Se caen las máscaras

"Para lograr la paz en Colombia, hay restablecer su derecho al Estado"

Por: Yezid Farid Bernal Higuita
mayo 21, 2021
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2orillas.
Se caen las máscaras

Nuestro gran titiritero y su títere presidente han quedado desenmascarados recientemente por la prensa internacional, con CNN a la saga. Como de costumbre, quedaron de relieve argumentos incongruentes y falaces, tratando de justificar lo injustificable, ante preguntas muy directas y punzantes en torno a la crisis y el estallido social de nuestro país. Ninguno de los dos salió bien librado, a lo que Álvaro Uribe tildó de “emboscada”, en plena entrevista con Fernando del Rio. Y tiene razón, en otras circunstancias, nunca se habría dado por parte de un medio de corte neoliberal como CNN. Esto refleja nada más que la decisión de quitarle el apoyo a este personaje, no tanto por ser responsable de esta profunda crisis, sino por perder su control; un camino sin retorno del “orden y tranquilidad” de esta nación, de la cual él ya no es la solución.

Aun así, las repercusiones inmediatas de estas escenas son aplaudidas por los colombianos conformados por la clase medias y clases populares. Porque que todos en su gran mayoría, por lo menos los amigos de la verdad, sabemos que lo que aquí se intenta proteger y defender por el gobierno de turno es una dictadura de 20 años, y que pavor es lo que sienten con un eventual ascenso de Gustavo Petro, porque no hay otra figura de alto nivel que encarne en la oposición de este gobierno una alternativa real y clara. Esta es una carta que ellos mismos se encargaron de marcar, asegurándonos que así era. Aunque, a decir verdad, cualquier otro que no viniendo de sus entrañas les quitara el poder, igual no lo verían con buenos ojos, porque saben lo que se les viene encima cuando empiecen a salir los trapos a la calle, se destapen las ollas podridas y tengan que rodar cabezas.

Esto significará el fin políticamente correcto de este ciclo de la historia reciente, y la muerte política del líder natural de la ultraderecha durante las últimas décadas en Colombia. Esto a causa de múltiples acciones que reflejan estrechos vínculos con narcotráfico, paramilitarismo, ejecuciones extrajudiciales y corrupción. Todo para hacerse del poder y mantenerlo. Era este un secreto en voz alta hasta hace poco en Colombia, cuyo ruido se ha escuchado hoy más allá de nuestro territorio. Muchas voces calificadas y con autoridad en el contexto internacional empiezan a pronunciarse cada vez más, reprochando lo que viene sucediendo a partir de la denuncia ciudadana en desarrollo de las jornadas de protesta a lo largo del país a causa del gobierno de Iván Duque, una cara más del uribismo.

La violencia y el vandalismo que tanto alegan en sus pronunciamientos públicos las voces de este gobierno, con ayuda de su departamento de relaciones públicas y marketing (compuesto por el 60 % de los medios de comunicación del país a su servicio, propiedad de los grupos económicos afines al poder y que señalan como resultado o fin de la protesta misma), son una ofensa e irrespeto hacia el pueblo, pues esta, aunque con indignación, se fundó pacíficamente, y es consecuencia directa y apenas lógica de un mal gobierno, que lo había crucificado y lo venia desangrando.

En palabras de Mauricio Villegas y José Espinosa, en su investigación y divulgación, bajo el título del libro Derecho al Estado (publicado en el 2013), ya en buena parte de nuestro territorio colombiano, más de un 60% de este, se venía padeciendo una suerte de “Apartheid Institucional”, por la ausencia y precariedad de las instituciones estatales, que hicieran valer los derechos de sus poblaciones, colocándolas en permanente vulnerabilidad y discriminación, careciendo de aquello llamado: “el derecho a tener derechos”. Hoy día, como ráfaga mágica de viento, se ha extendido, y se hizo visible en las principales ciudades del país, donde su población ha salido a las calles, a reclamar un Estado, presente, sólido, estable, y suficiente, ya que sus derechos no son reconocidos, ni protegidos, todo lo contrario, son abusados y vulnerados.

Han dicho no más, ya estamos cansados del vandalismo y la violencia que se originan desde el seno mismo de la bancada de gobierno y sus correligionarios, desde su narrativa cínica e hipócrita, desde sus cuestionables acciones a cargo de la función pública, a partir de la contratación y desangre de las arcas del Estado, desde la mermelada y repartición del erario público, en pro del incremento de sus Patrimonios personales, desde las históricas reformas tributarias, pensionales, laborales, y de la salud, desde las injustificadas grabaciones a que es sometido los ciudadanos por las transacciones con los bancos, y las excesivas tasas de intermediación, y de interés cobrados por estos mismos, desde los permanentes desfalcos, inducidos quiebres y cierres de instituciones públicas, desde la negociación y venta de las empresas patrimonios del Estado, desde la expropiación de tierras y desplazamientos de campesinos de sus sitios de origen, desde el hambre, el desempleo y la falta de oportunidades, desde los pírricos y rogados presupuestos de educación y salud, pero abultados, de inmediata y decidida contingencia, en armamento militar.

La guerra la han promovido y alentado por décadas, utilizando como bandera en sus campañas políticas, la eliminación de las guerrillas, el socialismo, y comunismo en Colombia, aprovechando que yace inmerso y de forma impositiva, en el imaginario colectivo de muchos colombianos, reprochables acciones de estos grupos armados en disputa de territorios, contra población civil, y para que pareciera, eran exitosos con la implementación de su mal llamada política de “seguridad democrática”, recurrieron a delitos deshonrosos y vergonzosos para cualquier Estado; como son las “ejecuciones extrajudiciales”, así llamadas por el derecho internacional humanitario, de miles de jóvenes desempleados y campesinos, utilizando para ello, las fuerzas del orden y el aparato estatal, hecho este, que la prensa Colombiana llamo: “falsos positivos”. El remedio fue peor que la enfermedad, y ya han rodado muchas cabezas por esto, y también por el fenómeno del paramilitarismo, con sus famosas masacres. Es un hecho que más del 60% del gabinete en tiempos del gobierno del “Gran Colombiano”, incluyendo su hermano y otros familiares, altos y medios mandos militares, fueron vinculados y judicializados.

Por esta razón, no es conveniente para el matarife y su corte, ningún acuerdo, o siquiera seudo acuerdo de paz, todo lo contrario, que su tratamiento, gestión e implementación se prolongue indefinidamente, y por ello meten las narices para sabotear y tratar de desvirtuarlo. Sin mencionar que muchos de los actores del paramilitarismo han sido asesinados, cuando han decidido acogerse a justicia transicional, ya que parte importante del proceso es la verdad de lo ocurrido en las masacres, de quienes recibían ordenes, quienes pagaban sus nóminas, y muchos hechos más, que los vinculan directamente a Uribe y su grupo cercano, que al igual que el, todavía fungen como honorables señores y señoras demócratas de la sociedad. Garantizar la vida a estos testigos en su contra, incluso en la cárcel, para surtir el respectivo proceso de judicialización, hoy es un gran reto, porque la Fiscalía, Procuraduría, Contraloría, y Defensoría del pueblo, son de bolsillo, y para nadie tampoco es secreto, que miembros dentro del poder judicial, siempre han tenido precio.

Por supuesto, mucha gente apoya a este diablillo titiritero; poderosas corporaciones o grupos económicos, que también son grandes terratenientes, porque este, es el instrumento perfecto, para perpetuar sus intereses económicos particulares, por eso lo llevaron al poder, quedando este, consecuentemente comprometido, por lo que en su inmensa mayoría todas las leyes impulsadas y aprobadas históricamente han sido por estos y para estos. Otros, gremios económicos y empresarios de la clase media, dueños de tierras, burócratas y clientelistas, que se han mantienen felices recibiendo contratos, indulgencias o nombramientos a cambio de su lealtad. Hay otro amplio grupo en la población, que, aunque no reciban prebendas o beneficios directos, y se vean igual de afectados que todos los demás con las medidas de su gobierno, han sido seducidos, y alienados, con su narrativa sectarista y estiercolera, que apelo a sus prejuicios, fanatismos ideológicos, e ignorancia, incluso muchos llegan a admirarle.

Existe otro grupo de ciudadanos que indirectamente lo respaldan, no porque sean uribistas, o “castrochavistas”, son aquellos egos indiferentes, sin empatía y solidaridad alguna con los demás, en especial con los que no son como ellos, o que no están como ellos. Pareciera que vivieran en una burbuja, y siempre se acomodan donde mejor creen que les va, silenciando respecto a las problemáticas que afectan a los colectivos ciudadanos de clases populares, y solo hablan o reaccionan cuando les tocan sus intereses, y/o patrimonios particulares. Es cuando desde sus zonas de confort, saltan lanza en ristre, reclamando derechos, que pareciera que son preferentes, según piensan ellos, a los de las mayorías.

Estos últimos, sinceramente hoy no me preocupan a la manera M.L King, es decir, por su indiferencia o silencio, pues su vacío fue llenado con el ruido que producen los hermanos colombianos en el exterior, en cada plaza o embajada del país donde se encuentran, incluso hacen marchas por calles principales, y muchas veces acompañados por propios del país que les acoge, por razones de trabajo, estudio, y mejor vivir, es decir, lo que no conseguirán nunca en este, su país de origen. Qué orgullo siento por esta gente, cuando se manifiestan y apoyan desde la distancia, pudiendo darse por desentendidos, como hacen los fulanitos indiferentes; que reconocimos por estos días expresando indignación por los “vándalos de la protesta”, pero nunca, expresaron empatía, apoyo, y solidaridad por la causa de los manifestantes y marchantes pacíficos, que es la causa común de todos, y que beneficia a todos, incluidos ellos mismos.

Muchos individuos, y colectivos, comunidades civiles y religiosas, que apoyaron este gobierno, hoy también se indignan, y reconocen su error, al haber apostado su devenir en esta propuesta, y haber sido engañados, porque esperaban que todo sería mejor. Embaucados otra vez, con esa dialéctica hegeliana, calificando a los partidos de oposición, como los representantes de la Revolución castrochavista, un epíteto fruto de la jerga del culebrero y líder del Centro Democrático, quien señalaba que el comunismo que se paseaba rampante por la región, amenazaba con tomarse Colombia, y hacer una dictadura, igual que la de Venezuela, había que impedir que sucediera a toda costa. Hoy tenemos dicha dictadura, y estamos igual que Venezuela, con miseria, hambre, y sin oportunidades.

Si alguien le parece exagerado, tendría que considerar que, cuando un gobierno sale a meterle mano al bolsillo de las clases populares, a buscar su reactivación económica a costa del trabajo de su pueblo, y a grabar con más impuestos la canasta básica familiar, mientras la Banca y grandes corporaciones económicas reciben billonarias ayudas; se transgrede los fines esenciales, del Estado social de derecho. Que cuando este pueblo en su soberanía, reclama con indignación, no en vías de derecho, ya que la Institucionalidad se encuentra secuestrada por el partido de gobierno, que funge con lealtad sectaria a un individuo no al pueblo, sino en vías de hecho, a las calles, y este es reprimido, violentado, asesinado, y censurado su voz, intentando desvirtuar su honorable lucha, y justificando sistemáticas violaciones de derechos, con discursillos trasnochados de individuos con perfiles psicopáticos, autootorgados padres de la patria y libertarios posbolivarianos de golpes de pecho; estamos hablando de dictadura. Y cuando su dialéctica se funda en una ideología de terror, con propagada nazista, en oposición férrea, a una posible invasión neocomunista en la región, como excusa para adoctrinar líderes, infiltrar la institucionalidad, su fuerza pública, e incluso la manifestación popular; estamos hablando entonces de neonacionalsocialismo o neonazismo versión criolla.

Ahora entendemos con propiedad ese capítulo inquietante en la historia reciente; de una propuesta absurda y perversa a mediados del año 2010, del entonces presidente Uribe, de volver a los estudiantes delatores del régimen. Y en esa oportunidad, en una gloriosa gesta de la Academia, los estudiantes de la Universidad Jorge Tadeo, desafiaron al dictador, participando en los debates de fondo, con argumentos bien estructurados que desnudaban la realidad de su intencionalidad y de un Estado mafioso. Además de una intervención a la altura de su status académico, su rector, respaldado unánimemente por los estudiantes, logro desdibujar la narrativa de este encantador de serpientes y tildar esta propuesta de Estado de opinión, una maniobra que solo buscaba disfrazar el hecho, desde el 2007, como país más desigual de América Latina, según el Banco Mundial, y que los responsables de su condición precisamente, ahora buscaban subvertir el orden, para seguir anclados al poder, como en efecto sucedió.

Como en toda dictadura, a los uribistas no les agrada la gente que piensa, la gente que se educa, y que desarrolla su pensamiento crítico, no quieren que la gente despierte, perciba la realidad del país, los cuestionen, y los expongan. Les encanta hacerse los ofendidos, los dignos, los demócratas y patriotas. Asumen quizás, por alguna suerte de enarbolada autoestima, o su ego inflado, que pueden señalar, sin ser señalados, cuando tienen un sicomoro en sus ojos, y un gran rabo de paja que hace rato empezó a quemarse. Ellos quieren que la gente acepte con sumisión todas sus pretensiones, acciones, leyes, y reformas, con presunción de proyecto ideológico político de alto estándar ético y moral, y que han resultado ser, a la luz de los hechos, nada mas que un entramado de delincuentes de cuello blanco, que se mueven al pregón de un culebrero vendedor de plaza pública, que envuelve y pretende cautivar con su cháchara a los incautos.

Igual, que cuando uno va por la calle y se detiene al escuchar esa jerga culebrera, de inmediato seguimos de largo, advirtiendo un posible engaño o estafa, así también hoy la mayoría de los colombianos, parafreseando al gobernador Carlos Caicedo, estamos cansados de tantos “cuenticos ratoncillescos”, para comprar conciencias. No solo no le creemos ni el padre nuestro, a tan impúdico personaje, y a los que han rodeado este gobierno, sino que hemos rechazado con vigor sus ineptitudes, exabruptos y abusos. Es el caso, del siniestro Carrasquilla, quien hacía rato, y desde los Panamá Papers, venía sonando de escándalo en escándalo, y a quien le salió caro su último numerito, la fallida reforma tributaria, que intentaron meter, mientras todos estábamos en casa restringidos por el tercer pico de la Pandemia, y en medio de una alarmante tasa de desempleo. Luego en una entrevista concedida por este, tratando de justificar la arbitrariedad de esta medida, una respuesta evidencio la enorme distancia de esa cartera ministerial con los ciudadanos. Por este error manifiesto, el pueblo lo sentencio que partiera en búsqueda de su utópica docena de huevos, y rodó su cabeza.

Una gran equivocación, exceso de confianza y la ambición que siempre rompe el saco, no contaban con que el pueblo se las tenía anotadas y en buena salsa adobadas y que saldría a la calle indignado, que solo era cuestión de que una gota como esa, rebosara la copa, para producir el estallido social interrumpido por los acuerdos en 2019, incumplidos por supuesto, y que hizo su reaparición, recargado, con nuevas fuerzas, a pesar de, COVID-19, represión de fuerza pública, y de maniobras estratégicas reconocidas y trilladas como el de la teoría del pánico y las técnicas de la infamia, empleadas en la mayoría de dictaduras que han transitado el planeta. Inclusive en otra faceta más de su conducta, la de capataz de finca mafiosa, el culebrero no logró convencer, ni amedrantar a la gente de pensamiento libre, crítico y deliberante, es decir, la gente más aventajada intelectualmente hablando, sin distingo de clase social; cuando empezó a impartir sus órdenes por Twitter, la gente se mantuvo en la calle.

Pero en Colombia como en muchas partes, se puede engañar a mucha gente, por mucho tiempo, pero no se puede engañar a todo el mundo, todo el tiempo. En un futuro cercano todos tendrán certezas, y les parecerá casi irreal que un personaje de estrechos vínculos con el crimen organizado, se halla tomado el poder por tanto tiempo y se paseara impunemente por la institucionalidad, es más, que fuese protegido por esta. Sus días están contados, se ha empezado a decidir a partir de la soberanía del pueblo en estos momentos, con el descontento, y rechazo general expresado en las calles, en las redes sociales, y en la comunidad internacional, que ya se viene pronunciando y le tiene el lente puesto, y tarde que temprano se materializara en la Registraduría Nacional y la justicia penal internacional.

Intentaron desvirtuar, y criminalizar la justa protesta, como resultado de esto han sido asesinados hasta ahora más de 40 personas, víctimas de la fuerza pública, en no más de 3 semanas de paro y manifestación social, una cifra alarmante, en relación con las que ha dejado las otras revueltas en la región, en tan corto tiempo. Saben que igual es cuchillo para su garganta y han utilizado civiles armados, para actuar sin ser advertidos, reviviendo esos capítulos retorcidos, y ya conocidos del terrorismo de Estado, para alegar luego, que la muerte es fruto de la violencia de insurrectos en las calles, enfrentamientos de grupos al margen de la ley, sin asumir ninguna responsabilidad, pero pasaron por alto, que ya es imposible atentar en las calles de forma silenciosa e invisible, y que gracias a la tecnología existe cantidad de material probatorio y evidencia de todos estos abusos y ataques brutales de la Policía, en conjunto con personal de civil. Y como ha dicho Nayib Bukele, presidente electo del Salvador, en una intervención en la ONU: “La política ya no se hace desde lo local, sino desde lo personal”, “todos los individuos, gracias a la tecnología, somos ciudadanos globales interactuando permanentemente”.

No nos dejemos confundir, no se logró frenar la reforma tributaria, la inminente salida del ministro Carrasquilla, la reivindicación de la educación, y el hundimiento de la reforma a la salud, por la presencia de vándalos en las calles, que amenazaban el patrimonio público y privado, no fue por las acciones de un 5% de individuos desadaptados, y que la fuerza pública no lograba contener a fuego armado, disparándoles en defensa y guarda del orden social y la institucionalidad. No señores, se frenó por la protesta y la manifestación pública ciudadana del otro 95% que lo ha hecho organizada y pacíficamente, se frenó por la juventud que salió a la calle reclamando su presente y su futuro, por los estudiantes, educadores, centrales obreras, trabajadores particulares, médicos y personal de la salud, artistas, y demás colectivos ciudadanos, incluso ancianos, que hicieron visible su rechazo y desaprobación a este gobierno inepto, vándalo, y criminal.

El pueblo se manifestó masivamente, y ellos, los que tienen secuestrado las instituciones del Estado social de derecho, sintieron miedo, y quisieron frenarlo y reprimirlo, por ello dispararon, siguiendo la orden de su líder, no a vándalos ni terroristas, sino a los jóvenes, a los estudiantes, y a la minga Indígena que ejercían control a la protesta y hacían cordones humanitarios, Se sintieron intimidados, provocaron a la masa, para asesinarlos sin piedad. No como resultado de fuego cruzado, mientras disparaban al aire, lo hicieron apuntando directamente y a la cara de sus humanidades, lo hicieron con artillería empleada sin precedente alguno en la protesta social, a lo largo del continente americano, como lo ha demostrado Human Rights, porque esa era la orden que había impartido el Dictador, desde Twitter, de todo esto fuimos testigos los colombianos, y el mundo entero también.

Es Por ello que la gente sigue en pie, las centrales obreras, los estudiantes, maestros, camioneros, grupos indígenas, colombianos en el exterior, artistas, activistas, organismos no gubernamentales, ambientalistas y demás colectivos legítimos de esta Protesta, siguen atentos y expectantes, al llamado a diálogo directo, sin mediadores, sin burocracia, y protagonismos oportunistas, con mucho dolor y aflicción, por la sangre derramada de nuestros compatriotas mártires, pero firmes, dispuestos a dar una lucha a fondo, dura, como todas las que se han fraguado en la historia, cada vez que se quiere el cambio, aunque quizás esta es más violenta, hipócrita y disimulada, en que tiene incluso un rol de peso los gringos, pues este es un narco-Estado, con clanes territoriales, y carteles sectoriales, y en donde están en juego muchos intereses. El nuestro siempre ha sido la paz, que quieren confundir con sumisión, pasividad, humillación y tolerancia a un gobierno opresor, represor y victimario.

Gandhi máximo referente a la lucha pacífica, por su doctrina de la no violencia, con la que consiguió la liberación de su pueblo del yugo Ingles, solía decir: "No hay caminos para la paz, la paz es el camino". Colombianos, no perdamos el norte y continuemos nuestro rumbo; el camino de la paz es el que recorreremos siempre, en la búsqueda de la justicia, la equidad e igualdad social, porque esta, es la materialización del equilibrio de poder, y de los fines esenciales, de nuestro promulgado Estado social de derecho, que yace manifiesto en una gran carta, que esta existe, que no es lo que muchos creen, un librillo más en nuestros estantes, que fue el fruto del consenso, de las fuerzas vivas de esta nación, que también costo luchas, sangre, fuego, y al final unas mesas y sillas para dialogarlo y construirlo, y que hoy llamamos constitución política volombiana, hagámosla valer y respetar.

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