Opinión

Todo pasa para que nada suceda

No tiene objeto conservar los negociadores en sus posiciones, luego de haber admitido cándidamente que habían llegado a su nivel de incompetencia

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octubre 03, 2016
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Todo pasa para que nada suceda

Como todas las bandas que se baten en cobarde retirada, el gobierno ubicó en la retaguardia a los más infames de sus francotiradores, tratando de frenar el avance de sus perseguidores y demorar el momento de enfrentar su destino. En lugar de balas, disparan absurdos comunicados de prensa y opiniones delirantes. Buscan las más coloridas y forzadas explicaciones, descalifican a la opción ganadora, atreviéndose algunos a expresar que el No ganó por menos de 60.000 votos —no por más de seis millones—; que se trata de la opción de los guerreristas, etc.

Como si nada hubiera ocurrido, siguen hablando de recomponer el diálogo entre el gobierno y las Farc. Que si se deben cambiar los negociadores, que si es mejor dejarlos y llamar a la reapertura al diálogo, que nada está perdido. Y así. Se apegan a su maltrecha reputación, con una dignidad que nunca exhibieron para presionar en la mesa de negociaciones. No se mencionan para nada las aberrantes concesiones hechas a la contraparte, ni la negativa presidencial a permitir la contradicción a sus ideas y propósitos.

Lo que hay que entender es que alguien debe ir Cuba a dar la cara y decirle a la guerrilla que los negociadores que ellos recibieron a nombre del gobierno No representaban al país y que por lo tanto lo pactado no tiene validez y en consecuencia debe ser retomado desde el principio. Ya en un escrito anterior habíamos expresado que este grupo de negociadores dio lo mejor que podía dar. En consecuencia, no tiene objeto conservarlos en sus posiciones, luego de haber admitido cándidamente que habían llegado a su nivel de incompetencia. Podrán acaso servir como custodios de la memoria histórica de lo actuado hasta la fecha, ayudando a tender puentes entre las Farc —ellos sí ojalá los mismos— y el nuevo equipo negociador.

La primera tarea sería la de establecer el marco de la negociación. Teniendo en cuenta lo que dicen los albañiles, que es más fácil construir una casa desde cero que reformar y remendar una construcción vetusta y en mal estado, opino que se debe partir de un marco de realidad, en el cual se determinen de manera clara, abierta y pública, cuáles son los límites que la Constitución y las leyes internas y externas imponen a las conversaciones de terminación del conflicto con este grupo. El espectáculo de segunda categoría montado en Cartagena, con asistencia de segundones a la medida del evento (con muy contadas excepciones), sirvió para dejarle claro al mundo civilizado (y al que no lo es tanto), que la mayoría democrática de los colombianos exigen unos estándares mucho más altos de justicia, verdad, reparación y promesa de no repetición que los establecidos en los fallidos acuerdos; y que lo que para los negociantes europeos y los ideólogos cavernarios de América Latina es aceptable, no lo es para las personas del común que aspiran a una vida justa, mejor, sin violencia y sin corrupción, ese enorme mal trágicamente ausente de cualquier mesa de negociación y que como la maleza es capaz de sobrevivir a los tiempos.

 

 

El espectáculo de segunda categoría montado en Cartagena
sirvió para dejarle claro al mundo civilizado
que la mayoría de los colombianos exigen unos estándares
mucho más altos de justicia, verdad, reparación y no repetición

 

 

 

 

Las Farc y los demás grupos de delincuentes que prosperan en nuestro país no podrían hacerlo de manera tan exitosa y prolongada sin contar con la complicidad remunerada de funcionarios y personas de todos los estamentos de nuestra sociedad. Este es el verdadero enemigo. Si analizamos cada uno de los problemas del país, como la designación de ineptos en cargos delicados y de responsabilidad, el hambre, la mortalidad infantil, el desangre del sistema de salud, la mala calidad de las vías y la insuficiencia de la infraestructura, los pésimos servicios públicos o la aprobación de leyes con beneficiario específico, podemos rastrear sus orígenes en la corrupción que hace que ningún presupuesto alcance ni vaya nunca a alcanzar, si antes no se solucionan sus causas y se imponen sanciones efectivas a sus favorecedores y favorecidos. Cabe recordar que en muchas ocasiones las mismas Farc han declarado que se apoyan en la corrupción imperante para facilitar el logro de sus criminales empresas.

Nada del difunto acuerdo proponía medidas efectivas contra la corrupción. Solo estábamos haciéndoles un campito en el negocio a los nuevos ciudadanos de las Farc, debidamente amnistiados y Santificados.

En el sector privado, a quien fracasa tan estruendosamente se le cobra sacándolo del puesto. Acá no va a pasar nada en el corto plazo. Los camaleones activarán sus células especializadas para cambiar prontamente de color, se acomodarán a las nuevas circunstancias y todo cambiará sin haber cambiado. Los corruptores seguirán ejerciendo su capacidad de manipulación; los corruptos continuarán medrando gracias a su conocimiento de los oscuros vericuetos de la burocracia; y el colombiano de a pie continuará financiando este estado de cosas, por no atreverse a ejercer ciudadanía; a usar su capacidad de elegir a las personas adecuadas para dirigir al país. Los medios, la mayoría de ellos, seguirán firmando, ejecutando, renovando y cobrando sus jugosos contratos de soporte al gobierno con minúscula, no al Estado; en la medida que la disculpa de estar actuando dentro de la ley se los permita y sin que nadie quiera abrir ahora la discusión acerca de la ética de su proceder.

Un ser humano con algo de autoestima y de respeto por sí mismo y por los demás estaría renunciando, no lamentándose. Lo honesto es dejar el campo libre a quienes no quiso escuchar cuando todavía estaba a tiempo.

Su propia arrogancia lo consumió.

 

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