A María Gutiérrez no le vendieron la idea de que Colombia “sabe a gloria”; ella misma decidió comprobarlo por su cuenta. Mientras muchos miraban hacia Europa buscando referentes en la alta cocina, Gutiérrez se metió en plazas de mercado, habló con cocineras tradicionales y entendió que el verdadero valor estaba más cerca de lo que parecía.
Gutiérrez no quería abrir un restaurante ni replicar fórmulas de lujo. Su apuesta era más ambiciosa: convertir la experiencia de recorrer una plaza de mercado en Bogotá o Cartagena en un plan tan atractivo —y sofisticado— como cualquier agenda cultural en el exterior.

Así nació Foodies Colombia, una iniciativa que hoy es referente del turismo gastronómico de autor en el país. Pero detrás de ese reconocimiento hay una historia menos evidente: la de una mujer que pasó del marketing tradicional a construir experiencias alrededor de la identidad.
María no viene de la cocina, sino de entender al consumidor. Su mirada no estaba en la técnica culinaria, sino en lo que hay detrás de cada plato: historias, territorio y memoria. En un sector que durante años subestimó lo local, ella apostó por darle valor a lo que muchos consideraban cotidiano.
El salto al vacío de la cartagenera María Gutiérrez, la “Foodie” mayor
Antes de consolidar su proyecto, Gutiérrez tuvo que enfrentarse a un entorno escéptico. Los recorridos por plazas de mercado eran vistos como experiencias informales, casi folclóricas, lejos del estándar que exige el turismo internacional. Su reto fue cambiar esa percepción sin perder autenticidad.
Su lectura fue clara: el lujo no siempre está en lo exclusivo, sino en lo genuino, pero debe estar bien presentado. Bajo esa lógica, Foodies estructuró recorridos con narrativa, curaduría y atención al detalle, elevando la experiencia sin desnaturalizarla.
El momento más exigente llegó en 2020, cuando la pandemia frenó el turismo global. Con los viajeros fuera del mapa, el modelo parecía tambalear. Pero Gutiérrez optó por reinventarse. Foodies migró a experiencias digitales: catas de café, cacao y productos locales enviadas a distintos países, acompañadas de sesiones virtuales que mantenían viva la conexión cultural.
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Ese movimiento no solo permitió sostener el negocio, también amplió su alcance. La gastronomía colombiana viajó sin necesidad de que los turistas pisaran el país.
El Factor “Wao” en Paloquemao y más allá de la mano de Foodies
Uno de los diferenciales de Foodies está en su capacidad de narrar. No se trata solo de comer, sino de entender lo que se come. En lugares como Plaza de Paloquemao, la experiencia se construye a partir de detalles: una fruta exótica, una historia familiar, una receta que ha pasado de generación en generación.

Ese “factor wao” —el momento en que el visitante descubre algo inesperado— ha permitido a ciudades como Bogotá posicionarse en conversaciones gastronómicas donde ya figuran destinos como Lima o Ciudad de México.
Detrás de esa experiencia hay una red construida con paciencia. Gutiérrez ha tejido alianzas con productores, cocineras tradicionales y pequeños negocios, creando un ecosistema donde la cadena de valor se reparte de forma más equitativa.
El impacto no es solo turístico. También hay una transformación en la forma en que se percibe la gastronomía colombiana, que pasa de ser vista como algo cotidiano a convertirse en una experiencia cultural exportable.
El negocio de saborear la evolución
Foodies entendió rápidamente que el turista cambió. Ya no busca solo fotografías o recorridos rápidos. Quiere experiencias inmersivas: aprender, probar, participar. Desde preparar un ajiaco hasta entender el origen del cacao, el valor está en el proceso.

A través de su plataforma digital, la empresa ha logrado atraer a una clientela internacional interesada en ese tipo de turismo. No es masivo, pero sí especializado. Y ahí está su fortaleza.
La visibilidad en medios especializados y el voz a voz han hecho lo suyo. Poco a poco, Colombia ha ido apareciendo en el radar gastronómico global, no solo por sus restaurantes, sino por la riqueza de su cocina tradicional.
Gutiérrez ha demostrado que no es necesario estar detrás de los fogones para transformar el sector. A veces, el cambio viene de quien sabe contar mejor la historia.
El cierre: un legado con sazón
A María Gutiérrez nadie le allanó el camino. Su lugar lo construyó recorriendo plazas, escuchando historias y entendiendo que el valor de Colombia está en lo que muchos pasan por alto.
Con Foodies no solo creó una empresa. Construyó una narrativa distinta: una en la que la gastronomía deja de ser un complemento del turismo para convertirse en protagonista.
Hoy, con una operación consolidada y reconocimiento internacional, sigue buscando nuevas formas de sorprender. Su apuesta no ha cambiado: mostrar que el lujo puede estar en una fruta recién cortada, en una receta tradicional o en una conversación que conecta culturas.
En el fondo, su negocio no es la comida. Es la experiencia de entender un país a través de sus sabores.
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