Tiempos de extrechez y suma pobreza

Quedó claro: la forma de producción capitalista, que sacrifica lo social por lo rentístico, ha hecho que el planeta no sea un lugar generoso para la humanidad

Por: Mateo Malahora
abril 17, 2020
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Tiempos de extrechez y suma pobreza
Foto: Leonel Cordero

La sistémica hambruna en que viven más de mil trecientos millones de personas que subsisten en condiciones de bajos niveles de vida y severa desigualdad social son certidumbres, irrefutables, de la pobreza global, máxime que la ONU advierte una implacable penuria mundial después de la pandemia.

La identidad humana, que nos distancia de los animales, no difiere simplemente porque seamos seres humanos, sino porque, en teoría, podemos vivir en condiciones sociales, económicas y culturales civilizatorias. No descendimos de los árboles para caer postrados en la degradación.

¿Cómo admitir que cuatro o cinco familias sean las dueñas del universo y el mundo crea que la civilización les pertenece?

¿Cómo aceptar que haya países donde la educación y la salud sean negocios y sus servicios sólo se faciliten a las personas que puedan pagarlos, rompiendo el principio de igualdad de oportunidades que debe existir para todos los ciudadanos? Sin que desaparezca el modelo productivo vigente, se pueden democratizar los servicios.

La escasez crónica de alimentos de quienes se ven obligados a pasar la vida con suma estrechez y pobreza no es consecuencia de la suerte.

Ya, Carlos Marx, con insuperable sarcasmo dijo: “Los pobres son, en verdad, tan poco provisorios que vienen al mundo sin una cuchara de oro en la boca”, y, es evidente: la pobreza es una institución social establecida por las estructuras del poder dominante.

Intermon Oxfan, una ONG que no puede ser estimada como antisistema, señala: “…vivimos bajo gobiernos que funcionan para favorecer al 1% de la población mundial”. Es decir, el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el 99% restante de las personas del planeta. Y, causa estupor, que en los Estados Unidos una población, igual a la de Colombia, deba hacer cola para sumarse a las fila de los pobres.

Desesperanza produce que esto ocurra cuando la humanidad dispone de los más grandes recursos tecnológicos de su historia para producir y, la distribución de la comida, es exageradamente desigual, mientras hay países que otorgan inmensos subsidios agropecuarios para incrementar la producción, lo que constituye un atentado contra la economía de los países necesitados.

Sin contar con la pandemia, cada día mueren 25.000 personas adultas y once niños por minuto en el mundo. El hambre tiene manos y mercados criminales identificables.

De nada han servido las cumbres mundiales para superarla y no se han considerado las propuestas de crear impuestos al comercio de armas, erradicar los paraísos fiscales, abrir mercados a las exportaciones de países pobres, suprimir los subsidios agrícolas en los países ricos y condonar, no suspender, la deuda externa, como lo ha propuesto el Papa Francisco.

El reparto voraz de la riqueza mundial ha crecido de manera irritante, como se observa en los gestos de los dueños del mundo que, “generosamente”, se despojan de dádivas multimillonarias para paliar la peste y que, a la vuelta de la esquina, recobrarán con creces, eludiendo impuestos y apropiándose de los mercados.

Si observamos las diferencias de las rentas entre la quinta parte de los habitantes que viven en los países más ricos y la quinta parte de los habitantes que lo hacen en los países más pobres, tomando los datos de 1990, alcanzaban una proporción de 60 a 10 y la relación entre las rentas per cápita del país más pobre del mundo y el más rico era de 72 en 1992 (ONU, 2019).

Mientras esto ocurre, en la mayoría de países de Latinoamérica, los presidentes repiten, ostentosamente, al igual que los ministros, gobernadores y alcaldes, que lucharán por el bienestar de las gentes, sin que expliquen la naturaleza política de ese bienestar.

Tampoco podrán explicar en qué consiste su retórica de alcanzar el ‘progreso’ que, como se observa, oculta engaños, artimañas y astucias.

Otro mundo sin hambre es posible.

Salam aleikum.

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