Opinión

Sangre Corrupta

El error consiste en prestarle más atención a los criminales que a quienes condonan sus actos y perdonan su corrupción con votos

Por:
julio 26, 2020
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Sangre Corrupta
En la mitología griega estos villanos recibían algún tipo de merecido mientras que en Colombia, nuestros Tántalos, saben a ciencia cierta que absolutamente nada les pasará. Imagen: Tantalus/Giocchino Assereto (fragmento)

Hace poco un amigo me preguntaba (sin querer una respuesta y más como un lamento) del porqué de la infame corrupción en Colombia, que incluso en plena pandemia global, roba, miente y asesina sin el menor escozor y humanidad. De inmediato -y sin esfuerzo- recordé el mito de Tántalo y de la anómala condición del Atë. También, al instante, tratando de explicar a Colombia, concluí que posiblemente el error (¿la trampa?) consiste en prestarle más atención a los criminales que a aquellos que condonan sus actos: nosotros.

El rey Tántalo, gran patriarca de la venidera dinastía criminal, inició la gran sucesión de muertes al ofender a los dioses (tratando reptilmente de agradarles) al servirles como banquete la carne de su propio hijo, el príncipe Pélope. Quien a su vez (traído a la vida de nuevo por el favor consternado de Zeus) tiempo después, engañaría y asesinaría a su compañero de andanzas Mirtilo; ahogándolo en el mar. La maldición irreversible (el destino circular) continuaría sobre los dos hijos de Pélope: Atreo y Tiestes. Este último deshonraría a la esposa de su hermano para robarse la fortuna del vellocino de oro, a lo que Atreo respondería, con una falsa invitación a comer a su hermano en la que le ofreció -veladamente- la carne de sus sobrinos, los hijos de Tiestes. No obstante, la supuesta victoria de Atreo solo sería inútil, ya que su hijo Agamenón también sería víctima de la sangre corrupta. Agamenón sacrificaría a su hija Ifigenia, para recomponer su relación con los dioses y así avanzar con éxito hacía la guerra de Troya, razón por la cual sería asesinado por su esposa Clitemnestra; quien con su amante Egesto, vengaría la sangre de Ifigenia. Poca suerte tendría ella quien también sería asesinada por su propio hijo Orestes

Cuenta Bertrand Russell, en su Historia de la Filosofía Occidental, que ese espiral de desgracias, narrado por el célebre y misterioso poeta griego Homero, que trajeron consigo la ambición, la codicia, la mentira y la venganza en la casa de Tántalo, se debía a un fatal atributo que se posó sobre la conciencia de la familia. Una inclinación pasional o un impulso tirano hacia el crimen, denominada Atë, que operaba como un látigo irresistible que los conminaba al asesinato y la voracidad. Un destino y un castigo inevitable que también cayó, en el relato, sobre todos los que se cruzaran en el camino de tan trágica estirpe.

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Sería prudente observar la extraña relación que teje el colombiano común -el que se precia de su honestidad e integridad- con el crimen y los criminales

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Más allá de las conocidas y peligrosas sagas familiares -dignas de Homero- que han hecho lo que les ha venido en gana en Colombia y que han convertido a la corrupción en un negocio de casta, sería prudente observar la extraña relación que teje el colombiano común -el que se precia de su honestidad e integridad- con el crimen y los criminales. Una relación contemplativa e incluso cómplice. Basta revisar el prontuario criminal de muchos de los personajes elegidos por voto popular: que aún caminan erguidos (con la dignidad que sabe inventarse el sinvergüenza) por los pasillos de las instituciones públicas y que además, son galardonados con puestos y nóminas millonarias para que, con la amplitud propia del codicioso que se sabe invencible, repartan y repartan, y sin más, se queden con la mejor parte. Están ahí porque nosotros se los hemos permitido.

Supongo sería una buena alternativa, para empezar a explicar el porqué de nuestras acciones y omisiones, aceptar esa inclinación pasional -nuestra propia versión del atë griego- que nos impulsa a inobservar y perdonar a los corruptos con nuestros votos. Lo que por supuesto también incluye los falsos contextos y las forzadas justificaciones que engordan nuestra mirada y nuestro juicio a la hora de señalar las acciones criminales; sobre todo si se trata de un político o funcionario de nuestros afectos.

Por fortuna (y seguridad), no quise incluir nombres, pero me basta y sobra la íntima convicción de que después de haber leído estas palabras usted sin excepción supo de quién y quiénes estoy hablando. Lo más lamentable es que aún en la milenaria mitología griega estos villanos recibían algún tipo de merecido mientras que en Colombia, nuestros Tántalos, saben a ciencia cierta que nada -absolutamente nada- les pasará.

Seguirán sirviéndonos a sus hijos como parte del banquete.

@Camilo Fidel

 

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