Opinión

Tocando tierra

Noticias de la otra orilla

Por:
octubre 21, 2017
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Tocando tierra

Ocurre muchas veces que poetas que uno conoció en algún momento de su vida, que celebró leyendo sus asuntos, de un momento a otro desaparecen, se ocultan, o dejan de escribir. O pasan a otra cosa.

Y sucede también, por otra parte, que otros poetas que uno quisiera no volver a leer ya más, que quisiera que desparecieran, que se olvidaran de la literatura, son por el contrario un raro ejemplo de constancia y persistencia; están ahí dándole disciplinadamente a las palabras de forma inmisericorde sin que lleguen más allá de lo apenas legible.  O, quién lo creyera, dando finalmente en el clavo. Así es.

Tengo un ejemplo del primer caso que lamento haya sido así, porque nos hemos perdido ya muchos años de leer sus buenos poemas. Se trata de un arquitecto cartagenero que publicó a comienzos de los años 80 el poemario Tocando tierra, y algún tiempo después un estupendo libro de relatos titulado El Teatro de los acontecimientos.

Como en otras ocasiones, buscando algo en mi biblioteca personal siempre me tropiezo con otra cosa que termina ganando mi atención. Sucedió esta vez con este poemario que menciono de Javier Hernández García del que repito lo que alguna vez ya dije

Un poemario provocador e inquietante.  Un trabajo que demuestra laboriosidad en el decidido ejercicio de un lenguaje sin demasiados aspavientos, querido así porque parece el producto de una operación creadora de la que podemos descartar toda improvisación.

 

 Es el espacio de una Cartagena íntima,
no turística, no de almanaque,
vista como desde alguna ventana de la infancia

 

 

Es un libro desconcertante en algunos aspectos.  Es una manera de asumir la cotidianidad de una forma menos fragmentaria y nebulosa y, en cambio, sí de un modo más fluido y recreador.  Hay en él una unidad no sólo lingüística, sino de ámbito, de atmósfera.  Es el espacio de una Cartagena íntima, no turística, no de almanaque, vista como desde alguna ventana de la infancia, y vuelta a mirar años más tarde desde otra esquina de la vida, pero sin los pecados de la sensiblería.  Gran parte de sus elementos son particularidades conexas de un mundo abrumado por la cotidianidad y recuerdos mirados por encima del hombro.

“… para empezar por el principio/no sobra destacar que las calles/de mi barrio han sido concebidas/ con gran rigor rectangular. /De menor a mayor cuantificadas/y del este hacia el oeste,/lo que traducido a términos concretos/ va del mar a la bahía/ y de la escollera al caño, geometrizan /el desperezo de los núcleos familiares: padre incircunciso y circunspecto, laboriosa/madre y quejumbrosa, prole de tara/hacia el futuro: equidistancias/por entre las que ahora voy,/dispuesto a no atascarme/en aquello que no me incumbe/hasta la parada del bus./Previsión que se atolla pocos pasos/adelante, pues que en esta barriada impecable son día a día más perros/los perros…”

 

Hay en el libro
una clara resonancia
que recuerda en algo
 al Tuerto López

 

Por otra parte, hay en el libro una clara resonancia que recuerda en algo al Tuerto López, y esto, lejos de ser un inconveniente, lo vemos como una influencia asumida con dignidad, decantada por una visión más joven, un aliento más extenso, una sorna menos evidente, y por supuesto, un tono moderno.  Esta es, pues, una Cartagena vista no desde el ventajoso estrabismo del gran Tuerto, sin sus violentos giros de picardía y punzante ridiculización, sino desde una perspectiva más personal, más íntima, pero también de una muy inteligente ironía.

“… Al llegar pidiendo melcocha de panela, /a un oligofrénico benigno/nadie abrió la puerta./ Cayó del telón sobre el escenario/de repertorios cotidianos/donde cinco baldosas y media sobran/y bastan para fundar un hogar, incluidos/juego de sala y comedor, patio de gallinas,/un marinero de trapo con su novia de raso/y una estufa de latón,/teatro de infantes casadas con el doctor/después de la consulta, ensayistas/de la dramaturgia de ser mujer/cabal, paloteando cocinas/hasta ahumar la arroz…”.

El lenguaje de todo el poemario de Javier Hernández es altamente prosaico, pero respaldado por una retórica distanciada y crítica, llena de cotidianidades igualmente prosaicas y de impresiones ciertamente poéticas, que es lo que lo acerca a López y constituye uno de sus varios aciertos.  Ese prosaísmo bastante marcado puede, en un determinado momento de la lectura, provocarnos alguna desconfianza; pero sumando cosas en el poema, y poemas y cosas en el poemario, llegamos a la orilla.  Tocamos tierra.

Si leemos detenidamente el poema “Anteproyecto”,  nos damos cuenta que en él expresa lo que pudiéramos llamar el Ars Poética de Javier Hernández: “en 1946 Eluard escribía / para empezar citaré los elementos / tu vos tus ojos tus manos tus labios, / en junio de ese mismo año / acá en medio escribían / gastos mercancías / pago mensualidad /       entrada del mes /   pasan          vienen /  débito                páguese /       Créditos Winston Mantilla & Mantilla, / y tú redactabas, de madrugada todavía / arroz un kilo / caja de galletas frescas de soda /       salchichas / compuesto / habichuelas / ahuyama (si encuentras barata). / En junio de 1980 / a manera de vindicación, pongamos, / edípico-literaria, / el hijo de tales prosistas / va a producir versos de apegos y desaires, / de tal manera que incluyan débitos y alcachofas, tan buenos y peores / que los de Paul Eluard / o mejores que los de cualquier otro / dedicado a algún tipo de inventarios también / cotidianos.”

 

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