Una temporada en el infierno

"La protesta social de hoy es como el relámpago que anuncia el trueno, no son simultáneos, pero el uno sucede necesariamente al otro"

Por: DICTER ZÚÑIGA PARDO y JUAN PABLO BASTIDAS (FOTOGRAFO)
junio 22, 2021
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Una temporada en el infierno
Foto: Juan Pablo Bastidas

Una temporada en el infierno, así se titula el célebre y extenso poema del escritor francés Arthur Rimbaud, publicado en 1873, dejado en el sótano de la editorial hasta que fuera encontrado a comienzos del siglo XX por un crítico literario de la misma nacionalidad; libro que, debo reconocer, poco o nada tiene que ver con este breve escrito, aunque tal vez lo pudiera ser por el enrarecido ambiente en el que se desenvuelven los acontecimientos de los que haré mención, que combinan en no poca medida el aroma a psicotrópicos y gases pimienta, que nublan (o esclarecen) la mente y la razón, tal las circunstancias en que parece Rimbaud concibió su obra, no por los gases, claro está; así pues, tomo prestado el título de tan magnífica obra, no por el contenido que ella posea, sino por lo pertinente que pueda resultar ese rótulo para hacer mención de los acontecimientos que embargan a la ciudad de Santiago de Cali desde el día 28 de abril, cuando se alzó como símbolo de la resistencia en contra de un régimen despótico, cínico y corrupto.

El hecho que presagiaba lo que se vendría con esta temporada lo configuró el asalto que la fuerza pública hizo de la Universidad del Valle a tempranas horas del día 23 de abril, cuando arremetió en contra de estudiantes que se congregaban en su interior para protestar legítimamente por las deficiencias y deterioro en la prestación del servicio educativo en tiempo de pandemia, y, como no, para reflexionar respecto de las políticas gubernamentales que afectaban el interés de la mayoría de la población favoreciendo los intereses de unos pocos, es decir, de los dueños del capital financiero; en dicha ocasión se agredió a estudiantes y miembros de organizaciones de derechos humanos, lesionando entre ellos a la subsecretaría de DD. HH. de la alcaldía de Cali, Natali González Arce, causándole secuelas que aún hoy día no se han podido determinar cuáles serán.

Y es que la indignación que se había apoderado del pueblo colombiano para el año 2019, y que tuvo su máxima expresión en la multitudinaria manifestación del 21 de noviembre, no pudo ser apagada con el distanciamiento forzado a la que nos vimos precisados con ocasión de la pandemia del COVID-19; todo lo contrario, dicha indignación fue creciendo y fluyendo por entre los vasos comunicantes de las redes sociales y los medios independientes de información y comunicación, que daban cuenta del cinismo y descaro de un gobierno que afrentaba al público con medidas, decretos y proyectos de ley que, en lugar de buscar mitigar la crisis económica en la que se sumergían los sectores más vulnerables de la sociedad, terminaban acrecentando las desigualdades sociales, la miseria y el hambre de múltiples familias; así pues, al incumplimiento de los acuerdos de la Habana (que logró una relativa paz, en las previas y momentos posteriores a su firma), las masacres por goteo de líderes sociales, el desplazamiento forzado de comunidades indígenas, afros y campesinas, la persistencia en la aspersión aérea con glifosato para controlar el cultivo de coca en los territorios, al empleo del fracking para la extracción de hidrocarburos, el ataque permanente a la JEP, etc., a estos hechos, todos previos a la pandemia, se sumaría una declaratoria de estado de excepción para la toma de medidas que solo beneficiarían a la banca privada y a los dueños del gran capital, así como proyectos de ley altamente lesivos para el gran grueso de la sociedad: reforma tributaria, reforma a la salud, reforma pensional, reforma a la justicia, etc.

El infernal escenario estaría siendo configurado por el propio establecimiento, no solo por la deprimente situación en que fue sumergiendo al grueso de la población, sino por la reacción violenta y desmedida que tuviera ante las legítimas protestas que se dieran dentro del marco del gran paro nacional convocado a partir del 28 de abril, y que tuvo como epicentro de la barbarie la ciudad de Santiago Cali, en compañía de algunas poblaciones del Valle del Cauca como Buga y Yumbo, con algunos impactantes hechos en Tuluá y Jamundí.

Cada acontecimiento debería ser objeto de su propia crónica, más si se le ha vivido tan de cerca, percibiendo el escalonamiento de las acciones, desde lo más sencillo y normal a lo más escalofriante e indignante, soportando la agresiva e intransigente posición de los uniformados que, sin mediar tregua, pasan a esparcir indiscriminadamente su gas pimienta, escuchando aturdidoras y percibiendo el tiro que no acierta en el blanco de tu cuerpo, viendo como una vida se malogra con un tiro en la cabeza o en su pecho, como otra sufre lesiones que pueden resultar discapacitantes, y en medio de la angustiante situación ver como jóvenes se ponen a disposición con sus motos como si fueran éstas ambulancias; en fin, la experiencia vivida, contrastada con la percepción de otros, arrojaría los elementos necesarios para registrar en forma de texto toda esa cantidad de anónimas historias.

Presenciar el comienzo y desenlace de la “operación Zapateiro”, en el popular sector de Siloé (así lo rotularía el historiador del lugar David Gómez Flórez), del 2 de mayo, en donde un descomunal despliegue de policías (Esmad, Goes, motorizados), acompañados de helicóptero y drones, usando armas de largo alcance y poniendo a funcionar la famosa y cuestionada arma antidisturbios Venom, arremetieron brutalmente en contra de todo ser viviente que se les atravesara en el camino, dejando un saldo de tres muertos (conocidos) y decenas de lesionados (la mayoría por arma de fuego); los eventos del Puente de los Mil días (hoy día de las mil luchas), en donde se conoció de los primeros casos de atentados contra manifestantes realizados desde vehículos particulares, aunque el más destacado en tal sentido fuera el del sector de la Luna, en donde asesinaran a dos jóvenes de primera línea y atacaron el puesto de la misión médica, mientras desde la administración municipal se decía que el vehículo desde el que se perpetraban los hechos estaba identificado y siendo objeto de persecución (sería para escoltarlo, porque nunca se vieron resultados de ello), a partir de ese momento esa sería la nota característica cada noche en diferentes centros de concentración, a donde llegarían civiles en carros y motos para disparar en contra de los manifestantes, dejando muertes y heridos a discreción; ni qué decir de los ataques del paramilitarismo urbano en el sector de Ciudad Jardín, en donde agredieran con arma de fuego a la minga indígena para posteriormente hacerlo, días después, contra manifestantes pacíficos que conmemoraban con actos culturales un mes de protestas y resistencia en las calles, siendo de recordar dentro de este marco la agresión brutal de la que fue objeto por parte de esos civiles el músico Álvaro Herrera, con la complacencia y coparticipación de personal uniformado de policía.

Así podríamos seguir con una larga lista de acontecimientos de la que harían parte el punto conocido como Calipso (Apocalipso), y en particular el almacén Éxito del lugar, que sirvió de cuartel para la Policía, siendo desde donde se accionaría en contra de civiles, sirviendo a su vez como lugar de retención y probable tortura de personas; el Paso del Comercio (Paso del Aguante) que sumo dos muertos y varios heridos más a la relación de víctimas, en la tenebrosa noche del 4 de junio; la cruenta y violenta noche del 9 de junio en Andrés Sanín con más de 30 lesionados y dos hechos fatídicos más que “aportar a la causa”; los hechos de Aures y Palo Blanco en Guadalajara Buga, en donde agredieron cada noche y de manera constante a la población civil, sin respetar viviendas, mujeres en embarazo, niños y personas de la tercera edad, igual como pasara en Yumbo en los sectores de La Estancia y Las Américas, en todos estos lugares con saldos trágicos al final de cada jornada; y para ponerle la fresa al pastel, tendríamos los atentados terroristas de los que dan cuenta el Palacio de Justicia de Tuluá y la Alcaldía de Jamundí, en donde manos siniestras, claramente al margen de la protesta social, aportaron a la situación de caos reinante.

Esa brutal reacción por parte del establecimiento (la policía sería la cara más visible de él en estas circunstancias) va llevando la situación a niveles de deshumanización insospechados que involucran a una y otra parte de los actores en confrontación; un escalonamiento de los niveles de violencia que va relegando y relevando a unas personas por otras, que va desplazando a los más románticos por los más reaccionarios y temerarios, quedando en la escena, en el terreno, en el territorio, las fuerzas más delirante y belicosas, aunque claro está, muchos escenarios van quedando completamente abandonados, en un repliegue de fuerzas que atiende a la necesidad de concebir nuevas formas de lucha, menos cruentas, pero tal vez más eficaces, en la búsqueda de las condiciones que permitan el desarrollo de una vida más digna para todos y todas.

En todo caso allí queda la estructura paramilitar urbana montada, actuando de la mano de las “fuerzas del orden”, con un Estado Policivo y represivo fortalecido, cazando y persiguiendo al “enemigo interno”, que no lo son los narcotraficantes y corruptos (esos son sus aliados), sino aquellos que piensan distinto, y que prefiguran esa sociedad futura que se mueve por lazos de solidaridad (algo que fue dominante en los puntos de resistencia), que respeta la diversidad y la diferencia, que ven en el egoísmo capitalista y la sociedad consumista la simiente de la mayoría de sus males; así pues, quedan igualmente los tejidos sociales dispuestos para llevar a cabo las transformaciones que requiere la sociedad, queda un pueblo que se reconoce así mismo como actor político, como actor de cambio, que tiene un contradictor en común frente al cual, para el logro de sus objetivos, debe trabajar unido, identificándose mutuamente, creando una comunicación efectiva que permita el reconocimiento de todos y cada de los excluidos, de los condenados de la tierra (como diría Frantz Fanon).

Ya cesará la horrible noche, el momento más oscuro es precisamente antes del amanecer, y la temporada en el infierno estaría llegando a su fin. En la medida en que podamos evitar degenerar en ese “estado de desorden” que impulsa el establecimiento como pretexto para un discurso de mano fuerte que congregue en torno suyo centros (de izquierda y de derecha), derecha, extrema derecha e incautos, podremos avanzar en la tarea de arrebatarle el poder, por la vía democrática, a esa clase dirigente que se quiere perpetuar. Por vías más civilizadas y menos cruentas, como lo puede ser la desobediencia civil, se tendría un mecanismo alterno para forzar los cambios que la sociedad requiere en caso tal que se nos niegue fraudulentamente esa vía democrática-electoral.

La resistencia generó todo un movimiento de solidaridad que involucra a toda la población de indignados, quienes, si bien padecieron las incomodidades obvias de las protestas (sin ellas no tendrían sentido), también lo es que reconocen en la razón de ser de esas protestas la verdadera causa de sus males, es decir, no es la protesta, ni el protestante, ni el marchante, ni el congregado en los puntos de resistencia, sino que el responsable lo es una dirigencia política corrupta y cínica que se niega a corregir el rumbo, y encausar al Estado dentro de los fines que la misma Constitución Política le fija, y que se dirige a generar condiciones dignas de vida para el común de la sociedad.

La protesta social de hoy es como el relámpago que anuncia el trueno, no son simultáneos, pero el uno sucede necesariamente al otro.

Foto: Juan Pablo Bastidas

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