Santiago Alarcón se sube al escenario como quien vuelve a una casa conocida. Respira hondo, escucha el murmullo del público antes de que caiga el telón y, por un momento, parece quedarse quieto, suspendido. Cuando el público aplaude él sonríe con satisfacción, aunque dice que aun después de tantos años, ni se cree actor ni vive del ruido de la fama: el se sube al escenario a disfrutar lo que bien sabe hacer, lo que la vida lo llevó a hacer: a inventar escenas, a armar historias con otros, a recordar por qué un día el teatro le dio razones para levantarse temprano y tomarse la vida con un poco más de disciplina. En el Teatro Leonardvs, donde está en temporada con Escape Room con el Teatro Nacional hasta el 31 de enero de 2026, Santiago se da ese respiro necesario, acompañado por su esposa Chichila Navia, Paula Castaño y Cristian Villamil, en una obra que también marcó el debut teatral de Lina Tejeiro antes de que otros compromisos la obligaran a dejarla.
Antes de ser uno de los actores con mayor recordación de la televisión colombiana, Santiago fue un niño de Medellín que jugaba fútbol en la calle, corría hasta el cansancio y soñaba con ganarse la vida pateando un balón. La vida, sin embargo, decidió otra cosa demasiado pronto. A los 11 años un policía asesinó a su papá y ese golpe seco e inesperado, desbarató todo. Se alejó de las canchas porque su más grande admirador ya no estaba allí. Los sueños no se acabaron, pero se transformaron de una manera que nadie había previsto. Donde antes había una cancha apareció un escenario; donde había un balón, un texto que aprenderse de memoria. No fue una decisión épica ni un llamado místico: fue, casi, una casualidad. Entró al teatro porque lo sacaron de una clase aburrida y ahí encontró una disciplina que lo sostuvo cuando todo lo demás parecía flojo.
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Santiago Alarcón nunca se ha contado a sí mismo como alguien que “decidió ser actor”. Más bien siente que la vida lo fue empujando hacia ahí, mientras él dudaba, se preguntaba, se cuestionaba. El teatro llegó antes que la idea de actuar, antes que el deseo de ser visto. Primero estuvo el proceso, el ensayo, el ejercicio de montar una obra sin pensar siquiera en el aplauso. Y cuando llegó la presentación, apareció esa sensación difícil de explicar: estar frente a otros, compartir algo que no existe sin el cuerpo de quien lo interpreta. Aun así, Santiago sigue diciendo que podría hacer otra cosa, que no cree en encerrarse en una sola definición. Por ahora actúa porque es lo que sabe hacer más o menos bien, no porque crea que sea lo único que puede ser.
Con el tiempo, ese camino lo llevó a convertirse en un rostro imprescindible de la televisión nacional. El man es Germán lo volvió parte de la memoria colectiva; Garzón vive lo puso en el lugar complejo y delicado de encarnar al asesinado Jaime Garzón; La Niña mostró otra capa, más contenida, más dura. En cine, películas recientes como Noviembre lo enfrentaron a uno de los episodios más dolorosos del país: la retoma del Palacio de Justicia en 1985, interpretando al magistrado asesinado y desaparecido Manuel Gaona Cruz. En total, 33 producciones nacionales, una decena de pilículas, dos premios India Catalina y dos premios TVyNovelas que, para él, pesan menos que los personajes que nadie vio, esos que solo su cuerpo y su memoria recuerdan y que, según dice, son los que realmente lo mantienen de pie.
La fama llegó, como llega casi siempre: sin pedir permiso. Santiago, junto a su mochila Wayyu color gris, mira la fama con distancia, con una calma que no es pose sino aprendizaje. La entiende como algo pasajero, como una camiseta que hoy se pone uno y mañana otro. Disfruta el cariño de la gente, las sonrisas, los jóvenes que le dicen que crecieron viéndolo o que sus mamás lo quieren mucho. Eso le gusta. Lo que le cuesta es cuando la fama no deja ser, cuando obliga a estar siempre disponible, incluso en los momentos incómodos o cansados. Con los años aprendió a poner los pies sobre la tierra, a no creer demasiado en ese invento frágil que puede desaparecer tan rápido como aparece.
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Llegó a Bogotá a los 18 años con una maleta de fútbol, poca ropa y un solo par de tenis que hizo rendir hasta el límite. Vivió con cuatro amigos: Giovanni, Carlos, Luis y Felipe en un pequeño apartamento frente a la embajada americana. Allí en esas cuatro paredes compartían sueños. Bogotá era entonces más gris, más dura, y la ciudad estaba llena de jóvenes buscando lo mismo. Fue una época exigente, de soledad y de llamadas de una mamá que, cada ocho días, le preguntaba si no era mejor devolverse. A veces no había ni para comer. Hoy agradece haber pasado por ahí, haber entendido desde temprano que este oficio se construye insistiendo, perdiendo castings, aceptando que lo normal es que no pase nada y que el éxito es la excepción.
Hoy a los 45 años, Santiago se siente más cómodo que nunca en el escenario. Justo cuando, dice con ironía, empieza a acabarse todo. Ya no le preocupa ser buen o mal actor, ya no carga con esa etiqueta. Ahora juega, se divierte, crea. Le importan menos los resultados y más los procesos. Esa tranquilidad también atraviesa su forma de ver el mundo, su activismo político y social, visible en redes y en la calle cuando ha apoyado manifestaciones pacíficas. No desde el grito, sino desde una convicción serena, creyendo más en las personas que en las grandes abstracciones.
En ese centro de su vida está Chichila Navia. Compañera, colega, socia, madre de sus hijos, amante. Se conocieron mal, casi a los tropiezos, recién llegados a Bogotá, y fueron amigos durante años antes de animarse a algo más. Ella lo conoció cuando solo tenía ese par de zapatos que duraron una eternidad; hoy tienen algunos más, pero sobre todo tienen una historia compartida. Juntos han construido familia, hogar y trabajo. Santiago habla de ella sin grandilocuencias, con la naturalidad de quien sabe que el amor también es oficio y constancia.
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Ser papá es, para él, el reto más grande y más hermoso. Acompañar a sus hijos hasta donde le toque, sabiendo que un día se bajarán de la lancha y seguirán solos. Tal vez por eso, porque perdió a su padre a los 11 años, ese miedo a no estar es el único que reconoce como realmente grande. Todo lo demás —la fama, el éxito, los premios— es circunstancial. Lo esencial ocurre ahí, en el escenario y fuera de él, cuando Santiago Alarcón hace lo mismo que ha hecho siempre: pararse, respirar hondo y seguir.
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