Tres razones para creer que los jóvenes nos pueden salvar

El mundo está en riesgo de sufrir múltiples infartos y si no hay más que los ciudadanos de la sociedad líquida para enfrentarlos, ¿qué opciones realmente nos quedan?

Por: Pablo Ganso
mayo 20, 2021
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Tres razones para creer que los jóvenes nos pueden salvar
Foto: Pixabay

¿Salvarnos de qué?

Es difícil salir indemne de la lectura de los informes sobre los riesgos globales que el Foro Económico Mundial publica cada año. Según sus análisis multidimensionales del estado de nuestro Planeta y de la Humanidad, las décadas por venir verán desfilar un sinnúmero de catástrofes para las cuales no estamos preparados, desde ataques terroristas hasta la erosión del tejido social, desde virosis informáticas hasta ollas de presión políticas listas para explotar.

Es imposible no salir desestabilizado al entender como funcionan los bucles de retroalimentación positiva en relación con el cambio climático, fenómenos descritos precisamente en el inquietante artículo “Trajectories of the Earth System in the Anthropocene” de la revista oficial de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, articulo en donde se describe la aceleración de los cambios climáticos y sus consecuencias devastadoras a corto, medio y largo plazo sobre los servicios ecosistémicos de los cuales nuestra sobrevivencia depende enteramente.

Claramente, el Mundo está en alto riesgo de sufrir múltiples infartos agudos dentro de muy poco y si no hay más que los ciudadanos de la sociedad descrita por Zygmunt Bauman - individuos incapaces de comprometerse, individualistas y consumistas - para enfrentar a estos retos colosales, ¿qué opciones realmente nos quedan?

El presente texto no pretende revisar las conclusiones de dichas fuentes que se consideran como el fruto de un trabajo analítico y prospectivo altamente rigorosos (si tienen los nervios requeridos, léanlos). Se trata, al contrario, de un breve ejercicio intelectual saludable, posiblemente utópico, que intenta forzar un desenlace esperanzador para la vida de los miles de millones de seres humanos que atravesarán el siglo por venir. Por una parte, y con el fin de enfocar el ejercicio, examinaremos solamente el caso de Colombia interesándonos exclusivamente a su juventud (Millenials en adelante) que postulamos como los únicos capaces de generar los cambios necesarios en el tiempo impartido, bien sea a través de sus acciones directas, o de su influencia sobre los demás grupos que componen nuestra sociedad. Por otra parte, es importante aclarar que no se considera a los jóvenes como un todo homogéneo y cada vez que el razonamiento lo fuese a exigir, se intentará caracterizar más finamente a este grupo. Desde estas condiciones “experimentales” simplificadas, resultará también más sencillo extrapolar las conclusiones al resto del mundo ya que, así como nos lo recordaba el exministro francés de la transición ecológica, Nicolas Hulot: “El futuro será para todos o no será para nadie”.

A continuación, las 3 razones para creer que los jóvenes nos pueden salvar (esperando que haya muchas más).

Primera razón: la caída definitiva de una autoridad ilegitima y la posibilidad de un comienzo radicalmente nuevo

Según la juventud, las generaciones anteriores no supieron aprovechar las oportunidades que un mundo prospero les ofrecía. Es más, disfrutaron de una manera u otra de un sistema corrupto e injusto, y prefirieron a menudo votar por conveniencia que por convicciones. Que sea por miedo, traumatismos atávicos o simplemente falta de imaginación, son totalmente responsables de la situación actual.

Ya no comerán del pan rancio de la politiquería. Si antaño, se acostumbraba a hacer cola para apretar la mano de un concejal, alcalde, gobernador con el fin de ser escuchado durante 30 segundos —que recuerda la relación del señor feudal con su vasallo— eso ya no vale. Para un joven actual, el funcionario público está al servicio del pueblo y le debe rendir cuentas. Ya no se dejarán meter el dedo a la boca, y menos el dedo de un ladrón o un asesino. Un ejemplo de ello es la arenga más usada en las ultimas marchas fue la palabra “¡Resistencia!”, otra manera de decirle directamente al gobierno: “¡No daremos ni un paso más para atrás, tenemos 20 años y el futuro es nuestro!” Para los más desprovistos puede significar también: “De todos modos estamos al borde de un precipicio: Entre dar un paso hacia al abismo o morirse como héroes en primera línea, la cuenta está hecha”. El termino abismo se entenderá aquí como abismo social ya que saben que lo poco que les queda es la borrosa baranda que les separa de la miseria absoluta, pues saben que el frágil lazo social, que aún impide a la mayoría de la población caer en el vació, está punto de ceder definitivamente por el peso de una excesiva desigualdad que el pueblo carga solo hace demasiados años. En todo caso, ya sabemos que, si caen a pesar de sus esfuerzos para salvar la situación de su país, no caerán en silencio.

Adicionalmente, muchos intuyen que la crisis ecológica causada por la mala gestión de las generaciones anteriores, agravaran unas condiciones de vida ya dolorosas. Con las violentas demostraciones del calentamiento global apenas empezando, entendieron que nuestra Humanidad antropocéntrica y glorificada perdió el control de nuestro destino como especie. La Naturaleza nos está dejando implacablemente claro que no todos los seres humanos podremos gozar de las comodidades de los ecosistemas artificiales que se intentaron consolidar desde la primera revolución industrial. El desreglamento climático, así como el despilfarro de los recursos naturales que ocurrió durante las últimas décadas, son una prueba más de la ineptitud de la clase dirigente para entender y manejar su país. Tampoco, parece haber llegado un proyecto político lo suficiente inspirador para venir a tomar el relevo de los ideales del siglo XX, ideales que perdieron su brillo por los excesos de sus más fervientes partisanos. Por lo tanto, la propuesta tendrá que venir de los mismos jóvenes que probablemente tomaran el contrapié de las gestiones anteriores dejando vislumbrar la posibilidad de una gestión verdaderamente funcional.

En resumen, las autoridades tradicionales —padres, líderes políticos y religiosos, por su complacencia e/u inepcia— perdieron su credibilidad. Al descalificarlas de raíz, las nuevas generaciones estarán libres de escoger y empujar un proyecto totalmente diferente, práctico y realista. Podemos inclusive esperar que, después de algunos ajustes algorítmicos, el Internet con el cual nacieron se vuelva el espacio idóneo para una formación política relámpago, y que las redes sociales se vayan constituyendo en los escenarios en donde a la vez se denunciará lo intolerable y se posibilitará la formulación de un pacto social completamente renovado.

Segunda razón: la oportunidad de un proyecto global e incluyente

Si la coyuntura política actual se prolonga, gran parte del país caerá en una crisis profunda. Tan profunda que el término de crisis, que implica en general un retorno al estado inicial, ya no sería el más conveniente. Pues, en primer lugar, la mayoría de los Colombianos habrán recibido una enésima golpiza después de las 3 olas sucesivas de contagios de coronavirus SARS-CoV-2 y del choque emocional causado por las imágenes de la horrífica represión de parte de su propio gobierno y por la parálisis tanto vial, económica como psíquica que le siguió. Para la mayoría, sería una sentencia inapelable a la “muerte social”. Ahora, el colapso económico, político y social que se avecina podría también volverse el escenario perfecto para la reconstrucción de un país donde las ruinas colapsadas de una cultura de desigualdad sirvan de fundaciones históricas para la edificación de una nueva con la fraternidad y empatía ocupando un papel central.

En primer lugar, para su reconstrucción ya no se podrá contar con las regalías del subsuelo ya que por naturaleza estos recursos no son renovables y, paradójicamente, nos hemos afanado a agotarlos. También, la preservación de la biodiversidad, sustrato esencial para industrias con promisorias perspectivas como lo son el ecoturismo y la bioquímica, implican que la explotación primaria de los bosques o de los mares sea fuertemente restringida. Además, el cambio climático reconfigurará el mapa de los asentamientos humanos en función de la disponibilidad de agua y la cercanía de tierras capaces de garantizar la seguridad alimentaria de sus habitantes. Claramente, las soluciones de este vasto proyecto no vendrán de un entorno generoso como lo llegó a ser, sino de nuestra capacidad a renovar los sectores de actividad enteros hacía una economía (gestión de la casa) inteligente inspirada en una ecología (conocimiento de la casa) sólida. Además, este manejo deberá ser “glocal”.

En segundo lugar, en 2015, se actualizaron los objetivos del Milenio sustituyéndolos por 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible que constituyen, según la ONU “una oportunidad para que los países y sus sociedades emprendan un nuevo camino con el que mejorar la vida de todos, sin dejar a nadie atrás”. Aún si el alcance se quiere claramente universal, no hace la unanimidad y es cierto que su formulación podría dar a entender que solamente un mundo en crecimiento económico, crecimiento medido con las escalas que nos provee las teorías liberales, sería capaz de establecer las condiciones propicias para el logro de dichos objetivos. Por lo tanto, es totalmente comprensible que muchos duden de que un sistema, que es en gran parte responsable de los problemas actuales, sea el adecuado a la hora de resolverlos. Ahora, si se interpretan más generalmente, como lineamentos globales con el fin de que los humanos puedan contar con las sinergias que generaría un consenso internacional al momento de enfrentarse a problemáticas generalizadas tan preocupantes como ineluctables, la propuesta parece probablemente mucho más contundente. Es más, invita a la edificación de una Humanidad menos competitiva, menos conflictiva y más solidaria frente a temáticas existenciales en las tres dimensiones (ambiental, social y económica) del desarrollo sostenible. En este sentido, en Colombia, los Objetivos de Desarrollo Sostenible podrían volverse los ladrillos y la juventud (conectada), el indispensable cemento al momento de reconstruir de base una sociedad hasta ahora frágil y engañosa, comparable a un rancho de tablas pintado de dorado, carcomido por el resentimiento.

Fuerte en objetivos comunes y consciente del poder de la unión, los jóvenes elaborarían soluciones propias y localmente pertinentes gozando de un lugar inédito en un planeta donde cada uno de ellos estará contribuyendo, de una manera u otra, a darle alivio un desasosiego universal.

Tercera razón: la “liquidez” como virtud

“Be water, my friend!” “¡Sea como el agua, amigo!” fue el mensaje que el actor y artista marcial, Bruce Lee, dejó en su última entrevista televisual. Su recomendación, inspirada por el taoísmo, invita a la aceptación y la humildad como modo de vivir y adaptarse al cambio constante del mundo. Ese consejo heredado de una tradición milenaria —“wu wei”: no forzar— parecería entrar semánticamente en resonancia con el muy reciente concepto de Zygmunt Bauman sobre una “modernidad liquida” que describe el momento actual de nuestra historia en oposición con las realidades sólidas de las generaciones pasadas tal como el trabajo o el matrimonio para toda la vida. El mundo en el cual está desembarcando la generación Z (o sea casi 25% de la población mundial) es un mundo líquido, a la imagen de los contenidos del internet, un mundo precario y provisional. Ellos no crearon ese mundo, se están formando en él. Esa predisposición a manejar los cambios incesantes, que agobiarían a muchos de sus antepasados, parece innata en esa generación a la vez inspirada y agotada por esa realidad movediza. Nacen con la claridad que no se puede esperar garantías del mundo exterior (ni siquiera podrán contar con el reloj climático) y eso los invita de una manera u otra a ser proactivo, pero sin imponer nada.

Para esta generación, hasta el tema de género, que tradicionalmente solo giraba alrededor del binario masculino o femenino, se volvió fluido. Ellos se unen alrededor de un sentir común, el de pertenecer a una generación peculiar cuya fuerza nace del respeto de diferencias en constante movimiento. Se constituyen en comunidades de goce —es decir, donde lo que los une es la manera de gozar—. Son estructuras a veces muy inmaduras, aun en plena buscada de un discurso unificado. Sin embargo, parecería que todas estas celdas comparten las mismas aspiraciones hacía la tolerancia y la libertad. Los insultos ya no son inspirados por las orientaciones políticas, religiosas, nacionalistas o raciales, al contrario, vienen a denunciar todo tipo de discriminación que estiman profundamente retrograda: “¡homofóbico!”, “¡racista!”, etc.

No les compete juzgar al otro por su sexualidad, su origen o sus creencias y eso garantizaría que su filosofía pueda crecer más allá de las fronteras y de las épocas. De cierta manera, son los elementos que terminan estructurando un fractal gigante, un fractal entendido como “objeto geométrico en el que se repite el mismo patrón a diferentes escalas”, un fractal que dentro de poco cubrirá la superficie de la tierra. Ellos y los que están por llegar constituyen las moléculas de un mismo fluido y eso les da un poder inmenso. Hasta ahora, el Homo sapiens, se desempeñaba a dominar a un mundo amplio y desconocido. Ahora que tocamos a la finitud de un planeta Tierra, que ya entregó lo mejor de ella misma, habrá que hacerse pequeño para no pisar al vecino. Claramente, la humildad, la flexibilidad y la tolerancia se impondrán como cualidades imprescindibles del ciudadano de mañana.

Nosotros fuimos piedras en los zapatos. A ellos le tocó ser agua para sobrevivir.

Saint-Exupéry escribía: “Oblígales a construir una torre juntos y los convertirás en hermanos. Pero si quieres que se odien, échales grano”. ¡Qué lucidez! De pronto, tal como lo aclaraba nuestro querido Antoine, todo ese tiempo teníamos los conceptos invertidos y por eso mismo nunca lo logramos: La fraternidad es la verdadera y única finalidad, y el mundo para (re)construir, el terreno para cultivarla. Los jóvenes están llamados a poner en marcha un plan que tendrá que ser radicalmente innovador, respetuoso del entorno y de los demás, e impecablemente ejecutado. Ayudémosles en su descomunal y grandiosa tarea y tengamos fe que les vaya a funcionar.

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