Terminará primero el año que el paro nacional

Acá no se levantó una agencia política, sino una generación de colombianos que se sienten sin futuro y han encontrado la esperanza en su propia unidad

Por: Campo Elías Galindo Alvarez
diciembre 10, 2019
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Terminará primero el año que el paro nacional
Foto: Nelson Cárdenas

No termina aún la jornada de protesta nacional iniciada con el paro del 21 de noviembre y que puede convertirse en un punto de inflexión en nuestra historia política contemporánea. En ella se ha expresado multitudinariamente una ciudadanía civilista y democrática, que no se dejó manipular por los miedos ni las estigmatizaciones que precedieron las marchas, y después de ellas, está denunciando la guerra sucia que se ha desatado para reprimir y deslegitimar la movilización.

Las fuerzas más retrógradas del establecimiento colombiano, bien posicionadas dentro del alto gobierno, desarrollaron todo un plan que los ciudadanos hicieron trizas en las calles el 21 de noviembre. La dirigencia nacional no ha sido capaz de leer ni de entender los cambios que están ocurriendo en la sociedad, por ello, al tratar de contener sus expresiones libres y legítimas, se hunde mucho más en su propia crisis moral e intelectual. El gobierno de Iván Duque acaba de sufrir una derrota que lo marcará hasta el 7 de agosto de 2022. Ha quedado en evidencia ante millones de colombianos que aún lo dudaban, su ineptitud para resolver los grandes problemas nacionales, pero también mostró su cara represiva y su complacencia con los métodos delictivos que se utilizaron para desprestigiar la jornada en las grandes ciudades promoviendo el pánico colectivo.

Iván Duque fue lo menos peor que nos pudo ofrecer el Centro Democrático en las pasadas elecciones presidenciales. Los partidos políticos del viejo país se unificaron alrededor de su candidatura como una tabla de salvación cuando se sintieron naufragar, y ganaron la presidencia escondiendo su verdadero programa de reformas antipobres, incluso tomando a préstamo algunas proyectos del contradictor que tenían al frente. Pero este año, además presionados por la Ocde, les tocó sacar las cartas que tenían ocultas, como el “paquetazo” laboral, pensional y tributario.

Colombia vive hoy una dualidad marcada. Hay un país, el de las élites, que se resiste a entender la época presente; es el país de los arrogantes que nos siguen mirando por encima del hombro, que apelan al miedo y al engaño para mantener a raya a las mayorías. En la coyuntura del paro del día 21 y los siguientes emplearon una combinación de amedrentamiento directo con una guerra sicológica torpe que en lugar de cumplir sus objetivos, desnudó aún más el proyecto autoritario que inspira al gobierno y su entorno de asesores. Bastaba un simple teléfono móvil para visualizar las mentiras oficiales sobre cantidades de marchantes, la brutalidad policial, las incoherencias en las declaraciones, los montajes y las omisiones inexplicables, en fin, todo un escenario ajeno a los valores que por Constitución Política obligan a las autoridades. Pocas veces, quizá desde los días de Turbay Ayala, un gobierno había desnudado tanto su bajo perfil.

El otro país, el país gobernado, supo dar una lección de democracia que hasta hoy no asimila la contraparte. Duque quisiera ganar tiempo pero la movilización popular lo acosa, el reloj corre en contra suya; habla de “profundizar el diálogo social” y convoca “conversaciones nacionales” para evadir una negociación directa con el único vocero legítimo de las protestas, el Comité Nacional de Paro.

El gobierno vive pues, un momento de desorientación. Estaba avisado desde Ecuador y Chile, pero nunca supo de qué se le hablaba. En el escenario que se abrió necesariamente viene dando palos de ciego, no solo por su propia incapacidad sino ante todo porque lo que ha estallado es un cúmulo de descontentos que rebasan ampliamente sus 16 meses de mandato. Fuera del desmonte de los acuerdos de paz, todos los problemas que han salido a las calles tienen largas historias de implementación. Es evidente que no fue en el cuatrienio en curso cuando se iniciaron los asesinatos de líderes sociales, los ataques al salario y los derechos laborales, a las pensiones y a la salud, ni cuando empezaron las privatizaciones y la corrupción. Hay una indignación represada desde que entraron a fondo las políticas neoliberales en el siglo pasado, pero bloqueada por los miedos y la guerra sucia que ha practicado el establecimiento al amparo del conflicto armado interno. Por eso el lema de los jóvenes marchantes es muy sabio cuando dice: “Nos han quitado todo, hasta el miedo”.

Frente a un represamiento tan grande de problemas, quizá lo verdaderamente nuevo sea el agotamiento de la capacidad de maniobra de las élites gobernantes, frente a unas ciudadanías jóvenes y bien informadas, que a la inconformidad por la pérdida de sus derechos, suman la que les produce las mentiras y la manipulación grosera con que se les quiere reprimir y controlar. El ejercicio de gobierno en esta coyuntura de crisis tiene mucho de circo, y no se corresponde con un país articulado por redes sociales, que se informa y se expresa en tiempo real. No solamente personajes pintorescos como la senadora Fernanda Cabal hacen el ridículo cotidiano; también el propio presidente Duque y otros altos funcionarios son “comidilla” diaria por sus salidas en falso. El humor popular se alimenta por estos días con la crisis de la clase política y su gobernabilidad hecha trizas.

Pero la comedia ha tenido también la cara de la tragedia, la de la violencia que no han podido ocultar los medios de comunicación, fotografiada y filmada en vivo y en directo por centenas de cámaras. El Esmad, un cuerpo represivo adscrito a la policía nacional que lleva ya a cuestas muchas vidas de jóvenes desde que se creó en 1999 como parte del Plan Colombia, reincidió esta vez dando muerte al bachiller de 18 años Dilan Cruz en el marco de una manifestación pacífica. El presidente y el ministro Holmes han salido a justificar el asesinato afirmando que el arma utilizada es convencional y de “baja letalidad” según los manuales antidisturbios; se refugian en los manuales para presentar ese homicidio como accidental y ponerse a salvo de acusaciones graves que ya se hacen.

La arbitrariedad del gobierno y sus agencias ha sido la constante desde antes del día 21. Duque persiste en apagar el fuego con gasolina; no entiende al interlocutor que tiene al frente: una ciudadanía joven, indignada y con capacidad de reacción. Como hizo su par chileno, el presidente busca ganar tiempo; entiende que la algarabía decembrina que ya llega, estará de su lado y le dará un respiro que buscará aprovechar lo mejor posible. Está en la mitad de un fuego cruzado donde le disparan los “buenos consejeros” de la Ocde, los tiburones de los fondos privados de pensiones con Sarmiento Angulo a la cabeza, las multinacionales de la gran minería, el expresidente presidente y sus bancadas guerreristas, la fracción descontenta de su propio partido, la cúpula militar, y hasta el vigilante secretario de Estado Mike Pompeo ya le ha ofrecido su apoyo. Duque tiene múltiples presiones, pero todas para que se mantenga en sus políticas; está “trancado” por todos los lados y en esa medida, sin margen de maniobra alguna para negociar con las ciudadanías que se han levantado. Él mismo, carece también del talante de estadista que le permitiera salirse con la suya y poner a cada quién en su sitio; era lo “mejorcito” que nos podía ofrecer el “peorcito”.

Por lo tanto, el conflicto en los términos en que está planteado, no tendrá una solución de corto plazo. Tendrá flujos y reflujos como todos los movimientos sociales, pero amenaza convertirse en una batalla de duración larga, que se extienda hasta las elecciones de congreso y presidencia en 2022. Es sintomático al respecto, y el presidente Duque como vocero máximo del establecimiento no ha podido ocultarlo, que su mente se traslade hasta ese año cuando ve las calles repletas de marchantes. Esa “bestia negra” que en sus delirios se le aparece, se llama Petro, para ellos el “pirómano” que tiene incendiado al país, financia las marchas, corrompe a los niños lanzándolos a la turba, y busca “ganar con la violencia lo que no ganó en las urnas”.

Las marchas se repitieron el 4 de diciembre; menos numerosas pero también multitudinarias, mostraron a una juventud ávida de calle y de libre expresión, que mantendrá el despliegue de su fuerza creativa hasta que inicie el receso navideño. Hasta aquí, el balance de las jornadas ofrece pocos resultados en materia de reivindicaciones concretas; más bien, lo que está ocurriendo es la aprobación apresurada por el Congreso de los aspectos del “paquetazo” que ya estaban radicados. En abierta burla a los participantes en el paro nacional, las bancadas de gobierno siguen adelante en el trámite de proyectos de ley tributarios, laborales y de otro tipo que están en contravía  del pliego petitorio.

Los primeros días de diciembre han sido claves para lo que viene, pues las cartas quedan jugadas para el mes de enero. Duque distrae el movimiento con la estrategia de las “conversaciones” no vinculantes con sectores que no impulsan las protestas, mientras sus bancadas parlamentarias aprueban las reformas y la fuerza pública reincide una y otra vez en sus arbitrariedades. Por su parte, el movimiento se fortaleció con la adhesión de un estratégico sector social: un importante grupo de artistas nacionales de amplio reconocimiento, ofrecieron un concierto multitudinario en la capital del país, sin precedentes por sus características políticas, su asistencia y su logística.

Estas festividades de fin de año serán distintas a todas las anteriores. En algunos lugares y ambientes se sentirán los ecos de las consignas, cánticos y chistes de los días precedentes. Un aire de expectativa se sentirá en la atmósfera decembrina, más teniendo en cuenta que enero es uno de los meses más ingratos para la gente pobre, pues llega cargado de alzas abusivas que en pocos días consumen los pírricos aumentos del salario que se anuncian antes de fin de año. Son días de indignación que esta vez podrían tener una válvula de escape en nuevas convocatorias a la movilización. Todo indica que 2020 empezará como terminó 2019; precisamente algunos de los emblemas del concierto móvil decían “El pueblo no se rinde carajo” y “Estamos llenos de razones”.

Las maniobras para retardar la negociación con el Comité Nacional de Paro,obviamente están confiadas en la desmovilización normal propia de la época, pero también tendrán su costo. Hasta ahora ninguna de las mentiras del gobierno y sus funcionarios ha quedado impune; ninguna argucia ha sido efectiva; hoy día Caracol y RCN no son la última palabra sobre nada; cada joven con acceso a internet decide su propia manera de informarse y además puede transmitir información. Es Duque y su círculo quienes al no entender esta situación nueva, insisten en maniobras que ya no funcionan.

Los pasados han sido veinte días de respiro democrático que no tenían precedentes en Colombia. El establecimiento carece hoy de líderes políticos que tengan la capacidad de dar la cara y afrontar el temporal. Lo que vienen haciendo es poner en tela de juicio la legitimidad del Comité Nacional Paro. Dicen apoyar por lo menos algunas de las reivindicaciones, pero les molesta sobre manera el protagonismo sindical en el movimiento. En esa dirección andan promoviendo encuestas que muestran supuestos descontentos al interior y reclamos por una dirección más moderada.

La respuesta de la dirección del paro no puede ser otra que el fortalecimiento del comité, ampliándolo a más organizaciones y más sectores movilizados; además porque es hora de pensar en grande y quien se ha levantado no es una agencia política, es una generación de colombianos que se sienten sin futuro y han encontrado la esperanza en su propia unidad y en sus propias razones.

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2003

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