Opinión

Un paisa más en Bogotá

Sin ocultar mi acento seguiré haciendo parte de esa diversidad que hace a Bogotá, Bogotá

Por:
marzo 19, 2016
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Autor: mario (CC BY 2.0)

Autor: mario (CC BY 2.0)

Como paisa que se respete, juré por mucho tiempo que nunca me iría de Medellín, y estaba seguro de que detrás de esas montañas no había nada interesante, o por lo menos nada que no encontrara en mi amada “Tacita de Plata”. ¡Tremendo error! Pero así nos criamos, desafortunadamente, en este país: alimentando miedos y resentimientos, criticando culturas, y perpetuando dañinos estereotipos de otras regiones y ciudades. Ah, pero eso sí: defendiendo a la nación en el exterior, peleando para que los gringos no nos sigan diciendo “Columbia”, y sintiéndonos orgullosos por los triunfos (ajenos, por cierto) de ciertos personajes que al volverse famosos, ahí sí, se vuelven colombianos de verdad (porque antes solo eran bogotanos, paisas, caleños, opitas, etc., etc.).

Hace ya mes y medio que me mudé a Bogotá. No voy a decir que no me traje residuos de un regionalismo que parece le echan a la arepa o a los fríjoles, pero llegué con otra visión del mundo, muy seguramente influenciada por tanto tiempo que pasé sumergido en una cultura tan diferente a la mía. Cuando uno abre la mente, se da cuenta de que las mejores y más atractivas ciudades del mundo son también las más diversas, las más amigables con quien es foráneo. Estas ciudades ofrecen de todo: productos de todo el mundo, lenguas que rompen la monotonía del idioma local y que nos recuerdan que no somos los únicos en este planeta, colores de piel y vestimentas que nunca habíamos visto, sonidos que no creíamos pudieran emitirse por boca o instrumento alguno y sabores que confunden a nuestras papilas gustativas. En fin, es la diversidad lo que las hace lo que son.

Debo reconocer que, aunque pude haber hecho más por mejorar esta situación en el pasado, en este mes y medio he asistido a más eventos culturales, que en los 26 años que viví en Medellín y los siete que viví en Europa. Por alguna razón encuentro que en Bogotá la cultura es más asequible, más presente… más. Esto puede ser una opinión bastante subjetiva, ya que no tengo datos ni hechos que la soporten. Sin embargo, estoy seguro de que muchos estarían de acuerdo con que solo por ser la capital, Bogotá se encuentra atravesada en medio del cruce de todo tipo de artistas. Durante todo este tiempo he estado respirando cultura, escuchando sonidos que nunca había escuchado, viendo danzas que solo había visto por fuera del país, bailando ritmos que nunca vi bailar. Por supuesto, llegué a Bogotá durante el que probablemente es uno de los eventos culturales más importantes del país, del continente, y del mundo, el Festival Iberoamericano de Teatro, lo cual de cierto modo podrá estar alterando mi percepción. El tiempo lo dirá.

Durante todo este tiempo he estado respirando cultura, escuchando sonidos que nunca había escuchado,
viendo danzas que solo había visto por fuera del país

Desafortunadamente, esta semana escuché un comentario que me hizo volver a poner los pies en la tierra, bajarme de esa nube cultural que me tenía tan aislado de la realidad de nuestro país. Hablando de nuestros planes para la Semana Santa, una de las personas presentes soltó una joya de la convivencia y la tolerancia. Eso sí, su mecanismo natural de censura (¿o cordura?) hizo que se excusara a priori, como intentando arromar el filo de lo que estaba a punto de decir. Juzguen ustedes: “Esta semana es mi semana preferida, porque todos los que no son bogotanos se van para sus ciudades. Por una semana, los verdaderos bogotanos podemos disfrutar de la ciudad”.

Debo decir que no me lo tomé personal, pero no pude dejar de pensar en lo destructivos que son este tipo de comentarios. Y volvemos a lo que dije anteriormente: lo que hace a Bogotá la ciudad que hoy es, es la misma diversidad que la construyó. Bogotá no sería lo que es sin costeños, sin caleños, sin llaneros, sin paisas, sin tolimenses, sin boyacos… Porque una ciudad cerrada y repelente no evoluciona, no madura, no enamora. Me pregunto ¿cuánta gente piensa así? ¿Están incluidos los de otros países también, o estos sí son civilizados?

Ya he escuchado a varias personas decir que los problemas de Bogotá se pueden atribuir al desapego que sienten los “inmigrantes” hacia una ciudad que no es la suya, que esta ciudad no es de nadie, y por eso nadie la cuida. Es muy fácil echarle la culpa a los que se ven, hablan, o visten diferente, de los males que nos aquejan, una estrategia muy usada alrededor del mundo, y de moda ahora con el extravagante y circense Mr. Trump. ¡Pues claro! Lo difícil, sobre todo para los colombianos, es autocriticarse, construir sociedad, asumir la parte que toca, ponerse en los zapatos del otro, y dibujar en la mente la posibilidad de que algún día, en algún lugar, seremos nosotros quienes nos convertiremos en extranjeros.

Seguiré disfrutando de la que se ha convertido en MI ciudad. Ahora que lo pienso, tal vez siempre lo ha sido, al igual que Popayán, Bucaramanga, Riohacha, Leticia, Puerto Inírida, Quibdó y Medellín. Sin ocultar mi acento (mi imitación del bogotano es terrible), seguiré haciendo parte de esa diversidad que hace a Bogotá, Bogotá. (Eso sí, después de pasar la Semana Santa en Medellín).

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