Tres intentos de vivir en una ruda Bogotá

Bogotá es una ciudad de amores y desamores, de encantos y desencantos. Es envolvente, hipnotizadora, siempre te exige más y siempre te da más, no se cansa

Por: Silvia Sánchez Saladén
diciembre 02, 2022
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Tres intentos de vivir en una ruda Bogotá

Cero y van tres veces que me vengo a vivir a Bogotá. La primera vez, me vine a terminar mis estudios universitarios, a terminar mi carrera y a aventarme a la vida profesional de abogada recién egresada en la capital. Fue una época maravillosa, donde conocí gente de distintas partes del país, amigos, compañeros y colegas generosos que me acogieron de la mejor forma posible, pues andaba en grupos donde siempre era yo la recién llegada. Entre tareas y cervezas fui forjando amistades con las que hasta el sol de hoy comparto.

En esa época, terminé de estudiar, hice un postgrado, me vinculé a mi primer empleo, adquirí experiencia profesional, viví compartiendo apartamento con amigos, cambié de empresa, y así, fueron los primeros 5 años de mis 20´s donde Bogotá fue mi hogar por primera vez.

En un punto, decidí irme a estudiar al exterior, conocer, viajar, crecer. Cuando regresé a Colombia, la primera opción clara era Bogotá, pero si soy sincera, algo dentro de mi había cambiado, no era la misma, y no quería regresa a hacer lo mismo.

Finalmente, por el tema de que “las mejores oportunidades laborales están en la capital” emprendí por segunda vez mi regreso a Bogotá, así lo hice, y efectivamente, las oportunidades laborales llegaron, me vinculé otra vez a trabajar, y todo marchaba supuestamente bien, buen empleo, buen dinero, buen apartamento, seguí conociendo gente bacana, muchos planes, muchas salidas, pero siempre hubo algo que no me cuadraba. Esa vez duré menos de un año, salí casi que huyendo, no quería dejarme absorber por esa mole de ciudad que es Bogotá, en su momento me apabulló la inseguridad, lo hostil que puede llegar a ser el mercado laboral, el estrés con el que vive la gente, las preocupaciones insensatas que se percibían en el ambiente, en fin.

Bogotá es ruda, intimidante, y tal vez, esa vez, no quise amansar ese caballo brioso y regresé feliz a mi ciudad de origen, vivir la vida tranquila en provincia.

Bogotá es una ciudad de amores y desamores, de encantos y desencantos, Bogotá es envolvente, hipnotizadora, siempre te exige más y siempre te da más, no se cansa, no descansa.

Después de varios años, decidí regresar. Me costó tomar la decisión, no pensaba que fuera a amañarme después de haberla dejado hacía tanto tiempo. Qué equivocada estaba. En esta ocasión, se trataba de aprovechar una coyuntura que me ofreció la universidad, para realizar mis estudios de maestría, en solo un año. Mi trabajo como consultora independiente me permitía cambiar de ciudad sin ninguna complicación, así que me lancé de nuevo al ruedo y regresé.

Al principio me tomó un par de meses adaptarme, la sentía más fría e impersonal de lo que recordaba. No lograba entrar de nuevo en el ritmo de vida, en el acelere, en la inmediatez. Bogotá es una de puertas para afuera, pero otra, de puertas para adentro.

Conforme fueron pasando los meses, Bogotá se fue ganando de nuevo mi corazón, de hecho, creo que siempre ha estado en mis quereres. He silenciado el ruido, me he concentrado en mis deberes, he disfrutado del presente; el balance ahora a fin de año ha sido muy positivo. Muchos retos y muchos aprendizajes, unos más duros que otros, pero siempre firme.

Y acá estoy, muerta de frío, pero contenta. Se dice que siempre regresas a donde fuiste feliz… y pues bueno, no sé que planes me depare el destino, solo sé que me estoy gozando cada pedacito de vida que tengo.

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