Tonalá: la catedral del buen cine en Bogotá

En una casa centenaria se combinan películas únicas, la buena mesa y los mejores DJs de la ciudad

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mayo 17, 2016
Tonalá: la catedral del buen cine en Bogotá

A finales del 2013 Salomón Simhon Perea, a sus 30 años,  se vino de ciudad de México a dirigir un comercial de televisión en Bogotá. El rodaje había durado tres semanas y, una vez concluido, decidió no regresar al DF sino quedarse en su ciudad un rato más. Había salido 10 años atrás y quería reconciliarse con los lugares que no veía desde su primera juventud. La larga estadía en Australia en donde estudió Cine, y su periplo mexicano,  no le habían borrado el arraigo bogotano.

Lo único que extrañaba del DF era un lugar para ver cine independiente, tomarse un trago después de la proyección y comentar la película. En la capital mexicana sí que tenía ese nicho. Cerca de donde vivía, en el barrio La Roma, cada ocho días se veía lo último de Carlos Reygadas, Pablo Larraín o Amat Escalante en un lugar llamado Tonalá al que él entraba con la reverencia que tiene un feligrés cuando va a misa.

Sin un peso, poseído por una extraña locura, empezó a ir a ver casas, acompañado por su mamá, hasta que encontró una casona inglesa de tres pisos ubicada en el Barrio La Merced, justo al lado del parque Nacional. Tomó las fotos e imaginó el bar, la sala de cine, el ático en donde se desatarían sus rumbas. Una semana después regresaría a México sin imaginar que la rueda de la fortuna ya estaba girando a su favor.

Lo invitaron a una cena en donde, justamente, estaban los dueños de Tonalá. Pablo, abandonando su timidez, abordó a los empresarios, les mostró las fotos de la casa. Su entusiasmo desbordado fue tan evidente que a los mexicanos les tomó media hora convencerse que no sería una mala idea tener un Tonalá en Bogotá. Salomón se asoció con 11 personas más y, en junio del 2014, Cine Tonalá abría sus puertas en el barrio La Merced.

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La fiesta de inauguración duró toda una semana. Trajeron a un DJ de Australia que tocaba su música mientras en la pared de sala Kubrick se proyectaban pedazos de películas de los años noventa. Tocó una banda de Gales y, por supuesto, se pasó una película: fue el estreno nacional de un cortometraje llamado El ladrón de voces de Adán Jodorowsky, el hijo del célebre cineasta y psicomago chileno autor de ese monumento llamado La montaña sagrada.

Cine Tonalá duró lleno toda esa semana y, en los casi dos años de su apertura, la tendencia no ha cambiado. No solo los cineastas y cinéfilos colman el primer piso que es un café y las salas de cine que en la noche se transforman en la más encendidas de las discos. En la casona inglesa de la Merced te encuentras con empresarios, con punketos y hasta uno que otro político. Aunque bueno, es inevitable que el lugar esté invadido por los peliculeros.

Un jueves en la noche pueden coincidir, en una misma sala, César Augusto Acevedo, el joven realizador caleño autor de la Tierra y la sombra, Óscar Ruiz Navia, Luis Ospina o Franco Lolli. Aunque son asiduos, ninguna cinefilia es tan brava como la de Ciro Guerra. El flamante autor de El abrazo de la serpiente se ve, en Tonalá, cuatro películas a la semana.

Y es que Tonalá se convirtió, definitivamente, en el templo del cine colombiano. Allí es el único lugar, alejado del tiránico e imperialista circuito comercial, en donde las películas nacionales son bien tratadas y, además, siempre tienen su público. Mientras que El abrazo de la serpiente, antes de su nominación al Óscar, estuvo en la cartelera de Cine Colombia apenas 3 semanas, en Tonalá duró un año entero. Lo mismo le pasó a Las tetas de mi madre del director Carlos Zapata, película mal tratada por la distribución comercial pero que en Tonalá ya completa siete meses de exhibición y llenos continuos.

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Pero Tonalá no es sólo cine, también es rumba. Un viernes de cada mes la sala Kubrick se llena a reventar con las fiestas Caliwood presididas por el cineasta Jorge Navas, autor de La sangre y la lluvia. En su Mac va poniendo desde salsa brava hasta hits del rock de los sesenta. En la puerta a veces se ve la sombra de Luis Ospina y, si te quedas un momento quieto, podrías ver, entre la gente, a un muchacho de aire lewisiano terriblemente parecido a Andrés Caicedo.

Este viernes toca la Universidad de la Champeta y el sábado Simona de Radionica. Voy a ir a eso de las seis para ver The Witch o de pronto vaya más temprano a volver a ver Todo comenzó por el fin, el documental sobre Caliwood. Podría vivir en Tonalá, ahí tengo todo lo que necesito: cine, rumba y gente para ver cine y para rumbear. Gracias a la iniciativa de Salomón Simhon Perea, Bogotá es otra ciudad. Parece que en Medellín y en Bucaramanga próximamente se abrirán templos parecidos a éste.

Colombia necesita 1.000 tonalás.

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