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“Antes de suicidarse mi hija me preguntó si existían las ballenas azules”

Maylen Villamizar, una mamá cucuteña de 37 años no sabía del juego mortal en Internet de la Ballena Azul hasta que se enfrentó a la muerte de su hija de 13 años

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Mayo 08, 2017
“Antes de suicidarse mi hija me preguntó si existían las ballenas azules”

La pregunta no despertó la mínima sospecha. “Mamá, ¿existen las ballenas azules?”, quiso saber la niña.

-Existen y deben quedar pocas.  Están en vías de extinción.

Maylen respondió lo primero que se le vino a la cabeza y siguió en sus cosas. Pensó que sería una inquietud como tantas de su hija. Ni en la peor de sus pesadillas habría adivinado que su princesa, de solo 13 años, iniciaba una senda tenebrosa que desembocaría en tragedia.

Dos meses después, el 28 de abril, el cuerpo de la pequeña Maylen Lizette aparecía colgado de una soga. Quitarse la vida fue el broche final de un macabro juego que amenaza la vida de incontables menores alrededor del planeta.

Maylen Villamizar, de 37 años, la madre doliente, no tiene Facebook, le cuesta un mundo entender la tecnología. Sólo después de enterrar a su hija menor y escuchar casos parecidos, empezó a atar cabos. Recordó diversos episodios hasta concluir que a su pequeña la mataron las redes sociales y uno de sus desafíos de moda, la Ballena Azul. La primera pista fue la pregunta de marras; la segunda, una fotografía.

“El domingo 16 de abril le vi una foto en el celular (teléfono móvil) de cómo se ataba una soga para ahorcados, paso a paso. Le pregunté por qué la tenía y me dijo: “tranquila: es una foto que me mandaron”. La borró enseguida y me devolvió el celular. “Bueno, ten cuidado con eso”, le dije, y aunque quedé algo preocupada, olvidé el incidente con lo que siempre nos decimos, cosa de adolescentes”.

En 2013, en Rusia, sonó la primera alarma. Al menos 130 chicos se suicidaron siguiendo la ruta que marcaba la Ballena Azul, juego que circulaba en VKontakte (equivalente al Facebook en Rusia, muy popular entre adolescentes). Las autoridades descubrieron que constaba de 50 pruebas que los participantes debían ir superando. Arrancaban con cuestiones sencillas, como hacer un dibujo del animal, seguían con ver películas de terror un día entero, para subir el tono enseguida hasta pedirles acabar con su vida.

La madre de Maylen junto a la tumba de su hija en el cementerio de la Esperanza, en Cúcuta. SALUD H.MORA – ELmundo.es

En diciembre de 2016 la Policía detuvo a Philipp Budeikin, de 21 años, al que acusaron de ser uno de los cerebros detrás de la Ballena Azul. En entrevista con SaintPetesburg.ru, confesó que lo diseñó para “limpiar la sociedad” a la que dividió entre “gente y residuos biodegradables que no tienen valor”. Decenas de adolescentes con algún episodio depresivo cayeron en la trampa. “Murieron felices, les dí lo que no tienen en la vida real, calidez, comprensión y comunicación”, afirmó Budeikin. Y desde el punto de vista de sus víctimas, no le falta razón. Al menos eso cree Camila (nombre cambiado por seguridad), una de las amigas de la fallecida, de su misma edad.

“La Ballena Azul se siente sola, mal, no tiene el apoyo de su familia, como nos ocurre a nosotras. Por eso, de puro dolor porque nadie la apoyó, se va a un lugar lejano para salirse del mar y morir en una playa”, explica con inquietante convencimiento. “Nos identificamos con ella y al meterte (en esa red), una siente que hay personas que sufren como nosotras. Abres Aline Becerro en Facebook y entras al juego si te aceptan. Luego hay que mandar mensajes con las pruebas que te van pidiendo”.

Al teclear la mencionada dirección, aparecen advertencias acerca de su vinculación al peligroso juego. Una vez dentro, el perfil muestra el rostro de una atractiva veinteañera, que cuenta con medio centenar de seguidores, menores de edad.

Camila supo que su amiga pasó algunos retos complejos, como subir al tejado de madrugada 10 días seguidos y permanecer unos minutos en un borde. Otros, sin embargo, los rechazó. “Le preguntaron si era capaz de comerse 30 huevos crudos y dijo que con eso vomita uno”. También los había fáciles. “Todos los días debía tomarse una foto diferente y mandarla. Le pidieron que pintara una ballena”. Prefiere no desvelar si ella misma participa y hasta dónde ha llegado

“El éxito de esos desafíos es que se basan en el reto. Y el reto para un adolescente representa mucho; sobrepasarlo refuerza su autoestima, su sensación de poder y de fuerza, de control. La ballena azul le inscribe en una espiral de objetivos que le hacen ‘vivir’, irse probando, testando sus propios límites”, explica la psicóloga María Ruiz del Castillo.

A la muerte de Maylen Lizette habría que agregarle dos suicidios de adolescentes en San Pedro, población del Valle del Cauca, relacionados en principio con el mismo juego mortífero, si bien aún no está confirmado. El último, fallecido el 2 de mayo, apareció colgado de la rama de un árbol.

Si Maylen Villamizar aceptó la entrevista con Crónica, fue sólo para alertar a los padres sobre los peligros que entraña ese tipo de desafíos que difunde la red. “Mi hija no tenía celular, me opuse a eso siempre por las violaciones, y la trata de blanca que empiezan por Internet. Usaba el mío”, comenta Mylen, sentada en un banco del Parque Cementerio de la Esperanza, en Cúcuta, capital del Norte de Santander, al noroeste de Colombia, donde reposan los restos de su hija. “Yo veía su Facebook, me mostraba fotos de las dos. Y después de morir vine a saber que tenía abiertas tres cuentas secretas más”.

La Fiscalía espera acceder al contenido de todas ellas en las próximas semanas. Siguen varias líneas de investigación, entre las que figura la Ballena Azul, pero prefieren reunir todas las pruebas antes de arrojar una conclusión definitiva. Y en cuanto a las rayas hechas con aguja en el antebrazo izquierdo que presentaba el cadáver, no están seguros de que obedezca a uno de los retos más comunes que exige el desafío viral: hacerse cortes en los brazos y concluir tatuándose una ballena con cuchillas de afeitar.

“El CTI (Cuerpo de Investigadores de la Fiscalía) le preguntó a sus amigos (chicos) si jugaban y contestaron que no. Y claro que sí lo hacían”, aduce Maylen, madre de tres hijos, varones los dos mayores; su marido la abandonó al poco de dar a luz a la niña. Ahora trabaja en una empresa de apuestas. Los dos chicos estudian en Bucaramanga, capital de Santander, departamento contiguo, uno para ser policía y el otro termina bachillerato este año. Sólo vivía con la niña.

“Era muy apegada a mí, dormíamos juntas, era una niña dulce, una gota de miel, habladora, cariñosa. Hasta diciembre, en que se volvió un mar de inconformismo, a todas horas le veía esa arrugadera de cara porque era de día, porque era de noche”, rememora Maylen. “Si le decía: vamos hasta el parque”, respondía: “no tengo nada que ponerme, no voy”. En los últimos 15 días antes de morir, yo le fastidiaba. Si la besaba, se ponía rígida. Incluso quitó la foto de Facebook en la que estábamos las dos. Yo pensaba: es la adolescencia”.

Los cambios en el comportamiento de su hija, en los que pudo influir que su madre comenzara una relación sentimental, fueron acrecentándose en su casa a medida que avanzaban los meses. Varias noches la progenitora la sorprendió despierta en el salón, pegada a la pantalla del móvil. “Yo abría un ojo en la madrugada, alargaba la mano para moverla por una costumbre que adquirí cuando tuvo un problema de epilepsia, y me daba cuenta de que no estaba”, relata. “Me levantaba y encontraba las luces prendidas de la sala y ella con el celular. Decía: “Sí, sí, mami, ya voy”, y le veía cerrar ventanas de la pantalla con una agilidad impresionante. No podía saber cuánto tiempo llevaba despierta porque yo caía como piedra a la cama, cansada”.

En ocasiones se metía al Facebook de la niña para saber en qué andaba y su hija se molestaba. Pero nunca reparó en nada preocupante y tampoco le alarmaron las trasnochadas. Sacaba buenas notas en casi todas las materias, los profesores jamás daban una queja de su comportamiento, no notaba en las mañanas que se levantara muerta de sueño. Lo achacaba a su afán por hacer todos los deberes. Sin embargo, según la amiguita Camila, eran las horas destinadas a completar algunos eslabones de la cadena de desafíos, como el de subir al tejado de la casa, de sólo dos pisos, al que se accede por la cocina.

Desde que supo del juego, Maylen exprime sus recuerdos para hallar nuevas claves que arrojen luces. “En dos o tres ocasiones escuché en la noche que gritaba desde la sala: “ya cumplí el reto de hoy”. Le pregunté:”¿De qué hablas?”. Respondía con risas.

Un día la duda giró en torno al suicidio. “Mamá, ¿la gente que se suicida es valiente o cobarde?”.

-“Pues yo soy muy cobarde, yo no lo haría”, respondió la madre

-“Ah, ¿entonces tú piensas que son valientes?”, replicó la hija

-“No, sólo que no hay que criticar a la persona que haga eso”, precisó Maylen. “Le contesté así porque hacía poco un señor del barrio se había ahorcado y pensé que preguntaba por eso. Ahora que ya pasaron las cosas y es fácil deducir, cualquiera se alarma con todas esas preguntas”

Un detalle que entonces le causó curiosidad, pero sin vislumbrar riesgos mayores, fue un aluvión inusual de fotografías que la niña se tomaba recortando alguna parte del cuerpo. “Era una cantidad enorme de fracciones de la cara, sólo el ojo, la boca. Yo le decía, “me llenaste la memoria, ¿por qué se las hace así?” y ella: “Estas hoy no las necesito, las necesitaba ayer”. Y las borraba. Otro día le escribió a un niño que le gustaba y no la hacía caso: “Te voy a ver desde donde te mira Dios”.

En el colegio Manuel Antonio Rueda, donde estudiaba, situado en Villa del Rosario, población limítrofe con Cúcuta, guardan un buen recuerdo de Maylen Lizette. Había llegado un año atrás, procedente de otro centro, y se adaptó enseguida. Desaparecieron los comentarios perniciosos por su lunar bajo el labio, que en el pasado pudieron atormentarla. Por el contrario, con su 1.70 de estatura, sus bonitos rasgos y su carácter abierto, formó un grupo de amigos que solían ir a su casa a estudiar por las tardes. Lo único que ensombrecía su vida, según contaba a su círculo, era la rigidez de su madre, que a veces le pegaba fuerte, como ocurrió el domingo anterior a su muerte, por contestarle de malas maneras cuando le mandó a hacer un recado.

Camila recuerda que su amiga llegó “el lunes abrazando a todos los amigos”. “Yo a usted la amo, la quiero mucho”, nos decía. Pero nunca pensé que se suicidara, era muy alegre”. Para ella, en todo caso, quizá la discusión postrera precipitó el desenlace final de la Ballena Azul, sin haber culminado todos los pasos. El martes Maylen Lizette no fue al colegio alegando que tenía gripe. “Se acostó enojada y se levantó enojada”, rememora su madre. Al despertar, le puso la mano en la frente y no sintió que tuviera fiebre, pero le dejó quedarse en la cama.

A las 10.30, en pijama, la niña sacó la soga que tenía escondida, la colgó de una tubería y se ahorcó. “Quisiera que nadie viviera lo que yo, que se den cuenta de que tenemos un problema que no podemos manejar solos. Y que sentaran al autor del juego y le preguntaran qué hay en su cabeza, en su corazón, por qué lo hace”, indica Maylen. “No estoy vendiendo mi tristeza, estoy preocupada de ver cómo los seres humanos usamos los avances para destruir personas, vidas, sueños”.

Retomado de: Elmundo.es

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