La inteligencia artificial vive un momento paradójico. Nunca se ha hablado tanto de ella y, al mismo tiempo, pocas veces ha sido tan difícil entender qué está ocurriendo realmente. Entre promesas de riqueza instantánea, cursos milagrosos, nuevos modelos, agentes y automatizaciones, resulta fácil perder de vista las preguntas importantes: ¿qué significa esta revolución para un país como Colombia?
No se exagera al decir que pocas tecnologías tendrán tanta influencia sobre nuestro futuro. La IA puede convertirse en el mayor salto de productividad desde la irrupción de Internet. Para un país que quiere competir mejor y cerrar brechas sociales, comprenderla y aprender a utilizarla no es una opción: es una necesidad.
Se habla de Claude, de GPT, de proyectos de código abierto como OpenClaw y de un flujo inagotable de nuevas herramientas. Hay entusiasmo, aprendizaje útil y también mucho humo. Entre tantas ramas resulta difícil distinguir los árboles y, sobre todo, el bosque.
Por eso vale la pena detenerse en el reciente ensayo de Dario Amodei, CEO de Anthropic. Antes de fundar la compañía fue uno de los investigadores más importantes de OpenAI y hoy integra, junto con Sam Altman (OpenAI) y Demis Hassabis (Google DeepMind), el reducido grupo de líderes que no solo están construyendo la inteligencia artificial contemporánea, sino también influyendo en la manera como el mundo deberá gobernarla.
Su advertencia es sencilla: la IA avanza mucho más rápido que nuestra capacidad para comprenderla, regularla y aprovecharla.
Amodei recurre a una imagen de El señor de los anillos. Dos hobbits intentan convencer a Treebeard, un árbol milenario, sabio pero extremadamente lento, de que despierte para defender el bosque que está siendo destruido. Mientras el bosque cambia en cuestión de horas, Treebeard necesita un día entero para saludar a otro árbol. Algo parecido ocurre hoy entre la IA y nuestras instituciones sociales y económicas. La tecnología corre; nosotros, incluidas muchas empresas, caminamos con lentitud.
La metáfora resulta pertinente para Colombia. Solemos observar la inteligencia artificial como un espectáculo que ocurre en Silicon Valley, Londres o Shenzhen. La cuestión decisiva para nosotros es de orden práctico: ¿qué tan rápido aprenderemos a utilizar las herramientas de IA que ya existen y las que seguirán apareciendo?
La prosperidad rara vez ha dependido únicamente de inventar una tecnología. Muy pocos países estuvieron involucrados en la invención de la electricidad, el computador o Internet. Sin embargo, muchos transformaron sus economías porque supieron apropiarse de las innovaciones a tiempo. Con la IA ocurre algo parecido. La ventaja competitiva no pertenecerá solo a quienes desarrollen los modelos, sino también a quienes aprendan rápidamente a trabajar con ellos. El desafío cruza de forma transversal la sociedad y la economía colombianas. Se trata de aumentar la productividad de las empresas, mejorar los servicios públicos, fortalecer la educación, modernizar la salud y hacer más eficiente la justicia. Y de ser mejores ciudadanos.
Para las pequeñas y medianas empresas la pregunta ya no es si la inteligencia artificial llegará a sus negocios. Ya llegó. La cuestión es mucho más concreta: ¿cómo puede apoyarlas en vender más, atender mejor a sus clientes, responder oportunamente a una licitación, automatizar procesos, analizar información o tomar mejores decisiones?
Durante décadas, muchas capacidades de aprovechamiento de tecnologías emergentes estuvieron reservadas para las grandes organizaciones. Solo ellas contaban con equipos de consultores, analistas, departamentos jurídicos, expertos en mercadeo o comercio exterior. Hoy, una pyme puede acceder a buena parte de tales capacidades gracias a la IA. La nueva competencia será, cada vez más, entre organizaciones que incorporen rápidamente la inteligencia artificial a su forma de trabajar y aquellas que continúen operando con los métodos tradicionales.
Amodei también recuerda que sería ingenuo mirar únicamente las oportunidades. La inteligencia artificial puede acelerar los desarrollos científicos, las innovaciones en medicina, aunque, también, fortalecer la ciberdelincuencia. Puede impulsar la productividad y, al mismo tiempo, desplazar trabajadores. Está en capacidad de democratizar el acceso al conocimiento, aunque también de contribuir a concentrar el poder económico y facilitar formas inéditas de vigilancia sobre los ciudadanos.
El debate ya no puede consistir en estar “a favor” o “en contra” de la IA. La discusión relevante para nosotros es la de cómo aprovechar sus beneficios, reducir los riesgos derivados de su uso y de cómo construir reglas de juego que no obstaculicen la innovación.
Para Colombia surgen tres tareas urgentes.
La primera corresponde a las empresas: empezar pronto, con proyectos pequeños y concretos. El buen uso de la IA sigue siendo hoy la excepción. La inteligencia artificial se entiende utilizándola. Segundo, tarea del Estado: formar talento, modernizar instituciones y crear condiciones para que esta revolución no amplíe las desigualdades.
En tercer lugar, nos corresponde a todos aprender a ver la IA como un conjunto de herramientas que amplía nuestras capacidades para aprender, decidir, crear y resolver problemas.
La inteligencia artificial no va a esperar a que Colombia termine de discutir qué hacer con ella. Ya está aquí. La diferencia estará entre quienes la conviertan en una nueva capacidad para crear valor y quienes, como Treebeard, despierten cuando el bosque ya haya cambiado.
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