La electrónica y los millennials tienen sitio en Bogotá

El original bar Baum manda la parada en ésta música en la que un DJ y un computador le ponen marcha a la diversión#LaBogotáQueYoQuiero

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mayo 03, 2016
La electrónica y los millennials tienen sitio en Bogotá

La fila es larga, recorre la 33 y llega casi hasta la carrera séptima. El cielo está rojo, en cualquier momento caerá un aguacero. La fila se mueve lenta, como una serpiente moribunda. La persona que está al lado mío me dice que mi chaqueta de cuerina, barata y rota, no es la más apropiada para entrar a Baum. Me cuenta que hace unos años le negaron la entrada a Tahuanty, el hijo del pintor indígena Carlos Jacanamijoy, por ir en camisilla. Yo no creo que fue por eso sino por el color bronce de su piel. Por fin llegamos a la entrada. La gente se pasa botellas de plástico y está en grupo. No encuentro una sola persona que sea más vieja que yo. Con suma facilidad me dejan pasar después de pagar 40 mil pesos. Con esa plata no me darán ni una sola cerveza. Nadie repara en el hueco que tiene mi chaqueta justo en la altura del codo.

Adentro son las 12 de la noche y en el salón principal hace calor. Ya no se escucha la furia de la lluvia cayendo en la acera, ya no se escucha otra cosa que no sea la música que expulsa el dj. Voy hasta el ropero, dejo mi chaqueta mugrienta. Al volver encuentro que el salón principal está tan lleno que no puedo moverme. Me abro paso hasta la barra que es un gran rectángulo clavado en el centro del Salón. No tardan mucho en que la chica del bar me vea. Pido un gin-tonic, 25 mil pesos.

La chica que venía conmigo se ha encontrado con un compañero de la universidad. Estoy sólo entre una masa que se mueve como un solo cuerpo al ritmo que le impone un muchacho de gorra volteada que no debe pasar de los veinte años. Nadie pasa de 20 años. Como una oruga me retuerzo hasta llegar a un pasadizo de 30 metros de largo cubierto por paredes acolchadas. En los costados hay sendos sofás de cuero en donde se van sentando los primeros caídos. La noche es larga y la rumba dura. Allí, en ese pasadizo los chicos se unen, se dicen te amo, se besan con pasión. En el pasadizo es el único lugar del sitio en donde puedes respirar con tranquilidad. Entonces paso a la terraza y veo el árbol.

Baum en alemán significa árbol. Es el símbolo del bar, el altar a donde los muchachos le rinden adoración al Dios electrónico de la rumba. Abajo del árbol hay otro DJ. No entiendo la música que pone pero me reconforta verlo tan gordo y viejo como yo. No soy el único. Me acerco al árbol, me pisotean, me tumban el trago, piso el zapato de una chica. Subo a la tarima. Y toco su tronco. Miro para arriba, las ramas traspasan el techo, ¿Cuánta gente habrá alucinado en este lugar? Ya no tengo nada de beber y tengo sed, mucha sed. Recorro con dificultad, de nuevo, el camino hasta la barra.

30 minutos después estoy tomando otro Gin-Tonic. Hay tanta gente que las paredes sudan. Lo único que brilla en el salón principal son los ojos de los chicos y los láser que salen de cualquier parte. Me tomo todo el Gin-Tonic. Bailo. Me siento feliz y eufórico. Baum y Bogotá acaban de estallar.

A las tres de la mañana salgo. Bogotá huele a piso mojado. Tomo un taxi. Estoy sólo y no ando deprimido. Voy al restaurante Santandereano de la 45 con Caracas, pido una carne oreada, una arepa y empieza otra historia.

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