La historia de Protela no comenzó con un plan de negocios sofisticado, sino con el rítmico sonido de los telares en una Bogotá que, en 1950, todavía olía a hollín de tren y a frío de páramo. Su fundador, el inmigrante alemán Alfredo Weil, llegó a Colombia portando una visión técnica que contrastaba con la incipiente manufactura local.

En aquel entonces, el país se encontraba en pleno proceso de sustitución de importaciones; la consigna era clara: lo que se consumiera en suelo colombiano debía ser fabricado por manos colombianas. Así, en un pequeño taller que desafiaba la falta de infraestructura de la época, nació una textilera dedicada al tejido de punto, una técnica que por entonces parecía sencilla pero que guardaba el secreto de la elasticidad y el confort.
Durante sus primeras dos décadas, Protela creció bajo el amparo de una economía cerrada. En los años sesenta y setenta, la empresa se convirtió en un pilar del barrio Ricaurte y de la creciente zona industrial bogotana. Eran tiempos de expansión, donde las familias bogotanas empezaban a cambiar la tradicional ruana por prendas de algodón y fibras sintéticas que imitaban las modas que llegaban, con meses de retraso, desde Europa y Estados Unidos.
Protela no solo fabricaba telas; estaba fabricando la identidad visual de una clase media que descubría el ocio, el deporte y el consumo masivo. Sin embargo, detrás de ese crecimiento pausado, la empresa acumulaba un conocimiento técnico que sería su tabla de salvación décadas más tarde.
El choque de la apertura y el nacimiento de la ciencia textil de Protela
La década de los noventa trajo consigo un cambio de modelo que sepultó a cientos de empresas textiles en todo el continente. Con la llegada de la "Apertura Económica" en Colombia, los aranceles cayeron y el mercado se inundó de telas asiáticas a precios con los que era imposible competir. Fue el momento de la verdad para la familia Weil y su equipo directivo. Mientras los grandes imperios del hilo en Antioquia y el centro del país buscaban subsidios o cerraban sus puertas, Protela tomó una decisión radical: dejar de ser una fábrica de "commodities" para convertirse en un centro de desarrollo tecnológico. El objetivo ya no era producir la tela más barata, sino la más inteligente.
A comienzos de los años 2000, la planta de Bogotá se transformó. Se abandonaron los hilos genéricos para dar paso a la investigación en acabados funcionales. La empresa comenzó a experimentar con conceptos que en ese momento sonaban a ciencia ficción para el mercado local: transporte de humedad, protección ultravioleta y microfibras de alta resistencia. Este cambio no fue inmediato, requirió una reingeniería de procesos que iba desde la selección química de los tintes hasta la calibración de telares circulares capaces de producir densidades exactas. Protela dejó de pensarse como una textilera para entenderse como una empresa de soluciones de ingeniería aplicadas a la moda y el desempeño humano.
La alianza con Supertex y su llegada a la Selección Colombia
En este camino de especialización, surgió una asociación industrial que cambiaría el mapa de las exportaciones colombianas. Protela, con su músculo técnico en Bogotá, encontró el aliado perfecto en Supertex, del grupo Fanalca, una potencia de la confección ubicada en Cali. Esta unión representó la integración perfecta de la cadena productiva: la tela de alto rendimiento nacía en los laboratorios de la Sabana y viajaba al Valle del Cauca para ser transformada en prendas de alta costura deportiva. Juntas, estas empresas demostraron que Colombia podía cumplir con los estándares de gigantes como Adidas o Nike, compitiendo no por mano de obra económica, sino por precisión técnica.

El año 2017 marcó un punto de no retorno. Protela ya no solo suministraba telas para el mercado institucional o de ropa interior; estaba lista para el escenario más exigente del planeta: el Mundial de Fútbol. Para la cita de Rusia 2018, la empresa trabajó en el desarrollo de la tela para la camiseta oficial de la Selección Colombia. Las exigencias eran mayúsculas: la prenda debía ser lo suficientemente ligera para no retener el sudor del jugador, pero lo suficientemente resistente para soportar los tirones en el área. Al superar las pruebas de la FIFA, Protela envió un mensaje silencioso pero contundente al mundo: la industria bogotana tenía nivel mundial.

Entre la gloria internacional y la tormenta financiera
Paradójicamente, el éxito técnico no siempre garantiza la calma financiera. En los años recientes, específicamente entre 2024 y 2025, Protela ha tenido que enfrentar su reto más amargo. A pesar de que sus telas visten a selecciones nacionales y clubes de élite, la empresa se vio obligada a iniciar un proceso de reorganización empresarial bajo la Ley 1116. Una combinación de inflación global, el encarecimiento de las materias primas importadas y tensiones internas entre sus accionistas crearon un bache de liquidez que puso a prueba la estructura de la compañía.
Sin embargo, a diferencia de otras crisis del pasado, esta vez Protela contaba con un activo intangible e invaluable: su reputación técnica. Mientras los abogados y acreedores discutían los términos de la reestructuración, las máquinas de estampación digital y los laboratorios de control de calidad no se detuvieron.

La empresa entendió que su supervivencia dependía de mantener la confianza de las marcas globales que ya no ven a Protela como un proveedor reemplazable, sino como un socio estratégico en la innovación de materiales. Estar en un proceso de reorganización no significó el fin, sino una transición necesaria para una empresa que ya ha sobrevivido a tres cambios de siglo y múltiples crisis económicas.
El legado de una fibra que resiste el tiempo, la resiliencia de Protela
Hoy, al observar una camiseta de fútbol en una vitrina o en el torso de un ídolo deportivo, es probable que estemos viendo el resultado de siete décadas de persistencia alemana y colombiana. Protela ha demostrado que la verdadera competitividad no radica en el tamaño de la fábrica, sino en la capacidad de adaptarse cuando el entorno se vuelve hostil. La empresa ha pasado de los telares ruidosos de 1950 a una era de sostenibilidad, reduciendo drásticamente su consumo de agua y energía mediante tecnologías de sublimación que son referentes en la región.

Protela ha logrado vestir a grandes selecciones como la chilena, la peruana y por supuesto, la colombiana y también lo hará para el Mundial 2026. Además, también visten algunos equipos de la liga colombiana, como Once Caldas, Independiente Medellín, Junior y Millonarios durante este 2026.
Incluso, han llegado a trabajar con algunos clubes de otras ligas como Boca Juniors, River Plate, Sporting Cristal de Perú y Universidad de Chile. Una empresa bogotana que resiste y persiste en seguir siendo referente del sector. Resistir, en el caso de Protela, ha sido una forma de arte. Su historia es el reflejo de la industria nacional: una mezcla de brillantez técnica y fragilidad económica, de éxitos invisibles y luchas diarias.
Aunque su nombre no aparezca en las vallas publicitarias de los estadios, su esencia está en cada una de las fibras que permiten a un atleta respirar mejor. Desde aquel primer taller de Alfredo Weil hasta los campos de juego internacionales, Protela sigue tejiendo una historia donde la tela no es solo un objeto, sino el soporte material de los sueños de un país que aprendió a industrializarse a pulso.
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