“Un tiro de gracia para este sapo”, le dijeron

Por: Ederfrey Romero Torres
agosto 04, 2015
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“Un tiro de gracia para este sapo”, le dijeron

Transcurrían las 2:45 p.m. en las montañas cálidas de Antioquía. Desde Rionegro decidimos ir a la vereda Marinilla a unos 20 minutos, con la intención de transmitir un evento realizado por la Junta de Acción Comunal de esa vereda. Iba acompañando a *Leonel, director de noticias y relator deportivo de esta zona antioqueña, el controlador de equipos radiales y unos amigos de infancia, con la fiebre de coger un micrófono para hacer mis primeros pinitos en la radio. Decidimos ir a una chaza y tomarnos unos bolis (Refrescos) mientras que *Leonel, pidió una cerveza michelada, no recuerdo bien. Esperamos el carro de las 3 de la tarde para Marinilla, el cual llegó a eso de las 3:15 pm, íbamos cortos de tiempo, y *Leonel, ya como enojado, nos miró y dijo: “me quiero devolver”.

Pero el controlador de equipos y yo, que éramos como los confidentes de *Leonel, lo chantajeamos, por así llamarlo, con la excusa de que le hacíamos el aseo de la emisora toda la semana, si nos llevaba a Marinilla. Como no tenía aseadora, cedió frunciendo la ceja. Digo confidente, porque *Leonel, era jodidamente mujeriego, se enamoraba de una y otra y a todas les prometía amor eterno, un irresponsable, tenía 5 hijos, todos con una mujer diferente, de pronto me lo contaría a mí, a el controlador de equipos y quien sabe a cuántos más, pero llegué a conocer cosas que quizás jamás me atreva a revelar. Sus padres, don Luis y doña Esther, que por cosas del destino, resultaron juntos, ambos volados de sus casas, nunca estuvieron de acuerdo con que él hiciera parte de una emisora, decían que debía era estar recogiendo café, ordeñando las vacas o reparando los huecos del tejado, pero después de todo, no hizo caso. En resumidas cuentas, las andanzas de *Leonel, fuera de la emisora, eran muchas, un cuerpo marcado por las esquirlas de balas porque fue militar en 1991; tenía puñaladas, cortadas, creo que le faltaba un dedo en el pie derecho, todo un Tom Sawyer antioqueño...

Ya iban a ser las 3:40 pm, no sé qué tan lejos estábamos de Rionegro, yo iba preguntándole muchas cosas; de pronto el chofer, nos dijo que nos calláramos, que no dijéramos nada, que nosotros no conocíamos a nadie, que veníamos de lejos; mientras que acariciaba una imagen vieja del niño Jesús, pegada al vidrio frontal del Jeep en el que íbamos, rezaba el Padre Nuestro al derecho y al revés y con mucha razón, escuché que dijo el chofer: “¡Virgen del Carmen, los paracos!”. Uno de los hombres llevaba una capucha, que solamente le dejaba ver los ojos, yo intentaba hablar, pero *Leonel me tapaba la boca. Varios hombres, 15 o 20, salieron de lado y lado de la carretera con un papel que decía: “Pare, Retén”. Cada uno con un fusil AK-47 (uno sabe que son esos porque los muestran en las películas), una pistola, granadas, y un cuchillo. Después de semejante presentación, nos preguntaron que de dónde veníamos, que para dónde íbamos, qué hacíamos por esos lados.

Pidieron los documentos de cada uno, y yo ni tarjeta de identidad había sacado. Ahí supe a mis 11 años, que era importante tener y cargar los ‘papeles’. Nos insultaron, y le dieron varios golpes a *Leonel con la culata del fusil, luego miraron el carnet de la emisora, y fueron y se lo llevaron a otro señor; supongo, el jefe que se hacía llamar “Guillermo” o “Palermo”, no recuerdo. Inmediatamente revisaron el carro y cogieron los equipos que con tanto esfuerzo habíamos conseguido, y les metieron candela. Yo lloraba porque me decían que me iban a llevar para el monte a que me volviera hombre, que parecía marica llorando, y pues porque a mi mejor amigo lo habían arrodillado para ‘ajusticiarlo’ por ser de una emisora comunitaria. Ahí supe lo qué era una verdadera amistad. De pronto un paramilitar que lo arrodilló dijo: “¡Comandante: un tiro de gracia para este sapo!”.

No sé qué pasó. Si fue Dios, los rezos del chofer, la imagen del niño Jesús en el parabrisas del carro o las lágrimas mías o más bien los gritos todo cuanto les conmovió el corazón. Rebujando por todas esas escenas de sangre, fosas y decapitaciones a las que estaban acostumbrados en esa época de pleno recrudecimiento del conflicto. Pero con un: “¡Por aquí no vuelva perro!”, nos dejaron ir. Y sí, efectivamente por allá no volvimos.

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