Tras la tierra perdida en Urabá

Después de 10 años de haber tenido que dejar sus pueblos en el Urabá, 1500 personas se reencontraron en Apartadó donde planearon un posible regreso. Crónica de un retorno lleno de esperanza.

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octubre 23, 2014
Tras la tierra perdida en Urabá

En la Plazoleta Ciudadela Puerta del Sol de Apartadó, Antioquia un grupo de mujeres negras vestían de blanco y bailaban currulao. De una de las lámparas del lugar colgaban cintas largas de seda, amarillas en las que los exiliados del pueblo y ahora visitantes escribían los nombres de seres queridos que les arrebató la guerra. Aún no era medio día y el calor sofocaba incluso a oriundos. Las señoras Rosa y María de Primavera, Córdoba se acercaron a una joven que estaba entretenida con el sonido de la marimba y las tamboras. Le pidieron que pusiera en las cintas los nombres de sus esposos. No sabían escribir. En otro extremo de las cintas, Rafael Anselmo Pérez López tenía la cabeza agachada y una mano sobre sus ojos; no dejaba de llorar en silencio. Con la otra sostenía una margarita amarilla y arrugaba su camiseta azul marino. Los recuerdos lo abrumaron.

La Plazoleta conocida también como Parque de los Bomberos o Parque infantil, se convirtió en “el matadero” durante la época de los Castaño Gil. Usualmente olía putrefacto porque era uno de los lugares donde quedaban los cadáveres de las víctimas de los paramilitares.

El señor Pérez fue una de las casi 1500 personas que visitó Apartadó durante un regreso simbólico coordinado por Reiniciar, la organización social no gubernamental dirigida por Jahel Quiroga, que reúne familiares de víctimas de los líderes asesinados y desaparecidos de la Unión Patriótica, y que recibió el respaldado de la Unidad de Víctimas del gobierno nacional. Los peregrinos respiraron de nuevo el olor a mar y a frutales. A banano, níspero y borojó. Recorrieron las calles por las que de niños jugaban y chapoteaban cuando la lluvia refrescaba sus torsos morenos y desnudos. Saludaron a vecinos de los no supieron más, una vez los obligaron a dejar el pueblo. Se alegraron uno y otros de estar con vida.

Rafael Perez, Chigorodó

Rafael Pérez enseña educación física en un colegio de Chigorodó, su pueblo. De allí tuvo que salir corriendo cuando era concejal en el año 2001, poco después que un grupo de paramilitares en estado de embriaguez lo subieron a un carro cuando iba para su casa, en plena tarde y lo llevaron a la vereda El 40. Lo amarraron a un palo y mientras le disparaban alrededor de sus extremidades, lo acusaban de ser “entrometido”. Entonces entendió que se lo habían llevado por cuestionar la forma en que la administración del alcalde –hoy preso- Amador Caicedo Mena en Chigorodó, ejecutaba algunos proyectos que favorecían a ganaderos y arroceros pudientes, así como al negocio de la palma que ya se empezaba a popularizar, y no a campesinas cabeza de hogar como estaban contemplados y aprobados por el Concejo. Corrió con suerte aquel día, porque el que parecía ser jefe de los ‘paras’ borrachos llegó al lugar donde lo tenían amarrado. No se bajó de la camioneta en la que se movilizaba. Llamó al hombre que minutos antes no dejaba de insultar y disparar hacia Rafael, le apuntó con una pistola a la cabeza y lo mató.

“Profe yo a usted lo distingo”. Le dijo el jefe ‘para’ a Rafael y continuo. “Me voy a meter en un lio con usted, pero se tiene que ir de aquí”. Luego preguntó: “¿qué quiere que hagamos con los que le hicieron esto?” Rafael confundido y asustado pero seguro de su respuesta, pidió nombres para llevarlos a la Fiscalía. El rostro del jefe cambió por completo. Se enfureció y replicó: “sabe que, no sé porque no lo mato de una vez. Pero si esto lo saben en Chigorodó, yo mismo lo mato”. Al regresar, a Rafael no le quedó más remedio que renunciar al Concejo, empacar un par de mudas de ropa y huir.

A Rafael, hoy padre de una niña y dos niños, le cuesta olvidar la dura etapa por la que pasó también hace 25 años. Los mismos criminales, en 1989 le mataron a tiros, a su hermano mayor: Alberto Ramos López, quien llevaba la comida a la casa cuando los demás hermanos aún eran pequeños porque su madre no gozaba de buena salud para conseguir el sustento de la familia. Alberto era concejal de Apartadó y sindicalista por vocación. Les decía que debían estudiar para poder aportarle a la gente de su región. Para servir. Era militante de la Unión Patriótica. Los registros de la Escuela Nacional Sindical, entre 1991 y 2003, aseguran que en Urabá fueron asesinados 623 sindicalistas, el 32% del total de Antioquia. En Apartadó hubo 213 homicidios, en Turbo 192, en Chigorodó 110 y en Carepa 108.

El pueblo de Rafael conocía los alcances de la violencia paramilitar mucho antes de la muerte de su hermano. Empezó en marzo de 1988 con la masacre, a machete de seis campesinos entre plantaciones de banano. Fidel Castaño tenía a cargo un prematuro grupo armado anti subversivo denominado Movimiento estudiantil nacional socialista. Aquellos campesinos no estaban armados y nunca se demostró que tuvieran vínculos con alguna de las guerrillas. El legado de horror lo continúo su hermano Carlos. En agosto de 1995 en la discoteca El Aracatazo, 18 personas fueron obligadas a acostarse en el piso boca abajo. Luego les dispararon. Y así siguieron, señalando y encañonando a quienes les venía en gana.

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Chigorodó y Apartadó distan entre si 30 minutos en vehículo. En los años del desboque de la estructura paramilitar se codeaban los picos de asesinatos: mes a mes subían en uno y bajaban en otro. Entre quienes debían morir, según los ‘todopoderosos’ hombres del Bloque Bananero de Hebert Veloza, alias HH, también estaban los jóvenes de 15 a 20 años de edad que no se vinculaban a sus filas. Los acusaban de “marihuaneros, pandilleros, guerrilleros o violadores” y los asesinaban con armas blancas para disimular su autoría y culpar a otros jóvenes.

Alegre y pujante son las palabras que Rafael considera, describen mejor a su pueblo. Sin duda, valientes a pesar de los incontables charcos de sangre que unos y otros armados han dejado por doquier y que el sol ha secado o la lluvia se ha llevado. Él como muchas personas que se fueron y tras vencer el miedo, volvieron, trabaja por ver prosperar su región. En su caso, con otros docentes de educación física avanza en un proyecto que sería un complejo deportivo para el goce de jóvenes con tradición y potencial de campeones.

Apartadó está en medio de planicies y escasas montañas, en todo caso frondosas, de las que sobresalen arbustos de hojas de todos los tamaños, formas y tonalidades de verdes. Son quizás aquellas, las tierras más fértiles del país. San Juan de Urabá, Necoclí, Arboletes, San Pedro de Urabá, Turbo, Carepa, Chigorodó, Mutatá, Murindó y Vigía del Fuerte, pequeños pueblos de calles de arena y barro, conforman la región de Urabá. Se encuentra a escasos kilómetros del océano Pacífico y colinda por sus latitudes con Córdoba, Antioquia y Chocó. Por esas tierras son típicos los preparados de cangrejo y camarones. El arroz con huevo, pescado en todas sus variedades, e infinidad de platos preparados con plátano y coco.

Las ciudades principales de estos departamentos, así como de Santander, Valle del Cauca, Atlántico, Bolívar y Bogotá fueron los destinos escogidos por familias enteras que se cuentan por miles, para refugiarse y evitar que paramilitares, guerrilleros y militares los asesinaran. Las amenazas de muerte iban acompañas de acusaciones de ser colaboradores de esos grupos armados; sus verdugos.

En el corregimiento de San José de Apartadó, al oriente de Apartadó, después de dos masacres, una en la vereda Las Nieves en marzo de 1997 y otra en febrero de 2000 por cuenta del Bloque Bananero de alias HH, pensaron que lo peor era asunto del pasado. Pero cinco años más tarde -el 21 de febrero de 2005- con el Bloque Bananero desmovilizado y el Bloque Héroes de Tolová de Diego Fernando Murillo alias Don Berna, fortalecido y actuando, según la Fiscalía al lado de militares de la Brigada 17 entonces bajo el mando del general Héctor Fandiño Rincón, a la comunidad del corregimiento le mataron ocho más de sus miembros sin utilizar armas de fuego. Tres eran niños. Uno de ellos apenas tenía dieciocho meses de vida. “Varios cadáveres fueron encontraron decapitados y desmembrados. Los niños tenían machetazos en el cráneo, el estómago abierto a machete y los brazos cercenados”. Relata el portal Rutas del Conflicto de Verdad Abierta.

El mes siguiente a la masacre, la Presidencia publicó un comunicado en el que Álvaro Uribe declaraba: "en esta comunidad de San José de Apartadó hay gente buena, pero algunos de sus líderes, patrocinadores y defensores están seriamente señalados, por personas que han residido allí, de auxiliar a las Farc y de querer utilizar a la comunidad para proteger a esta organización terrorista". Por esa acusación, la Corte Constitucional ordenó al Estado retractarse, mediante el Auto 164 del 6 de julio de 2012, así como definir un procedimiento para evitar futuros señalamientos. Y en diciembre pasado, el presidente Santos lo hizo. Pidió perdón por las palabras de Uribe.

Arley Cartagena, San José

 

Arley Cartagena es un apasionado del trabajo social y de labrar la tierra en San José. En tres ocasiones le ha tocado marcharse bajo amenazas. La última que conoció fue hace dos meses. Siempre le mandan decir que “deje la denunciadera”. Su primera experiencia personal con la violencia fue un día 1994, cuando un grupo de soldados contraguerrilla de Córdoba llegó al corregimiento. Esperaban encontrarlo plagado de guerrilleros, armas y cambuches, pero no hallaron más que gente de alpargatas y sombrero a la que insultaban por no conocer las rutas de las Farc y el Eln. A Arley los soldados le colocaron una bolsa de plástico en la cabeza, lo golpearon y escupieron. Por poco lo ahogan.

Señala que al Urabá no solo lo bañan fuentes hídricas. También sangre de miles, familiares de los peregrinos, desterrados nada más porque a alguien le pareció fácil desenvainar un arma y decirle a cada quien “vos te tenés que ir”. El regreso simbólico fue una oportunidad de volver a ver su terruño, averiguar ahora en manos de quienes están sus fincas. De recordar tanto gratos como escalofriantes momentos.

El es un campesino de 36 años que ha tenido que vender helados, el periódico El Colombiano, cigarrillos y chicles cuando las cosechas de Cacao, Aguate o Arroz no resultan como esperaba. San José de Apartadó no solo es un corregimiento en el que cualquier bocado de comida es fruto del esfuerzo de sus habitantes. “Es un lugar en orfandad que no tiene paz”. Para Arley, el Estado simplemente “es macabro”. Lo dice porque allí no se sabe en qué momento aparecerá en el cielo una avioneta abarrotada de glifosato –o roundup- y empezará a regarlo sin piedad sobre las viviendas, las fuentes de agua, los animales y los cultivos. Ha visto como todo a su alrededor queda cubierto de ese líquido grisáceo y maloliente. Todo queda seco, sucio e inservible. Todo muere. Por esa razón también, de San José se han ido muchos; lejos, buscando la manera de ganar algunos pesos.

Pero de Apartadó y sus veredas no todos se fueron. “Aquí está la familia, los amigos, los hijos, los hijos de los muertos. Uno no se puede ir así... en otro lado eso no lo va a encontrar. ¿Por qué vamos a salir de aquí?”. Se pregunta Arley. Él junto a muchos, emprendieron un proceso de resistencia pacífica en San José de Apartadó. No se cansan de suplicar a cualquier uniformado que se pasee por allí, se aleje y les evite problemas. Sin embargo las muertes no cesan. Así lo confirma el documento Agresión paramilitar a la orden del día en San José de Apartadó, publicado en su página web.

En Apartadó igual que otros pueblos de la región, no existe familia en la que al menos uno de sus miembros no hubiese sido víctima de la violencia. Incluso hoy, extorsiones, amenazas, retenciones y asesinatos son el pan de cada día. Por eso los peregrinos todavía no pueden volver con sus familias y el trasteo completo.

En Urabá se repite el panorama desolador de otras regiones. Abandono gubernamental, funcionarios públicos presos por corrupción, averiados centros educativos y de salud, viviendas de madera y techo de zinc. De hecho los nombres de esos pueblos solo se referencian por masacres protagonizadas por sujetos ocultos bajo pasamontañas y uniformes camuflados o cuando se inundan en invierno. Mínimo dos veces cada año, los múltiples ríos que los bordean, como el Atrato, el Cauca o el Mutatá, rompen los cauces y se llevan por delante los pocos corotos de sus habitantes.

Francisco Cuesta, Bojayá

Bojayá es un pueblo afro de apenas tres carreras y una cuantas calles. Nunca hubo una sola casa hecha de ladrillo. Era tan pobre como todo el Chocó, pero progresaba sin ayuda del Estado. Sus negros vivían felices sembrando banano y pescando bocachico, doncella y bagre. De allí, Francisco Miguel Cuesta se fue hace 23 años. No pudo seguir viviendo en la incertidumbre de cada hora del día. No sabía en qué momento lo iban a matar por ser militante de la Unión Patriótica y alcalde de su pueblo, por elección popular. Hasta en La Guajira tuvo que refugiarse. Allá nació una de sus cuatro hijas. Otra en Barranquilla y dos en Bojayá. Ahora trabaja en beneficio de otras familias desplazadas en la costa Atlántica, en una Asociación vinculada a Reiniciar.

Fue un pueblo pacífico antes de los años 90. “Ni el ejército se veía en sus calles. Allá nadie sabía qué era o para qué servía el Estado”. Recuerda Francisco. Tenían una vida tranquila. Pescaban y nadaban, rezaban y cantaban, tenían familia y amigos. Hasta que llegaron los violentos. A uno de sus doce hermanos, lo asesinaron. Bojayá se quedó solo. Los pobladores fueron a parar Quibdó, Medellín, Barranquilla o Bogotá. Sus hijos ya no conocerán la cultura del río, sus tradiciones orales y sus creencias. "Y eso quién nos lo va a devolver… cómo nos lo van a reparar", se pregunta.

El resto del país y el mundo solo conoce a Bojayá por la masacre del 2 de mayo del año 2002. Desde el día anterior y sin acción alguna del ejército o la policía para evitarlo, guerrilleros del frente 58 de las Farc comandado por Jhoverman Sánchez Arroyave, alias Manteco, y paramilitares del Bloque Elmer Cárdenas de Freddy Rendón, alias El Alemán mantenían enfrentamientos en el casco urbano del pueblo por un fortín: la tierra para sembrar coca y palma. A la gente que no pudo huir hacia la selva no le quedó otra que refugiarse en la iglesia. Justo allí un cilindro de gas de esa guerrilla cayó y explotó. Murieron 79 personas.

La tierra de Francisco era riquísima en biodiversidad. En el campo había todo tipo de animales: guaguas, zaínos, gurres, tigres. Infinidad de aves e insectos. Era. Se vivía de la agricultura. No tenían que comprar ningún alimento. Las carnes y el pescado, la yuca, el plátano y el arroz, estaban a su alcance. En sus huertas. Los días de fiesta como La Virgen del Carmen o San Juan se extendían por semanas. Bailaban mapalé, pasillo, vals, chirimía y bolero a ritmo de tambora. Un tapado de bocachico era suficiente para borrar la resaca.

Está seguro que muchos de sus paisanos no volverían a Chocó. Él por su parte, luego de una sentida pausa y un suspiro, dice que no. Tampoco volvería. Sin embardo guarda en su pecho la esperanza de que pronto llegue la paz que ha estado esperado durante 75 años. “Quisiera en mi tierra estar. Abrazar a todos los hermanos y amigos como antes… Pero eso ahora es difícil”. Dice. Luego se retira las gafas de cristal y las limpia con su camiseta. Estaban empañadas.

El Urabá fue la prueba piloto de las Autodefensas de los Castaño Gil. Desde bases instaladas en veredas de Turbo y Tierralta expandieron la muerte, el miedo y el despojo de propiedades por el resto de Antioquia y Córdoba. Siguió Chocó y luego otras regiones del país. Con o sin amenazas, la gente lo abandonó todo. Las tierras dejadas a merced de los alzados en armas suman 127.527 hectáreas. Debían irse o pasar a ser parte de un extenso registro de defunciones que alcanzó los 1300 asesinatos durante las décadas de los ochenta y los noventa. No tenían más opciones, sobretodo si sus ideas eran de izquierda y militaban en la Unión Patriótica. No en vano este partido político conmemora cada 11 de octubre el día de las víctimas de su genocidio. Desde su fundación en 1985, a dedo, paramilitares y miembros de la fuerza pública le han quitaron la vida a más de 4800 de sus integrantes.

Los peregrinos planean volver a su tierra. La necesitan porque es allí donde sus almas se colman de alegría. Creen con firmeza que algún día lo lograrán. No importa que tan le lejos hayan ido a parar. A los pueblos urabenses de calles de arena y barro, los llevan en el alma. Los extrañan como las mañanas al sol, como las quebradas a las lluvias. Como los pájaros a sus nidos.

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