¿Se consolidará un nuevo eje Londres-Washington?

De ocurrir, ¿hasta dónde llegará su alcance? Aunque está claro que repetir el esquema Reagan-Thatcher tendría unos costes altísimos, a Trump parece no importarle

Por: Francisco Henao
junio 18, 2019
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¿Se consolidará un nuevo eje Londres-Washington?

Ya hubo uno, el de la década de 1980, entre Ronald Reagan y Margareth Thatcher, que los medios del momento —con intereses muy definidos— presentaron como un par de revolucionarios. Esta euforia se dio porque sus respectivos partidos, republicano de Reagan en Estados Unidos y conservador de Thatcher en Reino Unido, habían recuperado el poder mediante elecciones. La operación fue presentada como si el genio de la lámpara hubiera salido para maravillar al mundo. ¿Cuál era el nuevo y poderoso mensaje del genio? Restringir las funciones del Estado, y entregárselas al capital privado. Dicho en otras palabras: menos Estado y más libertad económica.

Este enunciado, increíble pero cierto, hizo carrera en los siguientes 30 años. Reagan en su discurso inaugural de 1981, lo dejó claro en su célebre frase: “El gobierno no es la solución a nuestro problema; el gobierno es el problema”, que se convirtió en la apertura de la nueva doctrina neoliberal, que tantas controversias ha generado desde entonces. El poder del eje Londres-Washington estriba en su enorme radio de influencia sobre las formas políticas y el pensamiento de Occidente. Crea patrones de conducta que prácticamente se trasvasan a otros países sin apenas mirar si son convenientes para su realidad y qué utilidad prestan. Se ha dicho mucho que —este punto histórico debe aclararse— los gobiernos posteriores a Reagan y Thatcher, así de derecha como de izquierda, no hicieron demasiado por corregir las directrices establecidas por ellos.

¿Quién influyó en quién? Thatcher era atrevida y mejor instruida. Reagan tenía más poder y un carisma sin límites. Inglaterra tiene una tradición cultural privilegiada. América es la fuerza del ímpetu, de la audacia por emprender nuevos caminos, de explorar formas distintas. Thatcher al convertirse en primera ministra en 1979 recibió un país enfermo, con una economía en estado crítico. Reagan llega a la presidencia y sin pausas implanta su idea de acabar con un Estado demasiado intrusivo e incompetente. Esto le llega al alma a Thatcher y lo ve como la estrella que guía su destino y pone a Estados Unidos como el modelo a seguir. Entablan una relación estrecha, fructífera. Los demás países quieren parecerse a ellos.

Pero detrás de Reagan y Thatcher, que iba agarrada del brazo del famoso exactor de Hollywood, está un economista cuyas teorías económicas eran más fuertes que la gravedad. Había fundado la Escuela de Chicago, cuyo dogma económico era el libre mercado, que hoy, 2019, alimenta los mercados financieros y tiene a la libre empresa con más monopolios que nunca. El economista gurú era Milton Friedman, él había llegado a la conclusión de que el control de la economía era asunto del capital privado y el papel de Estado era el de actor pasivo en el manejo económico. Friedman volvía a darle preeminencia a Adam Smith sobre el keynesianismo que propugnaba por el Estado de bienestar, al que Thatcher declaró la guerra porque era, según ella, el que estaba debilitando a la Gran Bretaña. Reagan y Thatcher soltaron las bridas de esa bestia llamada neoliberalismo, que responde al viejo principio de "dejen hacer, dejen pasar" —laissez faire, laissez passer—. ¿Y por qué tantos siguen esta orientación? Su oferta es suculenta —pero padece de un brillo ambivalente—: tiene la ventaja de maximizar la riqueza, tanto para lo individual como para la sociedad, dicen sus defensores (algo así como que aquí todos ganan). Pero hay un principio que prima sobre los demás, solo se necesita observar con atención: el capital se produce, pero no se reparte, se acapara.

¿Esto del beneficio de la libertad de empresa es espejismo o pura demagogia? porque ha funcionado pocas veces y sí ha producido muchas calamidades. Las crisis que se han generado desde que empezó a funcionar el eje neoliberal de Londres y Washington son muchas y de graves consecuencias. La de México en 1994 —efecto tequila—, la crisis asiática en 1997, donde se devaluó la moneda de varios países asiáticos. La que hubo en marzo de 2000, llamada crisis puntocom, que hizo estallar el índice tecnológico Nasdaq que alcanzaba los 5.048 puntos, porque los actores de esa crisis pensaban que "el dinero caía del cielo", e idea tan descabellada explotó. Y la más grave de todas, la que se inicia en el verano de 2007 por los créditos de hipotecas subprime. Lo que ha primado en todas ellas es el capital privado, financiero, capaz de callar cualquier voz que se atreva a discutir sus directrices

Sería osado e inexacto culpar de todo esto exclusivamente a Ronald Reagan y Margareth Thatcher, porque aquí hay una amalgama de voluntades, de codicias que rompieron el saco, la mala fe de cientos de inescrupulosos. Hay decenas de bancos que han recibido multas millonarias por sus actos ilícitos en la crisis de 2007 a 2009, por haber obtenido ganancias desproporcionadas a través de engaños, muchas empresas y gentes respaldadas por un supuesto prestigio que resultaron perfectos estafadores como Bernard Madoff que robó a grandes fortunas por la avaricia de poseer más.

En política cuando se trata de pedir responsabilidades todo el mundo se escabulle. En Rusia se acusa a Mijail Gorbachov de ser el causante de liquidar el régimen soviético. En la liquidación del capitalismo en 2008, ¿acaso peor que la soviética, dados sus costes económicos, que son 100 veces más onerosos?, no aparecen nombres que den la cara. Pero Reagan y Thatcher sí sentaron las bases y dieron vigor a los principios neoliberales de un mercado voraz, acaparador; abrieron las puertas a la mundialización, hasta producir estos monstruos llamados multinacionales, a las cuales se ha transferido el poder de los Estados. Son las empresas las que toman las decisiones. El Estado, para el neoliberalismo, no debe aparecer porque lo único que hace es estorbar.

El eje Londres-Washington ha sacudido el mundo por varias décadas. El corte de pelo de Twiggy lo imitaron todas las jovencitas del mundo en 1966, la cultura británica lo supo imponer, unos meses más tarde el capricho se había extinguido. Las modas buscan llenar la voluptuosidad del momento, son efímeras. Pero la moda Reagan-Thatcher se perennizó en el tiempo. Echó raíces hondas porque el capital así lo quiso. Porque Thatcher, ¿inspirada por quién?, puso una carnada apetitosa, “el hombre tiene un instinto de superación que el Estado ahoga con su intervencionismo”. Esta frase no les suena a las que hoy se utilizan con los llamados "emprendedores", "millennials", "crea tu propia startup". Olvídense del Estado, usen su propio ingenio, sé creativo/creativa.

Martin Wolf, en mayo de 2017, en el Financial Times —reproducido por cronista.com—, certificaba el fin del eje de 1980. “Theresa May repudia el thatcherismo aún más explícitamente de lo que Trump rechaza el reaganismo”, escribió Wolf. May en su visita a un recién posesionado Donald Trump dijo en la Casa Oval: “No creemos en el libre mercado sin trabas. Rechazamos el culto del individualismo egoísta”. Dos ideas madre de la teoría thatcheriana que finalmente alumbró la crisis de 2008, cuyos estertores aún palpitan hoy día. Trump, dijo en su discurso inaugural, desmontando el engranaje reaganista que había sobrevivido tantos años a pesar de los ciclones y huracanes que ha padecido el mundo, “la protección nos brindará una gran prosperidad y solidez”, que Wolf calificó con acierto de populismo de derecha.

De Ronald Reagan a Donald Trump hay un trecho, pero deben encenderse las alarmas. Reagan estableció bajadas de impuestos, desregulación de mercados, aumento del gasto militar. Que si miramos bien son los mismos parámetros del programa de Trump, que ha ido saliendo a la bartola, pero que él ha revestido de "proteccionismo".

Pero lo más llamativo del momento, porque Reagan y Thatcher ya son historia —pero historia que no se puede olvidar—, es que está a punto de nacer un nuevo eje Washington-Londres, que Donald Trump está dispuesto a manejar a su antojo. Lo que es muy preocupante. Serían dos potencias avezadas en el manejo de la política internacional. El millonario inversionista neoyorquino huele el dinero, con el mismo olfato sutil de los hurones. El Brexit se ajusta de forma fantástica a sus objetivos crematísticos. Reino Unido, como en la época de Thatcher, está en dificultades, debilitado. En su visita de Estado a principios de junio, Trump instó a los ingleses a dejar ya la UE, a no pagar los 39.000 millones de libras esterlinas por la salida, les ofreció un TLC ventajoso y dijo que necesitaba a Boris Johnson. Estilo trumpiano puro. Johnson aún no ha sido elegido PM. El martes (18 junio) va a la cabeza, con 126 votos, para suceder a May. Se sabrá el 22 de julio. Boris —salvo el dedazo de Trump— no tiene aún asegurado nada.

Pero suponiendo que el eje Trump-Johnson se cristalice, de muy distinto signo al de Reagan-Thatcher, sin duda, ¿el mundo estaría dispuesto a soportar los próximos veinticinco años los vectores que imponga este nuevo eje?

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