Opinión

La “tacita de plata”

El tal amor que sienten los paisas por su ciudad es un mito, es aire caliente, un decir de dientes pa’ afuera, una excusa para pelear con los bogotanos

Por:
diciembre 12, 2015
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En Colombia nunca ha habido cultura ciudadana. Este es un país que se burla de la frialdad de otras culturas y de los problemas que tienen para socializar. El “país más feliz del mundo” cree que la alegría de sus habitantes, y su capacidad de armar fiestas, hacer amistades y entablar conversaciones de la nada eclipsan el desorden, el irrespeto a la ley, la injusticia y la corrupción… y hasta alardea de ello. Colombia es el país menos solidario que conozco. Aquí nadie es capaz de ponerse en los zapatos del otro, algo que llaman empatía. Aquí cada quien va por su lado y soluciona sus problemas sin pensar en los de los demás. Si tengo que parar en la mitad de la calle a dejar a alguien, ¡pues lo hago! ¡Qué se jodan los demás que vienen detrás! Si me pasé de calle, ¡pues retrocedo y ya! ¡Qué se jodan los demás que vienen detrás! Si tengo basura, ¡pues la tiro al río y ya está! ¡Qué se jodan los que están río abajo! Yo, yo, y yo.

En este país, si uno se preocupa por lo que hacen los demás se amarga la vida de la manera más espantosa. Todos los días hay una razón para malgeniarse, para preguntarse qué es lo que pasa que la gente simplemente se niega a respetar a los demás y a vivir ordenadamente en la ciudad. Y pues claro, lo peor es que quejarse es muy seguramente una condena a muerte; no sabe uno quién es el mafioso que justo decidió cometer la imbecilidad campeona de la incivilidad y procede a contagiarlo a uno de “plomonía”. Pero es que no me aguanto, tengo que decirlo. Y no entiendo por qué siento esa necesidad de hacerlo. ¿Por qué soy tan ingenuo y pienso que algo va a cambiar si lo hago?

Para acabar de ajustar, algo pasó en mi ciudad en los siete años que estuve por fuera. Uno de los nombres por los que se conoce, “tacita de plata”, da una idea de refinación, etiqueta y cortesía. Pero la realidad es muy diferente. El tal amor que sienten los paisas por su ciudad es un mito, es aire caliente, un decir de dientes pa’ afuera, una excusa para pelear con los bogotanos, una idealización primaveral. Nunca en mi vida había visto tanta gente irrespetar tan deliberadamente las leyes y las normas de convivencia en la ciudad, empezando por las de tránsito. Esto para mí, no es amar a su ciudad. Yo sí vi mucha gente pasarse por la galleta los semáforos en rojo en otras ciudades del país, pero nunca en Medellín. Yo sí vi mucha gente haciendo doble fila en otras ciudades, pero raramente en Medellín. Yo sí vi algunos carros yendo en contravía, o retrocediendo en una vía transitada en otras ciudades, pero nunca en Medellín. Yo sí vi a la gente parar donde le da la gana en pueblitos, pero nunca en Medellín. ¿Hoy? ¡Pan de cada día!

Nunca en mi vida había visto tanta gente
irrespetar las leyes y las normas de convivencia
empezando por las de tránsito

Hace poco, en uno de esos días en los que no me siento particularmente tolerante con los infractores, le reclamé a un personaje que decidió ocupar el carril de la dirección contraria y hacer una segunda fila en el semáforo (sobra decir que los carros que venían no cabían por el “amplio” espacio que amablemente les dejó). Uno de esos personajes que creen que tienen más derechos y que son más importantes que los que están haciendo la fila; que merecen un trato preferente. Por pura curiosidad, los invito a que voten por la respuesta que creen que obtuve. Es más común de lo que se imaginan. Prometo que en la próxima columna, aunque hable de otro tema, publicaré y discutiré brevemente los resultados:

  1. Es que no sabía que no se podía hacer
  2. Es que no vi la flecha
  3. Es que todos lo están haciendo
  4. Es que tengo afán porque tengo diarrea
  5. Es que soy de Inglaterra y me confundí de lado
  6. ¿Usted no sabe quién soy yo?

Dé click aquí para votar.

Para terminar, y para que no crean que solo soy regañón, rígido y entrometido, les cuento que me cansé de la amargura que me causan las malas acciones de los demás. Decidí balancear un poco la ecuación y hacer algo que pocos hacen: agradecerles a los que hacen cosas buenas por la ciudad. Decidí agradecerles a los barrenderos, a los recicladores, a los jardineros, y a cualquier ciudadano que veo que hace algo bueno, aunque esa sea su obligación en primera instancia: al que le da el paso a un peatón, al que no cruza un semáforo si sabe que va a quedar en medio de la intersección (este es un espécimen particularmente resistente a los pitos e insultos de quienes están detrás), al que recoge una basura que no tiró, o en general,al que hace algo que considere que va en detrimento del detrimento; algo que le devuelva el brillo a mi “tacita de plata”.

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