Todo lo que usted necesita saber de Juanes en un libro

Este es un adelanto de la biografía de Juan Esteban Aristizábal, Juanes, próxima a editarse. Los adelantos hacen parte del libro: "Memorias de un soñador"

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agosto 12, 2022
Todo lo que usted necesita saber de Juanes en un libro

Justo ahora Juan Esteban Aristizábal Vásquez está en Medellín (Colombia), en su casa, en el lugar que le acelera el corazón, donde tiene sus recuerdos más entrañables, felices, dolorosos, juveniles, y justo donde su sueño empezó a hacerse realidad.

Está bajo el cielo primaveral que lo vio caminar apresurado hacia sus primeras clases musicales con una guitarra que le lle- gaba hasta las rodillas, y luego, unos años después, ese mismo cielo lo observó correr ansioso con una camiseta de Judas Priest, buscando el teatro donde viviría su primer concierto de rock con una banda que fue influencia y raíz: Kraken.

Está a solo 63 kilómetros de las mismas montañas que re- corría con sus hermanos y su padre, repletas de cafetales, ríos y alambrados campesinos en Carolina del Príncipe (Antioquia, Colombia), el pueblo de su familia. Está pisando el pavimento ardiente que fue refugio cuando su motocicleta KZ 900 Custom de color amarillo quemado lo llevó por calles, avenidas, barrios y laderas, persiguiendo una libertad que no sabía dónde se hallaba.

Juan recorre las mismas calles llenas de prenderías, en las que alguna vez encontró la guitarra eléctrica de sus sueños. Está con los suyos, con sus amigos de siempre, los que nunca cam- biaron, los de la niñez y adolescencia: Mauricio, Memo, Andrés, David, Puli, Mónica, Esteban, y muchos otros, en esta ciudad de grandes y verdes montañas, con motocicletas a toda velocidad y gente que al hablar arrastra la ese, tanto como su pasado y sus ganas de salir adelante.

Justo ahora, Juan Esteban está sentado, mirando desde un balcón un atardecer rojizo, anaranjado, hermoso, como un ma- quillaje aplicado a toda prisa. En el restaurante, todo el mundo lo mira, lo señala. Él solo sonríe y se pone de pie cada vez que le piden una fotografía. Nunca hace mala cara, siempre dice que sí. Diez, quince, veinticinco capturas, no importa, siempre sonríe, a todos les habla como si fueran amigos cercanos.

Juan come poco. Ensalada, pasta, salmón y sushi son sus platos recurrentes. Hace deporte, trota y salta lazo varias veces a la semana. Hace ejercicios de calentamiento en su garganta, vaya o no vaya a cantar. No existe un día de su vida en el que la disciplina no atraviese sus hábitos, para la comida, para el de- porte, para la familia, para la música. Se levanta temprano, re- visa noticias y actualidad del mundo, lee un poco, entra en su guarida de inspiración, su home studio, donde tiene sus instru- mentos, sus pedales, amplificadores, un cuadro de Bob Marley, otro de The Beatles, una obra artística de Cristóbal Gaviria, un medidor de humedad que parece un reloj y que en realidad usa para recordarse que el tiempo no existe, la figura de un astro- nauta y una bandera de Colombia engalanando una de las pa- redes principales. Se encierra allí a pensar, a estudiar armonía, melodía, fraseos, contrapunto, sigue siendo un alumno de la música, toca la guitarra, tararea y crea universos que para mu- chos son desconocidos. Nunca se opacan sus ganas de aprender música, poesía y composición. Allí, en su refugio artístico, pasa una jornada de trabajo común y corriente, luego, disfruta de su familia, de los juegos, las tareas, las series y la compañía que le ensancha el corazón.

Queda muy poco tiempo para que Juanes celebre su quincua- gésimo aniversario, y ese número, el 50, ha sido un itinerario valioso de pérdidas, coincidencias, aprendizajes. Ha vivido 50 agostos desde el año 72, más de 18.000 días, con minutos, se- gundos, amaneceres, caídas de sol, tristezas, muchas alegrías y canciones compuestas, coreadas, lloradas, y hasta fallidas. Cumplir 1.577.836.800 segundos, medio siglo, parece que no es tan malo, de hecho es bueno, pues trae consigo la madurez de vivir de las cosas simples y de disfrutar la vida de verdad. Por eso, ahora Juan se encuentra en el lugar en el que siempre quiso estar, con la tranquilidad y el amor de su familia en el bolsillo derecho y con la música y su guitarra en el izquierdo.

Ahora, luego de premios, reconocimientos y aplausos sin idioma, se le puede mirar a los ojos para entender que cada día envejece con la misma elegancia con la que toca la guitarra, con virtuosismo, sin afán, nota a nota, saboreando los acordes me- nores, mayores y disminuidos, como cuando cantaba frente al espejo escuchando a Prince y Van Halen, como cuando empezó a agarrar la guitarra por primera vez y ni alcanzaba a recorrer todo el diapasón.

Escucha más de lo que habla, oye más de lo que crea y le huye con destreza a la petulancia que dan los flashes y las luces. Le encanta escuchar a la gente, adora entender los diferentes pun- tos de vista, ideologías, religiones, y hasta pensamientos con- trarios, él solo se retira los anteojos de la cara, hace carrizo y escucha con atención, y a veces también pregunta.

A sus casi 1.577.836.800 segundos de vida sigue siendo su- persticioso, está atento a las señales que le da la vida, la coti- dianidad. Aún le pide la bendición a su mamá, sigue besando el crucifijo cada que algo bueno le pasa, y se le ve con los guantes rojos de boxeo, apretados, firmes, relucientes y listos, pero no para golpear mandíbulas, ni para dar derechazos al pecho o las encías, sino para defender sus sueños con honestidad y valen- tía, para reafirmar que se puede escuchar a Slayer y a Los Vis- conti, el tradicional grupo de música de cuerda argentino, y no hay problema alguno.

Hoy Juanes tiene el pelo hasta los hombros; es espeso, liso y castaño. La barba que rodea su boca y mentón se pinta de expe- riencia con algunas canas brillantes. Conserva la mirada dulce de un niño, con el ojo izquierdo diametralmente más pequeño que el derecho. Sus cejas pobladas enmarcan su cara, le dan carácter y seguridad. Antes, hace años, su ceja izquierda era custodiada por una joya de plata, ahora solo queda la cicatriz escondida tras el pelo. Frunce el ceño para escuchar, para analizar y para eje- cutar la guitarra en algún solo repleto de complejidad.

Ese aspecto físico de Juan ha cambiado, como un camaleón, con el paso del tiempo, de las canciones, de los conciertos. Pasó de su niñez en sobrepeso a un estilo wild rock, con pantalones cortos, botas, sin camisa y cabellera lisa que le llegaba hasta la cintura; también lo llevó corto al estilo militar, que dejaba ver un remolino en la mitad de su cabeza, y en otro momento, lució el peinado de Elvis Aaron Presley con cera y estática.

Tiene manos hábiles, activas, y el silencio prudente de un héroe satisfecho. También conserva las marcas de la juventud y adultez, los tatuajes indelebles que construyen su arquitectu- ra, siete tatuajes que son amuleto y ADN: una j, un ojo, un toro, unas flores de todo el brazo que acompañan un tribal juvenil que lleva por muchos años y el rostro detallado de su padre y de su madre en cada antebrazo. Además, como casi siempre, tie- ne la guitarra en brazos; no es algo exclusivo de los escenarios o estudios de grabación; en casa, oficina o sala de ensayo está a su lado y le brinda una eterna juventud que más de un mortal admira y añora.

Tiene el amor de su familia entera. De su madre, Alicia Vásquez, una mujer que siempre lo espera, en el mismo sofá, con el mismo abrazo y el pelo blanco de la experiencia y el cariño. Tiene también el recuerdo nostálgico y agradecido de Javier Aris- tizábal, su padre, que ya no está, pero que lleva en su mirada y en el recuerdo de todo lo que trabajó de sol a sol sin descanso para que su familia estuviera bien. De sus hermanos, Jose, Luz Cecilia, Jaime, Mara y Javier, las ramas florecidas y siempre co- loridas de ese frondoso árbol familiar que está para las buenas, para las malas y para todas siempre.

Tiene el amor de tres mujeres, su esposa y confidente Karen Cecilia, una luz que lo acompaña con cariño en la oscuridad y en el resplandor del sol, y sus dos hijas, con nombres dedicados a la libertad y a la reina del cielo, Paloma y Luna, y además, el cariño de un aventurero hijo, Dante, que ahora incluso también se atreve a cantar.

Todos le enseñaron a ser un hijo generoso, calmo, un hermano ejemplar y un padre excepcional que deja de ser famoso para ser tan humano como los demás. Se le ve feliz, aunque los momentos felices también serán un poco tristes en cierta medida, por las ausencias de personas importantes, por los abrazos que no vol- verán, en su mente siempre su padre y su hermana Luz Cecilia. La guitarra es su refugio, para hablar, para respirar, para soñar despierto. De hecho, desde muy niño, la guitarra era su compa- ñera en el baño, como fuente de inspiración o como compañía, eso solo lo sabrá él, pero ahí estaba siempre. Por eso, cuando Juan no tiene la guitarra en sus manos pierde los poderes, los mismos que lo hacen gigante y extremadamente humano. Y más que una extensión de su cuerpo, la guitarra es el amor que les cambió la vida a él y a todos sus fanáticos.

Juanes hizo lo que muchos hombres intentan y pocos logran: arriesgarlo todo, empezar desde cero, lanzarse al vacío con do- lor en el estómago, cerrar los ojos y enfrentar fantasmas, hu- racanes y tormentas. Hizo lo que muchos hombres intentan y pocos logran, perseguir el sol y no herirse, no quemarse ni ver su universo arder; por el contrario, brillar y lograr un sueño tan difícil de alcanzar como el mismo sol.

¿Qué pasaría si uno decidiera vivir la vida de Juanes? ¿Resis- tiríamos las entrevistas, los ensayos, la crítica, la impotencia por no poder componer, la soledad, ver pasar la vida a través de ventanillas de avión en un tránsito lento, la radio, la televi- sión, no tener a qué cantarle, los aeropuertos, los trayectos in- terminables, las pruebas de sonido, el miedo a los vuelos, ver a los hijos crecer a través de una pantalla, las giras dilatadas, no dormir, el dolor en las manos y yemas de los dedos, no olvidar la habitación de hotel de cada noche, habitación 305 en Roma, 202 en Ciudad de México, 1024 en Montevideo, 456 en Viña del Mar, 578 en París, 2023 en Hamburgo, o la 377 en Berlín? ¿Re- sistiríamos todo esto sin perder la cabeza? Todo esto, y mucho más, compone el croquis mental y emocional de un músico que parece no estar cansado, sino rejuvenecido con sus propias can- ciones y sus propios conciertos.

Juan está en Medellín, en su ciudad, en su casa, aunque su verdadera casa es allá donde ocurre el instante mágico y reli- gioso que le ha cambiado la vida en su carrera como artista, el momento en el que afuera todo es ruido blanco, todo es euforia y furia, corazones latiendo, primeras veces, abrazos, besos y magia. Ese instante mágico es antecedido por su soledad en un cuarto cómodo y tranquilo, repleto de comida y bebida que no serán usadas. Allí estira sus brazos hacia el techo, gira su cabeza de lado a lado, y con su boca, crea un motor de aire en su garganta para calentar su voz. Luego, toma la guitarra, hace escalas pentató- nicas en La, Sol, Do, sube y baja, jugueteando por todo el mástil arce de su guitarra Sadowsky de 22 trastes, cuerpo color madera, pickguard blanco y dos humbucker y un micrófono sencillo, que le regaló con cariño Juan Luis Guerra. Eso, mientras sus otras amadas, en silencio, colgadas en su estudio, o en otras manos y otras paredes, esperan celosas su anhelado turno; su adora- da Cecilia, su primera Fender Telecaster que donó al Hard Rock Café en Bogotá; la Fender Telecaster con la bandera de Colombia en luminoso confeti amarillo, azul y rojo; la Stratocaster negra con sonido rocanrolero que extraña y que dejó ir en las manos de un fan solo por no apegarse a lo material, y la Fender blanca con el puente más pegado a las cuerdas, sin dejar de hablar de la Gibson Flying V, famosa por su versión de “Seek and Destroy” de Metallica en pleno festival Rock al Parque en Bogotá. Todas las guitarras a la espera, mientras esta, la de color madera que- mado, se siente única en los brazos de un soñador.

De repente, llaman a su puerta, es el momento del show; los músicos entran, todo es risas y deseos de hacer buena música, unas palabras, una plegaria, los ojos cerrados mirando a la nada, a la oscuridad, un abrazo, unas manos que ansiosas se juntan, un grito eufórico que se confunde con el bullicio de afuera. Luego, se asegura de llevar en su cuello o en su bolsillo la camándula de plata que le dio su madre, el amuleto sagrado para que todo sal- ga bien. Se cuelga en el cuerpo la misma guitarra, sale corrien- do perseguido por las cámaras, oscuridad, gritos, más gritos, luces, nervios, felicidad, euforia, el escenario con toda la gen- te mirando alrededor, no ver nada, pues no se consigue enfocar a nadie en ese oleaje de felicidad, algo así como estar flotando entre nubes, en movimiento, excitación, palmas y puños arriba. Luego, algunas luces se encienden, los letreros con corazo- nes y el nombre “Juanes” aparecen por todo lado, mientras la respiración se agota cada vez más. Sus amigos, su familia, su país, hasta el mismo presidente de Colombia, están atentos a que lo que diga y haga lo haga bien, a que no se equivoque, a que el acorde y el solo estén en la escala tonal. Pero nada de eso im- porta, pues luego de esperar, de la ansiedad y el sudor, suenan las baquetas, la guitarra; sale Juanes aferrado a su guitarra con la mano izquierda; con la derecha, su dedo índice apunta al cielo y luego al público, y por fin, música, su música.

Ahí arriba, en su lugar preferido, Juan nunca está solo, siem- pre hay muchos cables por todo lado, pedales para las guitarras y el bajo, amplificadores de todos los tamaños, conectores de todos los tipos y cintas verdes y naranjas reflectivas, señalizadores para no caer al vacío en medio de una canción. También corriendo de acá para allá, hay muchos hombres vestidos de ne- gro que están pendientes de todo, de lo bueno y de lo que puede fallar; todo su equipo técnico, roadies, ingenieros, y Jose Pablo, su guitar tech, quien desde hace muchos años cuida sus guita- rras, las limpia, las afina, las deja a punto para que todo suene como debe sonar. A un costado del escenario, siempre está Rafa Restrepo, su mánager, su mano derecha e izquierda, sus ojos fuera de lo musical, y Jose Aristizábal, su hermano, su corazón en los negocios y fuera de ellos.

También en algunas ocasiones, Karen, Dante, Luna y Paloma, su familia, están de cerca gozando orgullosos cada una de sus canciones. Lo acompañan sus amigos, los que le han ayudado a ponerles música a sus sueños. Emmanuel Briceño, Juan Pablo Daza , Felipe Navia, Marcelo Novati y Richard Bravo; Daza y Na- via con chaquetas color mostaza; Emmanuel, Richard y Marcelo con camisetas blancas, y Juanes de negro, por completo, todos con sus instrumentos aportando para que él brille.

Esos cuatro amigos, esos cuatro músicos y otros tantos que han pasado por este viaje de paracaídas y vueltas, viven al lado de él más tiempo del pensado, se alejan de sus familias, dejan de comer en sus comedores y de dormir en sus almohadas, dejan de hacer su vida privada para hacerla pública y se la juegan toda, hasta el último coro, el último solo, la última nota, para hacer de un concierto un momento que le cambie la vida a la gente.

Felipe, en el bajo, lo mira de reojo y baila sin dar pasos, en una sola baldosa, con el bajo aprisionado en la parte derecha de su cuerpo. Juan Pablo, con su guitarra acústica, salta de un lado a otro y mueve la boca cada vez que ejecuta una melodía. Richard sonríe con las manos calientes de tanto darles a los cueros. Em- manuel no desampara vocalmente a Juan, está siempre ahí para hacerle la segunda o la tercera voz, y Marcelo no se quita los len- tes, así sea el fill más complejo de batería.

Juntos crean una energía tan poderosa que espanta todo lo malo, que se convierte en vapor y en ondas sonoras que viajan por el aire, que se inmiscuyen sin permiso en los recovecos de- lante y detrás del escenario, que van por el suelo asfaltado, por el aire frío y caluroso, que se meten en amplificadores y radios de los productores y técnicos de escenario y seguridad, viajan a toda velocidad, llegan a camerinos, baños, techos, puertas y, de repente, rodean esa banda grandiosa y salen disparados ha- cia adelante, en una velocidad no calculada, ochenta, noventa o quizá cien kilómetros por hora, retumbando fuerte en el pecho de muchas personas, y es ahí que ocurre el instante mágico que cambia todo para siempre.

Luego de unos minutos ya todo es emoción y risas, no hay miedo, ni ansiedad, sino disfrute; de hecho, muchas cosas se olvidan ahí, en ese espacio de 22 de boca por 19 metros de fon- do que enceguece. Ahí en ese lugar todo se olvida, no recuer- das nada por un rato, las luces te encandilaron, el corazón saltó tanto que no quiere recordar; al final solo llegan los abrazos, las felicitaciones y las preguntas de los músicos, técnicos, mána- ger ¿Te gustó? ¿Estás feliz? ¿Cómodo? Y las respuestas de él solo pueden ser preguntas: ¿Sonó bien allá afuera?¿Te gustó a vos? ¿Estaba feliz la gente?

Ese es su lugar, un territorio sin geografía, su hogar, su ciu- dad, su familia, su vida, su corazón, su principio, su final, su todo. Sin embargo está acá, en Medellín, y no en Bogotá, ni en Madrid, ni en Los Ángeles o Miami, ni Ciudad de México, Guaya- quil, Barcelona, Mónaco, Buenos Aires, o cualquier otra ciudad que siempre lo recibe con brazos abiertos, aplausos y cámaras grabando cada movimiento. Está en Medellín, la misma ciudad de la que se despidió con algunos dólares en el bolsillo luego de vender sus pertenencias, llevando solo una maleta color naranja repleta de discos y algunos libros, y una guitarra para pelear por su sueño de vivir de la música y hacer de su vida una canción.

Por eso esta ciudad es suave como el peligro, pues en ella hay un amor inconmensurable, una fuerza descomunal, tantas opor- tunidades valiosas, pero también, una carretera tan destapada que en la oscuridad puede ser letal. Esta es Medellín, la ciudad que aún tiene una cicatriz abierta, sangrante, dolorosa, y que de vez en cuando camina por sus calles, en silencio, en complici- dad sigilosa para recordarnos que las cicatrices son eso, marcas que nadie borra.

Esta, la ciudad de Juanes, es un hermoso poema con verbos llenos de rabia y analogías repletas de amor, dos tazas de nos- talgia por una de alegría, tonos blancos y negros, olor a formol y a flores primaverales, amaneceres con la calma del sol y atarde- ceres con el terror del sonido de la guerra. Sus calles empinadas construyen el croquis de una ciudad de eternos trabajadores, de manos capaces de levantar el mundo, tirarlo hacia arriba, sa- cudirlo y volverlo a poner en su lugar. Es una ciudad con aliento trasnochado y sobredosis de dolor, de sueños, pesadillas, amo- res y odios. Encapsulada entre montañas agrestes, profundas y coloridas. Aquí, en este valle, se cuentan las mejores historias de superación, porque eso ha sido la ciudad, un ave fénix entre carros bomba, muertes a diestra y siniestra, droga, ambulancias sonando sus sirenas a todo volumen y la esperanza de un pueblo que no se dejó asustar.

Sin embargo, Medellín es algo más profundo que el miedo, los estallidos y el horror, y desde esa profundidad delirante y valiente emerge, como las nubes al viento, Juanes, un hombre que nunca termina de aprender y que se convirtió en un símbo- lo de paz en medio del bullicio y la desesperanza de una ciudad adolorida por la guerra.

El pasado de esta ciudad se vistió de poncho, se cubrió del sol con sombrero y transportó todo tipo de accesorios minúsculos y decisivos en un carriel; sus montañas fueron martilladas por millones de pisadas de mulas fuertes cargadas con café, papa y maíz, y su música fue la celebración, el agradecimiento, el oxígeno que les siguieron a los fuertes días de trabajo en el campo al lado del ferrocarril, con el sonido de una guitarra destempla- da y con el sabor fuerte del anís de un aguardiente que hace al corazón saltar de alegría. Además, la ciudad se pintó de moder- nidad, transformó su realidad en rebeldía y convivió con la es- tridencia, las crestas de punkeros, el pelo largo de metaleros y el rock como banda sonora que también tuvo el apellido Medellín. Es una ciudad que de miedo se lanzó al vacío, pero antes de caer al suelo extendió sus alas, sacudió el polvo, la esquizofre- nia, la duda de mirar por la ventana o salir a la calle, la incer- tidumbre, el pavor, y voló tan alto que incluso fue la semilla enraizada para contar la vida de un hombre que es el símbolo y la inspiración de Medellín.

Medellín es suave como el peligro, pero es una ciudad con tan- ta fuerza, con tanto amor y tantos sueños, que es acá, en medio de estas montañas que tocan el cielo, y ese atardecer, como un maquillaje aplicado a toda prisa, rojizo, anaranjado, hermoso, que ya se esfumó, donde empieza esta historia, la vida de Juanes.

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