Opinión

Un unicornio envejecido

Silvio, vestido como para cualquier día caminó con prisa y se sentó en la mitad del escenario

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octubre 10, 2021
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Un unicornio envejecido
Silvio Rodríguez el 2 de octubre en en el Palacio de los Deportes de Madrid, ahora convertido en el WiZonk Center. Foto: Instagram/Silvio Rodríguez

Había sido mi sueño más anhelado y el único gusto que no había cambiado en veinticinco años. Un golpe de suerte, que trajo un insomnio, me hizo topar con la gran noticia: Silvio Rodríguez, el cantautor cubano, quien había sido galardonado hacía poco con un premio literario, se presentaría el siguiente fin de semana. La función tendría lugar el sábado en la noche a pocas cuadras del hotel en el que me estaba hospedando. No perdería esta oportunidad. Compré una boleta que me ubicaría arriba en el costado derecho del escenario; luego del largo viaje ya solo podía pagar muy poco por mis caprichos. A las siete de la noche, siendo aún de tarde y mientras el sol brillaba, emprendí mi breve recorrido hacia el concierto. Los pocos jovenes que hacían una larga fila -entre viejos de mi edad y mas viejos- me recordaron al estudiante de derecho que oía el álbum del concierto de Silvio y Luis Eduardo Aute, en la grabadora del hermano mayor, mientras preparaba sus primeros parciales de Teoría del Estado e Ideas Políticas. Desdoblé el papel donde constaba la impresión de la boleta y me aferré a él. La vida me ocurría de nuevo.

El lugar, inmenso y organizado, empezó a llenarse de un público enmascarado que se fue sentando de forma ordenada hasta completar el aforo permitido. Yo, solo, en la fila 12, silla 13 de la planta segunda, contemplaba a las personas como parte del espectáculo. Pensé que por veinticinco años había estado unido a toda esta gente, sin conocerlos o estimarlos, por una música que aún persiste en mi tiempo de ahuyentar silencios. A las 8:07 el público empezó a impacientarse y con aplausos exigieron la presencia del artista. Honrando a sus fanáticos los músicos acompañantes salieron a ocupar sus espacios y Silvio, vestido como para cualquier día caminó con prisa y se sentó en la mitad del escenario. Dos décadas y media para ver a  mi ídolo disfrazada de un tipo de camisa azul, anteojos de borde muy fino y una gorra oscura con la palabra “APRENDIZ” inscrita en mayúscula. Me causó una impresión inmediata e ingenua: Silvio es uno más de nosotros.

 

El lugar, inmenso y organizado, empezó a llenarse de un público enmascarado que se fue sentando de forma ordenada hasta completar el aforo permitido

 

Saludó con frialdad e inició su recital con una canción nueva que desconocía en su particularidad pero reconocía como suya por el sonido de la guitarra. Al oír su voz cantar (la cual sigue perteneciendo al joven marinero que luchó en la guerra de Angola y no a la del viejo cansino que está harto de dar conciertos) sentí que el tiempo de mi vida se congelaba entre acordes rasgados. Y que las letras mantenían su misticismo privado: contar por episodios  bien curados la que fuera mi primera juventud. Canté llorando y lloré cantando. Por los recuerdos, los azares y las causas, y lo que quedó atrás y lejos. Me emocioné al punto de sentirme ridículo pero no me importó. A mi lado, una madre abrazaba a su hija adolescente como una paloma abriga del frío a sus pichones; unas filas más allá pude ver a dos amigos encanecidos que se movían al ritmo del vaivén de las canciones con la perplejidad contenida.

La memoria jugó conmigo: recordé esa tarde en el apartamento de la Alhambra en la que Jerónimo me presentó por primera vez a Silvio; la frenética noche del grave accidente en la que casi mato a Lucho; las lágrimas de Hernán por un querer en óleo que nunca supo ser y; a Mafe y las cartas de amor confeso antes de irse para siempre a Estados Unidos. Si la vida es un camino, la memoria es una ventana empañada.

Entre canciones algunos gritaban consignas y sentí ganas de unirme con un “Viva América Latina”, pero me contuve. La vergüenza tiene sus maneras. Silvio, luego de hacer un hermoso homenaje a su amigo Aute (quien falleció hace poco más de un año), contó una historia graciosa de cómo al estado del mundo en Cuba se le llama la cosa, y cómo “la cosa está mal” y “la cosa está dura”, tanto así que en una barbería de La Habana colgaba un letrero que decía “prohibido hablar de la cosa”. (Por supuesto, Silvio le compuso una canción). En ese instante descubrí por primera vez el sentido del humor del cantante, a quien siempre consideré serio y con manchas de amargura. Minutos más tarde, el concierto para mí entró en un extraño suspenso al oír decirle “abajo el bloqueo”. Frase que repitió varias veces y que contó con un aplauso emocionado de muchos.

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El concierto para mí entró en un extraño suspenso al oír decirle “abajo el bloqueo”. Frase que repitió varias veces y que contó con un aplauso emocionado de muchos. No, yo no aplaudí

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No, yo no aplaudí. Cierta claridad me abordó. Gracias al puñado de veces que visité la isla pude saber por testimonios -y simple observación- las dificultades a las que ha sido sometido el pueblo cubano por la terquedad de esa idea desvencijada que es el socialismo. Y Silvio no dijo nada, pensé y juzgué. Supongo que a los 74 años ya es muy difícil echar para atrás y declararse equivocado de por vida. De inmediato regresé al dos de octubre de 2021, al presente, y supe que -al menos yo- había cambiado. O madurado. O traicionado. No lo sé y no me importa. Ya no me hacen gracia las fábulas del régimen.

De todas formas, ni siquiera eso hizo que el concierto perdiera majestad. Luego de casi tres horas de cantar Silvio se despidió con un simple gracias y una venia con todos sus músicos. Regresó dos veces para cantar Ojalá y Pequeña serenata diurna. Esperé un par de minutos con cientos más que anhelábamos otra salida y una última canción. No sucedió. Por los altoparlantes, del antiguo Palacio de los Deportes de Madrid ahora convertido en el WiZonk Center, nos recomendaban mantener la distancia prudente. Seguí el consejo. Un par de cuadras más allá, en una taberna andaluza pedí una cerveza doble y entre sorbos tarareé la canción que le cantamos a nuestra hija cada vez que se desconsuela por su lucha perdida contra el sueño: “…y era que te había conocido, con tu nombre que volaba, con tu pequeño vestido”.

Al otro día regresé a casa, veinticinco años más joven.

 

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