Lo cierto es que de un momento a otro me encontraba frente a uno de los dilemas más espeluznantes de mi vida como extranjero en Suecia. Vacuna o no vacuna, esa es la cuestión, me dije atormentado durante muchas horas. Eso porque una de las cosas que he aprendido durante mi larga estancia en este país es que uno no debe tomar determinaciones a la ligera. Nada de impulsos latinos. En consecuencia, me puse a explorar los pros y los contras de la vacunación.

Cuando sopesé los pros me vi caminando enredado entre la nieve hacia el cercano puesto de salud. Después de reportarme en la recepción, entré lleno de susto al consultorio de la rubia enfermera quien me recibió con una amplia sonrisa detrás de su visera transparente. Enseguida me señaló el perchero donde colgué mi pesada chaqueta hecha con cuero de venado y forrada con piel de conejo salvaje. Acto seguido me senté en la silla de vacunación. Me quité la camisa, aunque la auxiliar me dijo que solo necesitaba arremangarme uno de los brazos. La verdad es que no quería que notara mi cobardía frente a las inyecciones.

Calculé que era mejor mostrar que soy un hombre de pelo en pecho. Confieso que le tengo un pavor atroz a las jeringas. Con decirles que tan solo ver las jeringas que Matador dibuja por estos días me da tembladera. En fin, la enfermera me aseó con su mano enguantada el brazo derecho. Entonces me puse tan pálido que ella dio un paso atrás y me ofreció un vaso con agua. Lo bebí despacio, para matar el tiempo, para buscar valentía. Respiré profundo y estuve a punto de vociferar que me arrepentía de que me vacunara. Pero en esas sentí el frío líquido del algodón que desinfectaba la parte del brazo por donde supuestamente entraría la aguja. Sudé. Miré al techo, cerré los ojos. Después de una eternidad los volví a abrir. Entonces mis ojos se encontraron con los azules ojos de la enfermera. Su mirada negaba lo que sus manos hacían. Ya está listo, dijo mientras con una mano ponía la jeringa desocupada en un mesón metálico y con la otra parchaba mi brazo con dos curas cruzadas. Esperó en silencio a que me vistiera y luego con una genuflexión se despidió de mí. Ya de nuevo en la calle, pensé que si me salían labios de pez muerto iría a Polonia a hacerme una cirugía plástica. Allá son baratas y se pueden financiar con préstamo bancario.

De igual manera consideré que si permitía que la enfermera me vacunara, yo podría salir del vil anonimato en que vivo. Llamaría a la embajada de Colombia en Estocolmo y le propondría que le avisaran al presidente Duque que el primer colombiano en el extranjero iba a ser vacunado contra el COVID-19. De seguro el primer mandatario, sin pensarlo dos veces, tomaría el avión presidencial y se desplazaría hasta la lejana Suecia en compañía del fiscal general, el segundo mandatario más importante del país, y de la ministra de Relaciones Exteriores. De paso traería una papayera del barrio Restrepo y una comisión de aplausos conformada por funcionarios de menor rango. Durante el vuelo le ordenaría a su ministro de salud, quien por supuesto también haría parte de la delegación, que le escribiera un fogoso discurso donde se exaltara la labor del gobierno en la lucha contra la corrupción y la pandemia, pero también se ensalzara el coraje de los compatriotas en el exterior. Eso no es imposible, dije enaltecido.

Si con la llegada de unas pocas vacunas a Colombia armaron un zafarrancho de mil demonios, cómo no lo iban a hacer en Suecia donde podrían tomar fotos con fondo de nieve firme y caras de ellos con caras de despistados habitantes nórdicos. Y por supuesto que también con mi cara de afligido con el brazo izquierdo al desnudo y el brazo derecho pegado al corazón. De paso el fiscal aprovecharía para decirle al primer ministro sueco, en fluyente spanglish, que en Colombia se tiene la sospecha de que hay un par de infiltrados de extrema izquierda en la hueste de sirvientes del rey. Bueno, eso poco me importa, lo que si me importa es ver mi figura en los periódicos de todo el mundo, así sea al lado del presidente colombiano. Por todo eso, ya he tomado una decisión frente a la vacuna contra el COVID-19. Ahora solo espero que la enfermera me vuelva a llamar.

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