Seres humanos, cada vez más solos por culpa del celular

Avances tecnológicos como el celular están despojándonos de nuestra humanidad, de la capacidad de sentir e interactuar con el mundo real

Por: Efraín Leiva Gutiérrez
febrero 18, 2020
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Seres humanos, cada vez más solos por culpa del celular
Foto: pxfuel

Llegamos a los años 20 y aún queda en la moda, en las letras de los gigantes de la literatura la nostalgia de la misma década, los 20 del siglo pasado. Una época de la historia hace cien años, de grandes cambios y propósitos de no volver a la guerra, la formación de grandes naciones y nuevas ideologías, la independencia de países rompiendo con el colonialismo, la expansión del fascismo más tarde tan nefasto, el crecimiento económico de la posguerra. Somos de nuevo hoy una constante de la llamada evolución de la humanidad, pero una generación que no aprende.

La tecnología y la comunicación sin barreras, el éxtasis o felicidad del instante tan bien logrados no nos han hecho mejores seres humanos. Hay más conocimiento inmediato, pero perdimos la noción del aprendizaje como un decurso incitante y formador; para el ser humano hay mejor habilidad y adaptabilidad desde la cuna, pero la ventaja se pierde con la rápida enajenación a los medios masivos de comunicación y al entretenimiento fácil ahora, al alcance de todos los mortales, sin distinción de clases o empoderamiento.

El llamado chip de conectividad con el que se dice nacen los niños hoy, se pierde en la primera infancia porque ya no hay familia, ni reunión, ni convivencia posibilitadora de un intercambio variado. Chicos perceptivos, más intuitivos, sensibles y de gran comprensión racional se extravían muy pronto en el uso masivo de celulares y pantallas que distraen y adormecen todo sentido de crecimiento en la sensibilidad, en el contacto directo y personal con el otro en quien podemos reconocernos. Somos hoy en día padres que no ejercemos el papel de orientación y formación porque estamos ocupados con esos mismos distractores; caímos en la trampa, perdimos el norte de hacer diferencia y nos consuela la pobre y exigua pertenencia a una sociedad cada vez más entregada a la felicidad del instante.

No importa el quehacer cotidiano, ni el modelo escogido de convivencia; al despertarnos, nuestra primera necesidad, antes que ver el tono difuso del amanecer o el color del nuevo día, es el restallar de una pantalla que nos conecta con el mundo. Pocos somos quienes nos preguntamos de que nos estaremos perdiendo si dejamos a un lado el aparato luminoso en el que buscamos con afán respuestas y sentido a la vida.

El celular cambió nuestra vida porque a diferencia de cualquier otro invento de naturaleza funcional, instrumental o práctica, dejó de ser una extensión de nuestro cuerpo para beneficiarnos con comodidad y pasó a ser el sustituto de aquello que somos como seres humanos dotados de inteligencia superior: un aparato inteligente desde su definición, nos quitó la capacidad de sentir y pensar en el quehacer de nuestra más elemental naturaleza sensitiva.

Los padres de hoy están renunciando a educar; están ocupados en las redes y es cada vez más frecuente que el niño sólo reciba comida delante de la pantalla o se aquiete ante la fórmula infalible de ese distractor que los centra sí, pero los vuelve ansiosos, irritables, hiperactivos. Es una molesta interrupción el llanto del chico, pues aleja la concentración muda del padre o la madre en el dispositivo.

En los espacios públicos, en los tiempos de espera, en el lugar en que estaba la contemplación hay ahora un sucedáneo que copa la atención, con toda seguridad en aquello que carece de importancia sustantiva; no hay espacio para la reflexión, ahora se impone la reacción. (viral, la llaman)

¿Qué viene a continuación? no lo sabemos; lo cierto, en medio de tanto adormecimiento y aceptación de lo regular, de lo mediocre en la pura contemplación de la vida de los otros, en ese discurrir gris de lo grandilocuente es que la abstracción nos robó una parte importante del ser porque hasta los ancianos, necesitados de un pletórico descanso ante la vida convulsa, ya sufren la cómoda dependencia del minúsculo aparato. ¡Qué dolor de humanidad!

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