Expedición Avina -

Un sociólogo devoto

El VIH ya no tiene ese carácter espectacular recordamos haber visto en las fotos de los años 80.

Por:
noviembre 15, 2014
Un sociólogo devoto
Foto: Camilo Rozo

Hicimos contacto con Héctor Fabio Londoño y, a través de él, llegaremos a conocer esperiencias de cuidado asociadas a la religión católica. A este sociólogo devoto no le alcanza una tarde para contar las miles de actividades a las que se dedica, aunque aparece pronto en su relato que todas tienen algo en común: Cuidan a los más frágiles.

Con Héctor Fabio llegamos la sede de Eudes, en la que viven cerca de quince niños y niñas portadores del VIH. Allí hacen tareas, juegan, comen, salen al colegio, duermen y reciben la atención necesaria para llevar una vida amable.

Nos recibe Ana Julia Arias Mejía, una mujer que nos hace sentir en la casa de la tía paisa, es decir, acogidos, mimados, consentidos. Cuenta varias veces cuantos tintos vamos a tomar los recién llegados, y sólo cuando llegan, encuenta el sociego para comienza a contar sobre la vida que lleva desde hace cinco años, después de décadas de trabajo en Bancolombia -empresa que adora- pero “no tanto como a estos niños”.

No sólo Ana Julia, sino los demás miembros del equipo a cargo, dedican su trabajo o su tiempo como voluntarios a querer a estos niños. El médico, la secretaria, la sicóloga y otros que hacen presencia ocasional, son voluntarios.

El VIH ya no tiene ese carácter espectacular recordamos haber visto en las fotos de los años 80. Ahora son millones de personas las que, como estos niños “llevan una vida normal”. Todos los niños nos saludan con un beso desprevenido, frente a lo que Ana Julia no puede evitar comentar, en lenguaje de mamá paisa que utiliza la primera persona de modo muy particular “Es que una señora que vino a visitarnos el otro día, me le dijo al niño que por favor no la abrazara, que a ella no le gustaba. Me dio una rabia.”

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Ana Julia Arias Mejía - Foto: Camilo Rozo

El trabajo de Cuidado en esta casa se encuentra desde la adecuación que están terminando para tener un cuarto de aislamiento, en el que que si alguno tiene una baja de defensas no se exponga a enfermedades -que a nosotros no nos harían nada-, siguiendo por el manejo riguroso de los deshechos -incluida la bolsa roja-, pero sobre todo se ve en la incesante búsqueda de recursos para que los niños que se reúnen allí, porque en ellos confluye el virus con el abandono o la extrema vulnerabilidad.

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